Y si en lugar de obligar a los niños a hacer 'sus deberes' tratamos de entenderlos

·Colaboradora
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Happy family playing funny game having fun together with little son and daughter in modern living room. Young dad and mother with adorable cute children doing exercises, enjoying weekend at home.
Involucrarse con ellos, en lugar de ser sus carceleros o solo figuras de autoridad/Getty Images.

Me encontré en una página de Facebook una publicación con fotos junto a la leyenda siguiente, “En el metro de Nueva York prohibieron el ingreso con perros, a menos que estos puedan caber en un bolso. Este fue el resultado”. En las fotos que seguían después de la leyenda se veían imágenes del metro de NY con perros grandes, mestizos y de todas las razas, acompañados por sus dueños. Los había metidos en bolsas de Ikea con agujeros a través de los cuales podían sacar sus cuatro patas y sostenerse, otros porteados en la espalda con mochilas camperas, otros cargados patas arriba en el regazo de sus humanos dentro de bolsos grandes y fuertes de tela colgados al hombro.

Me pareció estupendo por nuestros amados peludos que son tan importantes como cualquier otro miembro de nuestras familias y creo que la singular iniciativa inteligentemente “transgresiva” es pedagógica. Esta creatividad, esta habilidad de pensar fuera de la caja ante situaciones adversas nos hace mucha falta a los padres y madres cuando por ejemplo, nos prohíben llevar a nuestros hijos con pañales al preescolar o los obligan a hacer deberes abusivos o les impiden hacer una adaptación respetada al inicio de clases, les imponen reglas absurdas que les impiden moverse y juguetear en la escuela o espacios públicos, les prohíben entrar a restaurantes porque molestan y esas cosas. Al igual que el ejemplo de los responsables de sus mascotas en el metro de Nueva York, cuando hay amor y ganas, brota la inspiración para las soluciones que nunca se nos hubieran ocurrido antes.

¿De dónde viene la idea de que no podemos cambiar las cosas?

La indefensión aprendida es un rasgo del carácter que nos condiciona a responder pasivamente y que se instala durante los primeros años de vida cuando toda nuestra vitalidad, pulsiones, emociones, sensaciones, percepciones, necesidades y deseos fueron desoídos, reprimidos, ignorados, ninguneados, por nuestros padres y adultos significativas de forma crónica.

Llorábamos por miedo y necesidad de ser tomados en brazos pero nos dejaron solos para que “aprendiéramos a ser independientes”. Nos obligaban a comer cuando no teníamos hambre, a dormir cuando no teníamos sueño, a callar cuando algo nos indignaba, nos daba rabia o discrepábamos de los padres. Nos obligaban a estar quietos cuando necesitábamos movernos y jugar, nos decían que calladitas nos veíamos más bonitas, que los varones no lloran, que no era el momento de ir al baño en medio de una clase en el salón cuando teníamos ganas de orinar. Demasiadas veces miramos de abajo hacia arriba a un adulto más fuerte, que nos imponía con su autoritarismo lo que debíamos hacer, sentir, cómo nos debíamos comportar, pensar, actuar. Acabamos volviéndonos sujetos pasivos, creyendo seriamente que no vale la pena pensar de forma autónoma o hacer valer nuestro criterio porque no tenemos la capacidad, porque siempre hay otro o hay algo, una persona, un sistema, una sociedad frente a lo cual no se puede hacer nada.  

Establecimos una sensación subjetiva de que no vale la pena intentar un cambio porque nada cambiará, cerrándonos a la posibilidad de ver las oportunidades reales que existen para lograr la transformación del entorno o las situaciones adversas.

En la crianza de nuestros hijos, se manifiesta constantemente cuando nos topamos con experiencias que comportan retos. De inmediato se activa la indefensión aprendida y pensamos que no hay nada que hacer por fuera de lo que nos han dicho siempre que debemos hacer, cuando en realidad si ampliamos miradas nos daremos cuenta de tanto por hacer en beneficio de nuestros hijos e hijas, de los niños y niñas a nuestro cargo.

Cuando la vorágine laboral nos traga y solo quedamos con las migajas de tiempo y energía para darle a nuestros hijos, podemos cuestionarnos la vida que llevamos, repensar los cambios aunque sean pequeños a nuestro alcance para dar prioridad al encuentro amoroso con los hijos. Priorizar la vuelta a casa, apagar pantallas, desplazar obligaciones domésticas a un segundo plano cuando estemos con ellos para aumentar los abrazos, los gestos, palabras, miradas amorosas, compensar por las noches con colecho las horas que hemos estado lejos.

Cuando la escuela con sus espacios y normas antiniño sobrepasa a nuestros hijos podemos escucharlos, ponernos de su parte tratando de hacer todo lo posible para que se sientan sentidos, amados, tomados en cuenta, validados, regulados emocionalmente por nosotros. Para que sientan la seguridad de que consistentemente estaremos dispuestos a buscar todos los recursos que sean necesarios para favorecer su bienestar.  

Podemos preguntarnos porqué si nuestro hijo sufre en el preescolar o a la escuela tenemos que mandarlo a ese lugar, ¿realmente los tenemos que llevar?, ¿a qué edad es obligatoria la escolarización?, ¿qué otras alternativas pedagógicas existen o podemos crear?... Podemos convocar a otras familias del centro escolar, hablar con los profesores para promover cambios que salgan al encuentro de mejorar el trato hacia nuestros hijos, permitirles más libertad, respeto a sus movimientos y ritmos de aprendizaje, a su curiosidad innata de aprender, organizarnos para crear entornos más afectuosos y amables agregando plantas, animales, patios verdes, por ejemplo, que el exterior no solo sea para el recreo. Podemos lograr que las aulas el mayor tiempo posible estén al aire libre.

El bienestar de nuestros hijos, al margen del sistema, dependerá sobre todo de lo que cada madre y padre estemos dispuestos a cuestionarnos, dispuestos a hacer y a reivindicar a favor de su bienestar. Es mucho lo que podemos hacer si superamos la indefensión aprendida y nos atrevemos a pensar fuera de la caja. Recordemos que el sistema lo conformamos las personas. Cambiando las personas cambiamos el sistema.

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