Vox empieza a quedarse sin gasolina antes de las generales de 2023

·4 min de lectura
Los últimos resultados electorales y sondeos no le son tan favorables a Vox como hace un año. (Photo By Alejandro Martinez Velez/Europa Press via Getty Images)
Los últimos resultados electorales y sondeos no le son tan favorables a Vox como hace un año. (Photo By Alejandro Martinez Velez/Europa Press via Getty Images)

El frenazo de Vox en Andalucía no es un síntoma puntual, sino un diagnóstico generalizado. Tras varios años creciendo en simpatizantes y votos, la extrema derecha española ha dejado de hacerlo haciendo sonar las primeras alarmas en el cuartel general del partido. Donde los Abascal, Ortega Smith y Espinosa de los Monteros buscan la fórmula para no perder el impulso del que gozaban.

El CIS del mes de julio fijó su estimación de voto en el 12%. La cifra más baja desde hace dos años. Y así se reflejó en las urnas andaluzas, donde la candidatura de, Macarena Olona, la 'soldado caída', apenas incrementó en dos escaños el botín electoral de 2018. Muchísimo menos de los 8 o 10 que manejaban los sondeos realizados a principios de año.

El crecimiento de Vox desde su fundación se ha labrado sobre el descenso del PP como claro ejemplo de la teoría de los vasos comunicantes. La fuga de cargos y votantes populares que se inició en 2018, meses antes de la moción de censura a Mariano Rajoy, se confirmó un año después, en las primeras elecciones generales de 2019. Y ya en la repetición de los comicios a finales de año fue ratificada al doblar los diputados hasta un total de 52.

¿Qué ocurría por aquel entonces? Que Santiago Abascal rivalizaba a diario con Mariano Rajoy, primero, y Pablo Casado, después. La pugna por el electorado más conservador era total. Se libraba mañana, tarde y noche. Y por radio, prensa escrita, televisión y, sobre todo, redes sociales.

Era la época en la que a Rajoy se le acusaba de "traicionar" las ideas fundacionales del PP, "pisotear sus estatutos", "permitir la corrupción" política del partido, y avalar las "leyes zapateriles" que prometió derogar en campaña.

Para, une vez consumada su prejubilación, cargar contra Casado por ser un "simple relevo" de Rajoy por buscar la gran coalición PP-PSOE, por "dar oxígeno a Sánchez" rechazando su intento de moción de censura, o de lanzar "propaganda falsa" contra la extrema derecha.

El éxito de su estrategia fue incontestable, su crecimiento en muchos terrenos autonómicos fue notable. Al punto de tener en sus manos la posibilidad de entrar en los gobiernos autonómicos. No lo hicieron en Madrid en 2019 ni en 2021, ni en Andalucía en 2018. Tenían miedo a quemarse demasiado pronto y se conformaron con ser socios prioritarios de Isabel Díaz Ayuso y Juan Manuel Moreno, respectivamente.

Pero su electorado se empezó a cansar de que, pese al resurgir de la extrema derecha, sus ideales no se plasmaban en el día a día más allá de algún que otro pacto autonómico menor. ¿Para qué votar a Vox si luego se quedan fuera de los gobiernos y ayuntamientos? ¿Qué sentido tiene dar el voto a Vox si luego estos apoyan al PP que se encarga de suavizar sus propuestas en los respectivos parlamentos?

El cambio de inercia fue detectado a finales del año pasado. Por eso tras las elecciones en Castilla y León exigieron entrar en la Junta y ostentar la vicepresidencia. El problema ahí es que el elegido para arrancar una supuesta nueva etapa pisando la alfombra roja de las instituciones ha sido el novato Juan Ignacio García-Gallardo, quien desde marzo ha demostrado su inexperiencia y, salvo liderar polémicas en twitter y broncas en el Parlamento, aún no ha sido capaz de imprimir el sello de Vox a ninguna medida de calado.

Así llegó la campaña de las andaluzas, y la incendiaria intervención de la italiana Giorgia Meloni -como invitada en representación del partido ultraderechista 'Fratelli d'Itallia'- hizo palidecer los postulados de Vox. Pareciendo mucho más radical y ambiciosa que Olona, Abascal y cía., acomodados en los escaños del Congreso de los Diputados y sin apenas responsabilidades.

Hasta Feijóo se ha dado cuenta de esa debilidad y este fin de semana ha declarado en una entrevista en El País que para "muchas cosas es más fácil" entenderse con el PNV de Iñigo Urkullu que con Vox porque "cree en las autonomías".

Andalucía ha sido el primer aviso. Y solo queda un año para las elecciones generales. Es por eso por lo que Abascal ya está calentando una vuelta de vacaciones caliente contra Feijóo. A quien va a realizar un marcaje como enemigo electoral, y no como socio autonómico en Castilla y León o, en menor medida, Madrid. La idea es ir a degüello contra el PP. Eso podría dar un respiro al Gobierno de Sánchez, pero Vox tendrá que aceptarlo porque necesita recuperar fuelle antes de que su electorado le acabe abandonando por irrelevante como le sucedió a Albert Rivera y Ciudadanos.

En vídeo | Vox quiso dejar de ser un actor secundario en las elecciones de Castilla y León

Más historias que te pueden interesar: