La violencia contra los defensores no cesa en los territorios más abandonados de Colombia

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En el último año, al menos 12 líderes sociales fueron asesinados solo en el departamento del Cauca, en el suroccidente de Colombia. Posicionarse políticamente le cuesta la vida a aquellos que defienden sus territorios ancestrales de los grupos armados. Pese a esto, las comunidades indígenas, afro y campesinas mantienen la esperanza: "de poder ser, de poder estar en esos espacios donde siempre han tomado decisiones por nosotras. Es la oportunidad para demostrar que sí podemos”.

“No solo semillas, eres fuerza vital, eres espíritu libre y luchador, seguirás acompañando los caminos y gritaremos no más violencia ni más sangre derramada”, reza una gran lona apoyada en dos estacas de madera. Un mensaje de resistencia y dolor. El viento mece las flores sobre una tumba de cemento donde, desde el pasado 15 de marzo, yace el cuerpo del líder social y autoridad indígena, Miller Correa.

Dora Muñoz, su compañera, y su madre, María Ferladisa Vasquez, guían con paso ligero el camino –rodeado de plantaciones de marihuana– hasta el cementerio de Tacueyó, en el norte del Cauca. El lugar sagrado está situado en una colina con vistas a las montañas caucanas desde donde se vislumbran los plásticos blancos que cubren los grandes campos ilícitos de marihuana: “en la noche, la loma se ilumina”.

En la entrada del cementerio un afiche con los rostros de Gustavo Petro y Francia Márquez, los candidatos a la presidencia y vicepresidencia por el Pacto Histórico. “Para que los muertos nos ayuden a ganar”, bromea jovial Ferladisa. “A mi hijo le gustaba mucho esto (…) yo dije: ‘voy a llevarle uno porque él va a estar muy contento’”.

Posicionarse políticamente le costó la vida Miller Correa, autoridad indígena Nasa y exconsejero de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN). Una semana antes de su asesinato, el grupo paramilitar de ultraderecha: Águilas Negras había enviado sus tradicionales panfletos a las comunidades del Cauca, amenazando a líderes sociales, autoridades indígenas, afro y campesinas “supuestamente, por el tema político electoral”, explica Dora.

Doce líderes asesinados en el Cauca en el último año

Ese día, Miller salió sin su esquema de seguridad –una protección otorgada por el Estado debido a las constantes intimidaciones– a una reunión en Popayán, la capital del departamento. A su regreso fue supuestamente asaltado por el grupo armado que acabó con su vida. “Porque el movimiento indígena se ha volcado a apoyar la propuesta del Pacto Histórico y eso era visible. En las comunidades se venía incentivando esa propuesta con la esperanza de un cambio de toda esta situación que se vive, sobre todo de la violencia, la desigualdad”.

Pensar un cambio para una vida más digna en este territorio de Colombia, golpeado por décadas de conflicto, narcotráfico, minería ilegal y las disputas por el control territorial de diversos grupos armados ilegales, se cobra la vida de aquellos que defienden sus territorios ancestrales y a sus comunidades como forma de resistencia. Unas muertes que, por lo general, quedan en la impunidad ante la falta de investigaciones contundentes.

“Siento que la guerra no se ha ido”. Desde 2016, al menos 1306 líderes sociales fueron asesinados, según la organización local Indepaz. Solo en 2022, ya son 12 los asesinados (seis de ellos del pueblo nasa) únicamente en el departamento del Cauca y 79 en todo el país. “Con la firma del Acuerdo de Paz (2016) dejaron de sonar los fusiles y los bombardeos. Sin embargo, se desataron otras violencias, la persecución a los líderes, el asesinato, los secuestros, el reclutamiento”, señala Dora.

“Declaran objetivo militar a otros líderes que apoyan al Pacto Histórico”

El día de la siembra –como denominan los indígenas nasa al sepelio de sus familiares– el mismo grupo paramilitar envió otro panfleto reivindicando el asesinato de Miller y “declarando objetivo militar a otros líderes que apoyan al Pacto Histórico”. Unas amenazas en forma de hojas de papel que han continuado llegando a las comunidades los días previos a las elecciones presidenciales que Colombia celebra este domingo 29 de mayo.

