Yo no quiero llegar a casa borracha.

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Yo no quiero llegar a casa borracha.

No, yo no quiero llegar a casa borracha, básicamente porque el exceso de alcohol me sienta fatal, me da llorera y lástima por mí misma, y al día siguiente estoy hecha una piltrafa.

Lo que yo quiero es llegar a casa segura. Quiero llegar como me dé la real gana, a la hora que me dé la gana, vestida como me dé la gana y en el estado que me dé la gana. Pero segura. No se trata de que alguien me vaya a robar el bolso, o el móvil. Que también es una faena. Se trata de un miedo más visceral, que sufrimos todas las mujeres casi desde que tenemos conciencia de nuestra sexualidad, más concretamente, desde que tenemos conciencia de lo que nuestra sexualidad provoca en algunos hombres. Empieza con miradas que incomodan, y que desde pequeña te hacen sentir incómoda, como si hubiera algo malo en ti, aunque luego, cuando crezcas, lo interpretarás como un sentimiento de suciedad. Más tarde vienen las palabras, que no tienen por qué ser obscenas, pero sí molestas. Insistentes. Una y otra vez. ¿Estás sola? Venga, va, ¿por qué no me contestas? ¿No quieres hablar conmigo? ¿Qué quieres tomar, te invito?

Después se acercan mucho, demasiado, y quizá en el metro o en el autobús o en algún concierto, una mano te toque o un cuerpo se restriegue contra ti sin que tú quieras. Preguntad a vuestras amigas, y os llevaréis más de una sorpresa. Y, en medio de todo esto, el miedo. Y la culpa. No salir a determinadas horas. No caminar sola por determinados sitios. No alargar la noche si no sabes que alguien puede acompañarte hasta la puerta de casa. No ponerte demasiado escote. Ni encajarte una falda demasiado corta. Ni hablar con desconocidos.

Y no es porque los hombres seáis violadores. Pero algunos sí. Y basta con ese pequeño porcentaje para que nos pueda tocar a cualquiera de nosotras. No todos los hombres sois violadores y asesinos. Pero algunos sí. Y basta ese pequeño porcentaje para que hoy recordemos a Diana Quer, que volvía sola de madrugada, de una fiesta. O a las niñas de Alcásser, que se subieron al coche con dos hombres a los que conocían. O a la niña de Igualada, que caminó sola de madrugada por una zona industrial.

Tenemos miedo, sí, y no es el miedo que podéis sentir vosotros a que os roben. Porque ese también podemos tenerlo nosotras. A nosotras también nos roban, ¿sabéis? Es el miedo que tenemos a que abusen de nuestros cuerpos esos hombres que creen que estamos para darles placer, para dominarnos. Esos hombres que buscan humillarnos sintiéndose dueños de nosotras.

Así que, no, no se trata de ser unas "malcriadas que aspiramos a llegar solas y borrachas, desprovistas de responsabilidades ni siquiera ante sus peores decisiones". Se trata de llegar seguras. Y vivas. Con nuestro cuerpo intacto. Aunque sea de madrugada. Aunque llevemos escote. Aunque hayamos bebido.

Porque, aún hoy, para protegernos, seguimos cortando nuestras libertades, seguimos dejando de hacer cosas, de ir a sitios, de salir a determinadas horas. Y, si lo hacemos, si nos atrevemos, estamos muertas de miedo hasta que cerramos la puerta de casa con las cuatro vueltas de la llave. Las víctimas están ahí. Que no se atreva nadie a echarles la culpa ni por la hora, ni por el sitio, ni por la ropa, ni por el alcohol que hubieran podido beber. Porque la culpa es de los que las asaltan, los que las violan, los que las matan. Dejad de poner el foco en nosotras, y empezad a ponerlo en ellos.

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