Viviendo en un tren: la dura realidad de los ucranianos que vuelven a Irpín

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Viviendo en el vagón de un tren. Esa es la nueva y cruda realidad de Yevhen, Mila y el pequeño Vlad, una familia ucraniana de Irpín obligada como tantas otras a abandonar la ciudad tras el inicio de la invasión rusa y ahora por fin de vuelta a este ya tristemente famoso lugar.

Durante los primeros días de guerra se refugiaron en el sotano de su casa intentanto protegerse de los bombardeos, pero una vez las tropas enemigas fueron avanzando hasta llegar a Irpín, optaron por huir. Ahora, de nuevo en su ciudad, toca vivir, al menos de momento, en un lugar que no puede llamarse hogar.

"Aquel fue el último día en que pudimos salir en coche", cuenta Mila sobre el momento de la huida. "Al día siguiente, se cortaron todas las comunicaciones".

La familia Kagarlytski deambuló sin rumbo durante semanas, hasta que finalmente optaron por volver sobre sus pasos. El pequeño Vlad, de tan solo 12 años, echa mucho de menos su antigua vida: "Me gustaría mucho volver a la escuela", confiesa Vlad. "Mis amigos están allí. Mi amigo estuvo en Irpín todo el tiempo".

Pero vivir en la que era su casa es de momento un imposible, ya que hoy por hoy esta es solo un amasijo de escombros y cristales rotos. Así que el tren es la mejor opción. Con todo, los Kagarlytski no se quejan. Saben que podría ser peor.

"Nos dan de comer tres veces al día de forma gratuita", explica Mila. "Hay duchas, una cocina y un restaurante. En general, las condiciones son buenas. Pero no sabemos cuánto tiempo podremos estar aquí. De momento no tenemos adónde ir".

Como ellos, otras 26 familias comparten esta clase de alojamientos temporales, a la espera de poder volver, más o menos, a lo que era una vida normal.

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