“Una se pregunta, ¿y quién son las Águilas Negras? Son gente del mismo Estado, del Gobierno, asesinos a sueldo que se alían con los que les conviene desestabilizar el proceso, generar miedo, pánico”, susurra Dora al borde del llanto. “Se valen de eso para asesinar a quiénes como Miller están luchando por un cambio, por un futuro, a quienes como él tienen principios y defienden la vida con honestidad”.

– ¿Va a ir a votar estas elecciones?

– ¡Uy, sí, estoy que espero el domingo! Voy a votar por Petro. Tengo la esperanza de que él logre cambiar cosas y ojalá no haya tantos muertos.

Habla su suegra Ferladisa, de 66 años, a quién se le ilumina el rostro dos veces. La primera, su mirada destella un halo de ilusión al hablar de las elecciones y el partido al que, pese a las intimidaciones, no oculta su voto, por primera vez se siente representada en los candidatos del Pacto Histórico. “Amanecerá y veremos”, implora a modo de plegaria.

La segunda, con el brillo acuoso de las lágrimas contenidas al recordar el asesinato de su marido Hugo “hace 30 años”, dos años después de llegar al Cauca desplazados del Caquetá: “lo mataron la ex guerrilla de las FARC”. Ella, desplazada y madre cabeza de familia, tiene la fortaleza del campo: “nos han quitado tanto que nos han quitado hasta el miedo”, lamenta sentada entre las tumbas de su esposo y su hijo.

“Vidrios abajo o plomo”

Pero a media voz, estas comunidades también cuestionan los posibles escenarios de violencias que podrían incrementarse de ganar el izquierdista. “Da temor que pueda repetirse la historia, pero hay que hacer todo lo posible, todo lo que esté en nuestras manos y más allá para que estas historias no se repitan en ninguna familia, en ninguna comunidad (…) porque es injusto que tengamos que seguir llorando nuestros muertos, con la angustia de pensar que esto puede volver a pasar”, dice desconsolada Dora, temerosa por lo que pueda ocurrirse a su hijo Víctor si no cesan las hostilidades en su comunidad.

“Vidrios abajo o plomo”. En el norte del Cauca los muros gritan violencia. A lo largo de las carreteras y trochas son constantes los graffitis sobre señales, puentes, fachadas… con las siglas de los grupos armados que operan en la región: las disidencias de las FARC y el ELN, entre otros. La palabra escrita y amenazante se ha vuelto paisaje, con el propósito de intimidar a la población local, que sobrevive a la zozobra y la prácticamente nula presencia estatal. En las trochas de su territorio ancestral patrulla la Guardia Indígena o Kiwe Thegnas: lo hacen en grupos, conscientes del riesgo que corren si, como suele ocurrir, aparecen los actores armados. “Antes se podía dialogar políticamente con ellos, ahora nos dan plomo”, dice Julio, miembro de la Guardia.

El camino para llegar a la vereda Las Delicias, en Buenos Aires, es empinado y está cercado, en la parte baja, por grandes extensiones de cultivos ilícitos de coca, pese a ser parte de los 22 cabildos indígenas del norte del Cauca. Allí, entre plantaciones de café, se encuentra la casa de la familia Camayo. A finales de enero de este año, quien fuera el fundador de los Kiwe Thegnas y uno de los más populares oponentes a los cultivos de uso ilícito, el líder indígena Albeiro Camayo, fue asesinado por las disidencias de las FARC. El mismo grupo que, en noviembre de 2021, asesinó a su hermano Marco, también miembro de la guardia.

