Viaje al país de los sueños confinados

Isabelle Arnulf, Neurologue, professeur de médecine, Institut du Cerveau et de la Moelle épinière - U1127, Inserm
Fotograma de la película 'Sueños', de Akira Kurosawa. Warner Bros. Entertainment Inc.

Tras dos meses de encierro, puede que usted tenga la impresión de soñar más de lo acostumbrado. Y no es la única persona a la que le ocurre.

Si pregunta en su entorno, es casi seguro que sus allegados habrán percibido lo mismo: desde el inicio del confinamiento, nuestros sueños parecen más intensos, por no decir más inquietantes.

¿A qué se debe este fenómeno?

El sueño y su habitual descuido

A lo largo de nuestra vida, el sueño constituye ese gran paréntesis durante el cual nuestro cerebro se construye, se repara, elimina los desechos y nos prepara para la siguiente jornada. Hipócrates ya consideraba en su época que dormir bien es una de las claves para una buena salud, junto con una alimentación sana, ejercicio físico regular y una sexualidad feliz.

Nuestros conocimientos actuales reafirman sus tesis. La calidad del sueño influye en numerosos procesos fisiológicos importantes como la eliminación de residuos, el fortalecimiento del sistema inmunitario, el buen estado de ánimo, la consolidación de la memoria… En definitiva, ¡no hay nada como dormir a pierna suelta!

Sin embargo, nuestras obligaciones –y, a veces, nuestro tiempo libre– maltratan con frecuencia nuestro reposo. Todas y todos los que, cada mañana, tienen que madrugar para llegar a su puesto de trabajo tras una hora de camino sacrifican a menudo una parte de su descanso.

Por otra parte, el uso prolongado de pantallas conlleva problemas de insomnio crónicos cuyas consecuencias pueden tardar en manifestarse: aumento de la obesidad, del riesgo de diabetes y de hipertensión.

Esta ligera falta de sueño cotidiana afecta a nuestra capacidad de observación y de atención, con lo que eso implica para conducir un coche, por ejemplo. Ahora bien, desconectar el despertador los fines de semana apenas permite recuperar algo de este déficit.

Durante el confinamiento, dormimos más

Desde el inicio del confinamiento, muchas personas han podido disfrutar del placer de dormir una hora más, algo reservado, por lo general, al fin de semana o a los jubilados. El teletrabajo, para los que disponen de esa posibilidad, ha puesto fin al movimiento pendular de cada día. ¡Más tiempo para descansar!

Por si fuera poco, las noches en las ciudades se han vuelto más tranquilas. Los ruidos de los coches y las motos que perturbaban el silencio son ahora esporádicos, el canto matinal de los pájaros se escucha por fin en pleno centro… En consecuencia, hay menos interrupciones del sueño. En el hospital, algunos de nuestros enfermos están mejorando por el simple hecho de estar más descansados. Ahora bien, el recuerdo que conservamos de nuestros sueños está ligado estrechamente al número de horas de sueño que ocupan nuestras noches.

Por la mañana, la hora de sueño extra que nos ofrece el confinamiento beneficia sobre todo al sueño paradójico, que es la fase más rica en sueños. Los episodios más largos se producen al final de la noche y pueden durar entre treinta y sesenta minutos. En consecuencia, soñamos más durante el confinamiento, un poco como en vacaciones, y los sueños son largos, como ha descrito recientemente Perrine Ruby, investigadora del Instituto Nacional de la Salud y de la Investigación Médica de Francia (INSERM) en Lyon.

La cuestión es si estos sueños se diferencian de nuestros sueños habituales.

¿De qué están hechos nuestros sueños?

Durante esta fase de sueño paradójico, cuando no estamos confinados, ¿qué aparece normalmente en nuestros sueños? Las grandes recopilaciones de sueños muestran que el contenido de nuestras aventuras oníricas es más bien ordinario, sobre todo visual y auditivo. Se acompaña de muchas emociones, con más presencia de las negativas (miedo, cólera, tristeza…) que de las positivas. Abundan las interacciones humanas, pero hay poca sexualidad. Y estos contenidos se nutren mayoritariamente de nuestro día a día: nos encontramos con nuestros familiares y amigos, nuestros colaboradores, nos movemos dentro de nuestros marcos de costumbre, ejercemos nuestra profesión y revivimos nuestras preocupaciones.

Predominan los acontecimientos banales de los dos días anteriores, pero vistos de un modo preocupado, ligeramente sobreactuado. Esta continuidad entre lo real y lo soñado constituye el entramado de la mayoría de nuestros sueños, incluso si a veces aparecen rarezas, mundos nunca imaginados o acciones jamás vividas. ¿Quién no ha experimentado nunca en sueños el placer de volar? Aunque estas extravagancias son poco frecuentes, nos dejan un recuerdo duradero y son las que confieren a la palabra «sueño» su dimensión extraordinaria.

¿Lo que soñamos confinados busca satisfacer nuestros anhelos, como creía Freud? ¿Al privarnos de nuestra libertad de movimiento, de nuestras amistades, soñaremos con grandes espacios abiertos, con momentos de sociabilización o con la comida que ya no podemos conseguir? No está claro. En los años 70, el investigador californiano Bill Dement privó de agua a un grupo de personas durante 48 horas para ver si eso haría aparecer fuentes en sus sueños, pero no fue el caso.

¿Con qué soñamos durante el confinamiento?

Quede claro, antes que nada, que solo hablaremos aquí de anécdotas y de experiencia clínica. Para hablar de ciencia habrá que esperar los resultados de los estudios bien controlados que se están llevando a cabo ahora mismo.

El contenido de nuestros sueños confinados es diverso: si bien es verdad que la vida cotidiana reciente y los que nos rodean han sido siempre parte inherente de nuestros sueños y aunque tengamos algunas evasiones mentales por bellos paisajes, la amenaza del virus, que flota a nuestro alrededor, que invade nuestras jornadas y nuestras pantallas (y a nosotros, los médicos, nuestra actividad en el hospital), invade también nuestro mundo onírico.

Desde el inicio del confinamiento, las caras enmascaradas y la ropa azul de los sanitarios aparecen en los sueños de nuestros pacientes. Muchas personas, no necesariamente las más estresadas, se despiertan repentinamente en mitad de la noche con la sensación de ahogarse, de tener fiebre o de escapar por los pelos de una catástrofe. Estos malos sueños son grandes clásicos de las situaciones de estrés y acreditan una de las teorías recientes sobre las funciones de los sueños: simular amenazas de forma virtual para poder afrontarlas mejor en la realidad.

Por ejemplo, casi todos los estudiantes de medicina de la Universidad de la Sorbona, la víspera de las pruebas de acceso, sueñan que no las superan, ya sea porque llegan tarde, porque les da un ataque súbito de apendicitis, porque no encuentran el camino de la sala de exámenes, porque ya no entienden las preguntas o porque ignoran las respuestas. Sin embargo, hemos constatado que cuanto más fracasan en sueños, mejores son sus notas en el examen. Parece como si estuvieran menos estresados en condiciones reales tras la experiencia nocturna, como si hubieran anticipado, igual que un jugador de ajedrez, los posibles golpes de mala suerte.

Estos sueños con dificultades y con fracasos son la norma en cada profesión: actores que olvidan su texto en sueños antes de un estreno, deportistas que no tienen sus zapatillas la víspera de una prueba olímpica, taxistas que ya no encuentran las calles… Un virus amenaza la humanidad y la humanidad sueña con ello. Una forma, también, de combatirlo.

Este artículo se vuelve a publicar de The Conversation, un medio digital sin fines de lucro dedicado a la diseminación de la experticia académica.

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