Yirley Velasco: sobreviviente y líder social amenazada pese a la paz en Colombia (1/6)

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Fue víctima de violencia sexual en una de las peores masacres de la historia de Colombia, defensora de los derechos de las mujeres y protegida por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Y, pese a la paz de 2016, amenazada y desplazada forzosamente para proteger su vida. Esta es la historia de Yirley Velasco.

Un camión volcado en un barrizal impide llegar en coche a Yirley Velasco hasta El Salado, el pueblo en el que nació. Para conseguirlo, Yirley cruza a pie y sube a una mototaxi, acompañada de sus escoltas.

En la entrada de El Salado, un grupo de hombres mira con sospecha a Yirley. Después, muchos de los habitantes la saludan con una efusividad teatral, mientras que, a diferencia de la mayoría de los lugares de Colombia, los niños no corren a saludar a los extraños que la acompañan.

En el pueblo todavía son visibles casas destruidas por bombas detonadas hace más de 20 años. Solo alguna gallina despistada se atreve a cruzar la cancha deportiva. Y de fondo, en todas las calles, resuena, para acallar el atronador silencio de gritos fantasmas, vallenato, música festiva y popular colombiana.

Un ambiente irreal, paralizado en el 16 de febrero de 2000, cuando se produjo una de las mayores barbaries de la historia de Colombia. Fue en los Montes de María, entre la cordillera de los Andes y el mar Caribe.

Una de las masacres más sangrientas en la historia de Colombia

Yirley repite que el sol que está haciendo es el mismo de aquel día. El día en el que fue violada. Tenía 14 años. En las jornadas previas corrían rumores de que algo iba a pasar. Mucha gente escapó al monte, luego, llegaron mensajes de que no sucedía nada y regresaron al pueblo.

Entonces, un grupo de más de 400 paramilitares llegó a El Salado. A Yirley la sacaron de su casa, la llevaron a cocinar, la pasearon por el pueblo y la retuvieron en la cancha, donde tras cada redoble de tambor una persona era asesinada con distinto proceder: decapitaciones, empalamientos, disparos a quemarropa. Así, hasta más de 60 personas, como reportan los datos oficiales.

Tras presenciar el horror, llevaron a Yirley a la iglesia, junto a otras mujeres. Los paramilitares, después de cada muerte, se acercaban y limpiaban los cuchillos ensangrentados en sus camisetas.

Acusada, junto a su pueblo, de colaborar con la guerrilla, a Yirley le exigieron que se arrodillara. Se negó. Le dispararon en una de sus rodillas.

Después la llevaron a una casa verde, donde un paramilitar la violentó, para después entregársela al resto de sus compañeros. Yirley perdió el conocimiento y la cuenta de cuántos fueron sus victimarios.

Según el Centro de Memoria Histórica de Colombia, la masacre fue perpetrada entre el 16 y el 21 de febrero del año 2000.

Las Fuerzas Armadas y la Gobernación del Bolívar ignoraron las llamadas de alerta. Justificaron que se trataba de un enfrentamiento armado entre la guerrilla y los paramilitares. Sin embargo, las víctimas fueron civiles. 7.000 personas salieron desplazadas. A día de hoy, han retornado menos de 1.000.

Yirley recuerda dos momentos clave en los que relaciona al Ejército con lo sucedido: un helicóptero militar aterrizó para llevarse a un paramilitar herido; cuando salieron los paramilitares llegó el Ejército.

La violencia contra las mujeres, práctica habitual del conflicto armado

El 17 de julio de 2020, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ordenó al Estado colombiano medidas cautelares y de protección para Yirley Velasco por las múltiples amenazas que recibe por su labor.

A la edad de 17 años inició su carrera como líder social por los derechos de las mujeres. Antes, se había intentado suicidar dos veces.

Solo 7 mujeres han denunciado públicamente abusos sexuales durante la masacre de El Salado. Sin embargo, de forma privada, Yirley ha contado a 24. Muchas mujeres no quieren denunciar para evitar represalias: "Me dicen: 'yo también fui víctima, pero no nos interesa denunciar; mira tú cómo tienes que vivir por hacer pública tu situación'", cuenta.