“Antes se podía dialogar políticamente con ellos, ahora nos dan plomo”

La gran familia de los Kiwe Thegnas todavía llora la pérdida de su líder, especialmente los más cercanos a la familia Camayo. “Con la muerte de Albeiro se rompe el vínculo que había de organizar a los muchachos, porque muchos están pensando diferente al proceso organizativo nuestro. Se pierde la capacidad de liderazgo y el convencimiento que él tenía de atraer a los jóvenes”, dice en relación al incremento de jóvenes que se unen (muchos de forma forzosa) a los grupos armados para trabajar en los campos de coca, ante la falta de oportunidades de estudio o laborales.

“De unos años para acá se han ido recrudeciendo los cultivos ilícitos y la violencia en este territorio”, explica Fabián Camayo, también miembro de la Guardia, quien todavía camina a paso lento puesto que se está recuperando de los disparos que recibió pocas semanas antes del asesinato de su hermano Albeiro, el mismo día que mataron al joven Breiner David Cucuñame, un joven miembro de la Guardia Indígena de tan solo 14 años, y a su cuñado.

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“Hoy no podemos recorrer nuestro mismo territorio porque estamos amenazados, vemos varios líderes de acá que han tenido que salir desplazados (como la familia Cucuñame), cuando este territorio lo han luchado nuestros padres, nuestros abuelos, han derramado sangre por este territorio que hoy lastimosamente lo están ocupando gente que no es ni siquiera de aquí”, lamenta Fabián, quien asegura que no van a dejar el territorio: “mi hermano siempre decía: ‘si yo muero, muero de pie (…) los que se tienen que ir son los grupos armados’”.

Pese a las muertes en su familia y las constantes amenazadas, Fabián asegura que no guarda rencor ni odio y pide respeto a unos grupos disidentes “sin ideología”, que se nutren del narcotráfico. “Los grupos armados, sean de derecha, izquierda o centro van a causar desarmonía dentro de nuestro territorio, pero los que hoy están llegando son personas capaces de dar un debate político”, critica Fabián, añadiendo que su defensa y lucha por el territorio les ha costado vidas durante décadas: “no solo por grupos armados de izquierda, sino también desde el mismo Gobierno que nos ha venido masacrando”.

“Nosotros vamos a estar en este territorio resistiendo hasta que los espíritus de la naturaleza, la madre tierra nos lleve”, sentencia. En el interior de su humilde cocina, mientras mueve con una cuchara de madera la sopa en la olla, posada sobre el fuego de leña, su madre, Evelia, reitera su intención de permanecer en el hogar y en los campos de café que durante años trabajó y luchó para su recuperación.

Con el Acuerdo de Paz las comunidades indígenas vieron “un respiro, una luz. No en un tema de paz, pero sí de armonía de para nuestros territorios”, para Fabián la paz no llegó con el abandono de las armas, pero sintieron la esperanza de una senda transitable. “Fue un respiro momentáneo”, asegura entre suspiros. “Nos tocó despertar otra vez en la realidad que hoy estamos”.

El Acuerdo de Paz "fue un respiro momentáneo”

A pesar de los más de cinco años desde la firma de los acuerdos, la paz no se ha materializado en estos territorios, agudizándose la inseguridad debido a los incumplimientos de un Gobierno contrario al pacto. Según Fabián, esta dejadez de los acuerdos incrementó el tema de los cultivos de uso ilícito, de los grupos armados y referente a eso, las muertes de los líderes sociales. “Personas que no están de acuerdo ni con la guerrilla ni con el Ejército ni con los paramilitares, no. Gente que hoy hemos dicho: ‘vamos a defender nuestro territorio cueste lo que nos cueste’”. El guardia recalca que no sólo los matan a ellos, sino también a aquellos excombatientes que firmaron el acuerdo para dejar las armas, más de 320 desde el 2016, según Indepaz. “Hoy no hay garantías para la dejación de armas”.

– ¿Por qué algunas personas apuestan por los cultivos de coca?

– El Gobierno ha arrinconado a una parte de la comunidad por el tema económico, porque cultivar café da pérdidas en comparación con la coca. Para nosotros, como familia, sembrar café es un tema de resistencia y consciencia política, porque el tema de los cultivos de uso ilícito, solo trae desarmonías dentro de nuestro territorio.

