¿Y si las supernovas ayudaron a nuestros ancestros a caminar sobre dos patas?

Representación artística de SN 2006gy, la supernova más brillante jamás observada hasta la fecha, según datos obtenidos por el Observatorio de rayos X Chandra, de la NASA.

El hominino bípedo más antiguo que se conoce es el Sahelanthropus tchadensis, cuyos restos fueron encontrados en el Chad, más concretamente en el desierto de Djurab, en el verano de 2001. Esta criatura, que presenta rasgos de transición entre los monos y los homos, vivió hace entre 6 y 7 millones de años, y hasta la fecha se suponía que habían tenido que abandonar la seguridad del bosque y adentrarse en el estrato herbáceo propio de la sabana, movidos por un cambio climático.

¿De verdad fue así? Ahora, una pareja de científicos estadounidense, entre los que se encuentra el físico y astrónomo de la Universidad de Kansas Adrian Melott cree que el hecho que provocó el salto evolutivo que, millones más tarde, llevará a los descendientes del Sahelanthropus a dominar el planeta pudo no tener que ver con un cambio climático, sino con varios cataclismos galácticos sucedidos en las cercanías de la Tierra.

Según esta pareja de científicos, hace 7 millones de años comenzó una serie de explosiones estelares en nuestro rincón de la Vía Láctea, que habría de durar varios millones de años más. Durante aquel período, varias supernovas bañaron de rayos cósmicos súper energéticos sus cercanías galácticas, lanzando su destructiva radiación en todas las direcciones. Estos eventos de aniquilación estelar alcanzaron su punto álgido hace 2,6 millones de años.

Las supernovas, como bien sabréis, son estrellas que explosionan y su luz puede durar meses e incluso años, y alcanzar el brillo de 100 millones de soles, como recientemente descubrió la NASA . Hay dos tipos de supernova, las del primero se dan cuando una enana blanca compuesta de carbono atrae material de otra estrella que la orbita. Cuando el núcleo de carbono se hace tan denso que provoca la fusión nuclear de este elemento con el oxígeno, se produce una reacción en cadena que acaba en explosión.

Luego están las mucho más comunes supernovas de clase II, que se originan cuando una estrella masiva agota su combustible nuclear y no puede soportar su propia densidad, colapsando y expulsando al espacio buena parte de los elementos pesados que conocemos en la tabla periódica. En el año 1054, una supernova de tipo II – afortunadamente ubicada a una distancia segura de 6500 años luz – pudo observarse en los cielos durante 653 noches (e incluso en pleno día durante 23 jornadas) según relataron astrónomos chinos y árabes.

Pero volvamos con el trabajo teórico de los dos investigadores estadounidenses. En su hipótesis defienden que las supernovas cercanas que acontecieron hace millones de años pudieron bañar de radiación ionizante la atmósfera de la Tierra, haciéndola más conductora. Esto a su vez pudo haber disparado la frecuencia de los rayos, los cuales podrían haber provocado multitud de incendios por los bosques africanos. Sin duda una ayuda inesperada para las plantas herbáceas, que aprovecharon la ocasión para colonizar los territorios antes dominados por los árboles.

Con menos plantas leñosas y más sabana, nuestros ancestros se vieron obligados a adaptarse, y aquellos que podían caminar sobre las patas traseras prosperaron. Todos sabemos además la ventaja que supuso poder liberar las manos de cara al desarrollo y manipulación de objetos y herramientas.

Los autores creen que nuestros ancestros ya habían empezado a experimentar con el desplazamiento bípedo antes de las citadas supernovas, pero que los cambios en el paisaje provocados por estas ayudaron de forma definitiva a que quienes podrían correr más rápido de árbol en árbol, mientras observaban las cercanías por encima de las hierbas, contaran con una ventaja que los hizo prosperar.

Si los científicos tienen razón, deberíamos estar prevenidos (sobre todo los bomberos) por el aumento del riesgo de incendio que soportaríamos en casi de que una supernova explotase cerca de nuestro planeta. Pero no temáis, la estrella más próxima a explosionar en nuestro vencidario es Betelgeuse, una de las más brillantes de la constelación de Orión, pero por fortuna se encuentra a 642 años luz de distancia.

El trabajo se publicó el pasado 28 de mayo en la revista Journal of Geology.

Me enteré leyendo Yahoo news UK.