El conflicto armado de Colombia, activo por más de cinco décadas, ha tenido la disputa del territorio en el centro. Una forma de conquista de la tierra, que también ha llegado al cuerpo de las mujeres, convirtiéndolas en un botín de guerra.

"El cuerpo de la mujer fue y sigue siendo marcado, torturado, violentado, por lo menos conmigo: me cortaron el cabello, me maquillaron, me marcaron. Me hicieron muchísimas cosas ", afirma Yirley. Según datos de la Unidad de Víctimas, más de 4,4 millones de mujeres han sido víctimas del conflicto; más de 28.000 han denunciado violencia sexual, aunque los datos reales serían mucho más altos. "Se sigue negando la violencia contra las mujeres en el conflicto", concluye Yirley.

'Mujeres Sembrando Vida', las semillas del renacer

En distintas épocas de su vida, Yirley ha salido desplazada de El Salado, donde hacía 7 meses que no volvía. Allí tiene su casa. Cuando entra se derrumba al constatar que está abandonada; la que fuera tantas veces refugio, ahora es un peligro debido al aumento de intimidaciones que recibe cada vez que vuelve a su pueblo.

Las amenazas de muerte son recurrentes y, en los últimos tiempos, se han extendido a toda su familia; la mayoría van firmadas por el Clan del Golfo, un grupo narcoparamilitar con gran presencia en las costas Caribe y Pacífico, germen de las extintas Autodefensas Unidas de Colombia, desmovilizadas entre 2003 y 2006.

Su lugar habitual de desplazamiento suele ser Carmen de Bolívar. La ciudad principal de los Montes de María, a 30 minutos en vehículo de El Salado. Allí tiene una casa en arriendo, que es también la sede de su asociación 'Mujeres Sembrando Vida'.

Yirley se reúne semanalmente con otras 11 compañeras. Son sobrevivientes de violencia sexual que se han unido para poder asistir a otras víctimas de la zona. En sus reuniones, realizan terapia de grupo, con juegos de empoderamiento. También hablan de sus actividades, como los talleres de educación sexual que imparten en los territorios. Y organizan la logística de las prendas de ropa que fabrican en el taller de costura.

"Aquel día morí, pero renací desde una semilla que creció y con el tiempo fue aumentando sus ramas", es la metáfora que Yirley utiliza para explicar su trabajo, en el que la denuncia de abusos sexuales y maltrato va más allá del conflicto, exponiendo a grupos armados y fuerzas del Estado, y añade: "Este trabajo es el que me da fuerzas para seguir adelante"

Un segundo desplazamiento forzado

Con el aumento de las amenazas, Yirley ha tenido que volver a buscar una nueva casa. Actualmente está desplazada en Cartagena de Indias, capital del departamento de Bolívar.

Muchas veces se siente prisionera. A la impersonalidad de la ciudad se le suman las medidas de autoprotección. Por lo que solo sale del domicilio para visitar a una tía y a una hermana.

Yurany, su hermana, se encuentra en prisión. Fue capturada tras ser acusada de enviar amenazas a la propia Yirley para que mantuviera la protección del Estado. Ambas se sienten víctimas de un montaje judicial que busca castigar a Yirley por su papel de defensora de los derechos de las mujeres, ya que, pese a la detención de Yurany, las amenazas nunca han cesado.

"De todas las cosas que me ha pasado, esta es de las peores", dice Yirley en la puerta de la cárcel, tras llevarle, como todos los días, la comida a su hermana. Lo dice una sobreviviente a una masacre, a una violación múltiple y a un desplazamiento forzado.

Cuando se cumplen 5 años de los Acuerdos de Paz entre el Estado y la guerrilla de las FARC, víctimas y supervivientes como Yirley, ni han sido reparadas, ni dejan de estar amenazadas, mientras los grupos armados continúan ocupando los espacios que quedaron liberados tras las desmovilizaciones guerrillera y paramilitar.

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