¿Y si estamos llenando el espacio de bacterias?

En esta foto sin fechar distribuida por la NASA, el astronauta Kjell Lindgren cosecha plantas en la Estación Espacial Internacional (ISS)

Imaginarnos a científicos buscando vida en datos y muestras de la Luna, Marte y otros cuerpos celestes nos resulta sencillo. Pero también hay grupos de investigación que hacen justo lo contrario: estudiar las bacterias que enviamos nosotros, de manera involuntaria, a otros planetas.

En un artículo reciente se explica cómo realizan el estudio, y el peligro que puede suponer. Este proceso recibe el nombre de contaminación de salida – forward contamination en inglés – y es más frecuente de lo que nos gustaría pensar.

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Porque no es que no existan protocolos. De hecho, es un problema al que se ha dedicado mucha atención, y se han puesto en marcha prácticas para evitarlo. Todos los componentes que viajan al espacio – desde pequeñas piezas de la Estación Espacial Internacional al famoso Mars Rover – son tratadas en cámaras limpias, para evitar las contaminaciones.

Que, de hecho, se cuentan entre las más potentes y eficientes que se han construido. Y aún así, no se ha conseguido evitar que determinadas bacterias alcancen el interior de las cámaras limpias, colonicen las superficies y viajen al espacio.

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Y las que lo consiguen son precisamente las más resistentes. Al igual que ocurre en otros ambientes de la Tierra, las cepas de bacterias – las “variantes” de una determinada especie de estos microorganismos – que son capaces de resistir son las que mejor lo hacen. El proceso es similar a la selección natural.

El equipo de investigación que ha estudiado esta contaminación de salida se ha centrado en un género de bacterias, un conjunto de especies con características similares, muy concreto. Se trata del género Bacillus, que tienen la particularidad de ser capaces de generar esporas resistentes cuando las condiciones del medio cambian hacia situaciones adversas.

Entre las muchas especies de Bacillus las hay aerobias estrictas y facultativas, es decir, bacterias que necesitan oxígeno para poder vivir, y otras que viven mejor si hay oxígeno pero que pueden vivir cuando falta. Algunas son parásitas y patogénicas – causantes de enfermedades como el anthrax, provocado por B. anthracis – y otras de vida libre.

Los científicos se han centrado en las menos preocupantes en caso de colonización, en aquellas que no son patogénicas. En parte por ponerse en el mejor escenario, y en parte – para qué negarlo – porque su investigación resulta más fácil y segura.

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Lo que han encontrado son un conjunto de 10 genes que explicarían cómo consiguen estas bacterias sobrevivir al paso por los protocolos anticontaminación y a los rigores del viaje espacial. Al menos ya se sabe en qué centrarse… aunque parece que la situación es inevitable. Esperemos que no sea preocupante.