Los indígenas del Cauca se han posicionado a favor del Pacto Histórico como forma de cambio político y ruptura con años de Gobierno de derechas, pero son conscientes de que en tan solo cuatro años “los cambios no se van a hacer en tan poco tiempo, esa dictadura viene de más de doscientos años atrás”, dice Fabián, “pero sí tenemos la esperanza esperamos que refleje la vivencia que tenemos dentro de los territorios, el conflicto armado y social que tenemos dentro de nuestro territorio”. Problemáticas que van más allá de la violencia del conflicto, sino también la falta de educación oportunidades para los más jóvenes. “Ojalá algún día podamos ser un país más equitativo, con más educación y de igualdad de derechos”, pide.

Francia Márquez "representa la persistencia, el fruto de la tenacidad, la fortaleza y es un ejemplo muy importante para nosotras"

En otro municipio del norte del Cauca, La Balsa, mayoritariamente de comunidades afro, el miedo se mezcla con la emoción de ver por primera vez en la historia del país a una candidata afro estar cerca de la Casa de Nariño. El rostro sonriente de Francia Elena Márquez Mina, candidata a la vicepresidencia de Colombia, está en todas las paredes del pueblo. En el cierre de campaña de Francia en Bogotá, coincidiendo con el Día de la Afrocolombianidad, cientos de personas se reunieron. Entre el público se observaban las sonrisas anchas y los ojos cristalinos de “las nadie”, que ese día, por primera vez, se veían reflejadas en Francia: “eres la elegida”, gritó una señora entre la festiva multitud.

Esa misma sonrisa se le escapa a la lideresa afro-feminista Clemencia Carabalí cuando habla de su amiga y compañera de luchas, Márquez. “Representa varias cosas. Lo primero, es una esperanza, el ver que en medio tan difícil que hacemos, de un contexto tan complicado vemos que sí se puede, que sí podemos levantar nuestras voces, soñar y aportarle a ese cambio que queremos muchos en este país”, dice ilusionada Clemencia, quién no concibe que su candidata no gane estas elecciones. “En segundo, representa la persistencia, el fruto de la tenacidad, la fortaleza y es un ejemplo a seguir muy importante para nosotras las mujeres del norte del Cauca", y es que Francia Márquez es de la misma cuna, del territorio desde donde estas lideresas pelean sus batallas.

Clemencia lleva sufriendo amenazadas desde el 2001 por su defensa de los territorios de su comunidad y su liderazgo como mujer afro-feminista, actualmente al frente de la Asociación de Mujeres Afrodescendientes del Norte del Cauca (ASOM). Un papel que el pasado marzo le valió el premio Woodrow Wilson, entre otros. “Me ha tocado sufrir, soportar y lidiar con esas amenazas, que el común denominador es el decir que somos un estorbo para el desarrollo, un obstáculo para ellos”, dice. “Nuestros territorios representan, no solo por la ubicación estratégica, sino por todos los recursos naturales, minerales, toda la biodiversidad que alberga representa enormes intereses para muchos inversionistas nacionales y extranjeros”, recalca.

Francia Márquez, nutrida de las mismas violencias que estas lideresas y mujeres del norte del Cauca padecen a diario, simboliza la esperanza de un cambio real, “la esperanza de poder ser, de poder estar en esos espacios donde siempre han tomado decisiones por nosotras. Es la oportunidad para demostrar que sí podemos”.

– ¿Qué puede pasar si no gana?

– Si no gana (matiza entre risas) bueno, eso no está en mi mente la verdad. Tenemos que ganar. Y si ganan, el reto es enorme.

“El Gobierno de Francia Elena Márquez Mina y Gustavo Petro tiene que ser un Gobierno incluyente, donde quepamos todos y todas las colombianas, porque esto no es una finca de unos o de otros, este es el país de todos. Hay que trabajar por todos”, concluye la lideresa desde una ladera donde se vislumbra el poderoso río Cauca envuelto en verdes montañas.

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