Vuelta al pesimismo económico

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En 2019 aparecían datos macroeconómicos sólidos y recurrentes que permitían ver la luz al final del túnel en el que nos metimos en 2008, con una de las mayores crisis financieras de nuestro tiempo.

Una crisis que estalló en el epicentro de la economía global (EE UU) y que rápidamente irradió su virulencia a Europa y al resto del mundo en forma de inestabilidad financiera, recesión económica, desempleo y, en algún momento, en forma de deflación.

A la casilla de salida

Cuando todo apuntaba a que, en líneas generales, íbamos por la senda adecuada para la recuperación económica, hubo que hacer frente a la crisis de la covid-19, que implicó un hecho inédito e insólito en la historia económica: la hibernación voluntaria de la economía para reducir la movilidad y controlar la evolución de la pandemia.

Una gran cantidad de empresas pertenecientes a lo que se consideró sectores no esenciales tuvieron que parar su actividad productiva, incurriendo en graves problemas de liquidez que paulatinamente fueron convirtiéndose en problemas de solvencia y de viabilidad económica.

La inyección de dinero público y, sobre todo, los expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE) contribuyeron inequívocamente a paliar los efectos sobre las familias y las empresas de este coma económico inducido, impidiendo que la crisis económica se convirtiera en una crisis financiera, y que el coste social fuera realmente inasumible.

Una situación compleja e incierta

Pero la cosa no acabó ahí. La paralización de una buena parte de la actividad económica generó un efecto de jibarización de la oferta. Dicho efecto implicó, por un lado, una reducción de la capacidad productiva instalada (encogimiento de la oferta), originada por el volumen de empresas que tuvieron que cerrar o que, simplemente, llegaron a tener severas dificultades financieras y de viabilidad económica. Y, por otro, y parcialmente a consecuencia de lo anterior, la reducción de las interrelaciones e interacciones entre las empresas.

La consecuencia fue una crisis de oferta a la que más tarde se unió un boom de la demanda debido a las ayudas públicas y a la inyección de liquidez al sistema. Este desajuste intertemporal entre la oferta y la demanda se agravó con el problema energético, la guerra entre Rusia y Ucrania, además de la crisis de las materias primas y de la lucha de carácter geoestratégico por el control de la producción de las tierras raras, elementos químicos fundamentales para producir los dispositivos electrónicos y las nuevas tecnologías.

En este sentido, la actual situación económica y financiera aglutina de forma simultánea diversos frentes problemáticos que la hacen notablemente compleja y, probablemente, impredecible.

La incertidumbre, así como el aumento del riesgo que lleva aparejada, está haciendo muy volátiles a los mercados, muy endeudados a los Estados, muy frágiles a las economías locales y globales, y muy vulnerables a las empresas y a las familias. En concreto, estas últimas, las empresas y las familias, ante la ingobernabilidad del entorno, están intentando ganar en resiliencia y capacidad de adaptación.

Existen precedentes

Nos enfrentamos a una situación similar a la vivida en los años setenta del siglo pasado. La decisión de Nixon, en 1971, de romper con el sistema de Bretton Woods y con la convertibilidad del dólar en oro, que eran los pilares del sistema económico, hizo que los mercados financieros se hicieran cada vez más especulativos y aumentara la exuberancia financiera.

Además, ese mismo año se llegó al pico del petróleo (peak oil), el punto máximo de producción a partir del cual empieza a decrecer, teoría enunciada por el geofísico M. K. Hubbert. La creciente demanda de hidrocarburos propició la cartelización de su producción, que desembocaría en las dos mayores crisis energéticas de la historia contemporánea: las de 1973 y 1979.

Fue entonces cuando comenzaron a ganar terreno ideas económicas cargadas de pesimismo y asociadas con el agotamiento del modelo económico: los límites del crecimiento económico, la estanflación (inflación con estancamiento económico), o la teoría del estancamiento secular, que introdujo el economista norteamericano Alvin Hansen en 1938, en plena Gran Depresión, y que rescataría Larry Summers, un reconocido economista estadounidense que fue secretario del Tesoro de la Administración Clinton.

Necesariamente tendremos que gestionar esta nueva edición de la economía del pesimismo, compaginando la gestión de varios frentes económicos adversos con cambios estructurales para nuestra economía y para nuestro modelo de gobernanza.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Francisco Joaquín Cortés García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.