¿Y si la muerte de los extraterrestres ayuda a salvar a la humanidad?

Extraterrestre (Imagen gratuita vista en Pixabay).

Nuestra tecnología ha logrado hitos impresionantes en apenas un siglo. Ahora sabemos muchísimo más sobre el vasto universo que nos rodea. Sabemos por ejemplo que lo normal es que las estrellas tengan compañía planetaria, y que muchos de esos mundos encajan en las zonas de habitabilidad.

Sin embargo, el cosmos continúa regalándonos un misterioso silencio. A pesar de la infinitud de lugares que parecen ser capaces de albergar vida, alguna de la cual podría haberse organizado en forma de seres inteligentes capaces de construir una civilización tecnológica, hasta la fecha no sabemos nada de nuestros hermanos extraterrestres. Los físicos llaman a este aparente contrasentido la paradoja de Fermi, en honor al Premio Nobel Enrico Fermi, quien en 1950 señaló la obvia contradicción entre las predicciones de la existencia de vida en otros lugares del universo – y la conspicua ausencia de extraterrestres llegados a visitarnos.

¿Qué opina nuestro controvertido investigador Abraham Loeb al respecto? Confiando en el adagio que sostiene que quien no aprende las lecciones extraídas de sus errores puede verse condenado a repetirlos, Loeb cree que los extraterrestres podrían haberse extinguido, y que ese Armagedón alienígena podría ayudar a salvar a la humanidad.

No hace falta más que ver los telediarios para observar el embrollo en que está metida nuestra especie. Las potencias enfrentadas han llegado a una especie de paz tensa que descansa en la seguridad de saber que sus respectivos arsenales nucleares asegurarían la mutua destrucción total. Por no hablar del lío en el que hemos metido a todas las formas de vida de la Tierra al alterar su clima durante décadas, sin reparar en las consecuencias que nuestra actividad económica provocaría al mundo que legaríamos a nuestros hijos.

¿Y si algo así ha sucedido ya en otro mundo, en otra civilización tecnológica extraterrestre? Tal vez otras razas encontraron un final similar después de haber llevado a su mundo hasta el punto de no retorno, antes de haber desarrollado el viaje espacial que les permitiera colonizar otros planetas. De haber sucedido así, Loeb cree que nuestros astrónomos deberían buscar restos de esas extinciones alienígenas autoinfligidas. Cosas como artefactos tecnológicos dejados en órbita, superficies planetarias calcinadas o productos derivados de una guerra nuclear presentes en sus atmósferas.

Nada de lo que sorprenderse, Loeb fue quien sugirió que Oumuamua podría ser un artefactoenviado por los alienígenas para espiarnos.

Después de todo podría darse el caso de que las civilizaciones desarrolladas al estilo de la humana, sean de duración breve. Al menos esa es la idea que Loeb acaba de defender en Washington D.C. durante las charlas de la cumbre “Humanos a Marte” organizadas por La Academia Nacional de Ciencias del pasado 14 al 16 de mayo.

La idea básica de Loeb es que si la humanidad pudiera descubrir restos de una civilización extraterrestre cuyos errores – trágicamente - provocaron su propio final, la lección podría hacernos reaccionar hasta el punto de provocar la unidad de toda la raza humana. Un hallazgo así sería tal vez el descubrimiento científico más importante de la historia. Si el premio obtenido al provocar el final de la guerra fría ad eternum, o el iniciar una colaboración planetaria encaminada a preservar la habitabilidad de la Tierra a toda cosa no fuera suficiente, Loeb cree que invertir en proyectos SETI (búsqueda de vida alienígena inteligente) traería otras ventajas prácticas. Por ejemplo, si contactásemos con una civilización mucho más avanzada y no belicosa, tal vez podrían considerar compartir su tecnología con nosotros.

Loeb forma parte de la iniciativa Breaktrough de la cual ya os he hablado. El objetivo de este programa es, además del de explorar las estrellas cercanas en busca de señales de vida, desarrollar tecnologías que nos permitan visitar otras estrellas.

Representación artística de una nanovela solar. (Crédito imagen wikipedia).

Dar con alguna, pongamos basada en velas solares, que nos permitiera alcanzar velocidades cercanas al 20% de la velocidad de la luz podría – siempre según Loeb – llamar la atención de alguna civilización extraterrestre que nos vigila – sin que lo percibamos – desde algún lugar oculto en la galaxia. Tal vez ese logro, el viaje interestelar de una sonda humana en pongamos 30 años, sea el hito que permitiría a esas civilizaciones comenzar a considerarnos sus iguales. De ser así, ya nada evitaría su entrada en escena, poniendo fin a la Paradoja de Fermi y suponiendo al mismo tiempo nuestra admisión en el selecto Club Interestelar.

¿Otra interpretación excesiva y controvertida de bueno de Loeb? Podría ser, pero eso es lo bueno de la Paradoja de Fermi, que admite mil y una interpretaciones. Como ejercicio dialéctico y de cara a iniciar el debate, todas las hipótesis son fascinantes. Tendría una triste gracia que la humanidad lograse salvarse tras contemplar un colosal cementerio planetario. Las cenizas de un mundo que albergó a una civilización lo suficientemente estúpida como para olvidar que la inteligencia y la tecnología tienen un reverso oscuro.

Me enteré leyendo LiveScience.