El verdadero 'escándalo' de Raphael

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Raphael en los años 60 y en 2020. (Photo: Getty Images)
Raphael en los años 60 y en 2020. (Photo: Getty Images)

Qué pasará, qué misterio habrá’... Que hayas completado la letra de esta canción sin dudarlo es Raphaelismo”, dice un gran cartel colocado en la Gran Vía de Madrid. Raphael en directo es exageración, exceso, aspaviento teatral y, por qué no decirlo, amaneramiento. Esto último, dice en la serie documental Raphaelismo —cuyos cuatro capítulos llegarán de golpe este jueves a Movistar+ (y en lineal a #0)— “no tiene nada que ver con ser gay. Hay gente que gesticula mucho. Yo hago lo que quiero cuando quiero”. Todos esos gestos en su conjunto han sido su signo de distinción sobre los escenarios, en los que cumple ya seis décadas.

Sin embargo, ‘digan lo que digan los demás’, esa imagen del Raphael con ‘ph’ se desmonta en esta docuserie, dirigida por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, para dar paso a Rafael Martos. Para ello han contado con mucho material inédito, en parte gracias a que su hijo Jacobo Martos es director de cine y ha seguido a su padre durante mucho tiempo con una cámara doméstica.

Aunque por primera vez se ha implicado en un documental sobre su figura, el andaluz de 78 años rechaza verse en las imágenes en blanco y negro, así como echar la vista atrás, pese a tener una carrera de la que muchos presumirían constantemente. Para él, el pasado no existe. “Es un defecto muy cruel, porque no me deja disfrutar del éxito. Estoy en el escenario pensando en el mañana, salgo y saco defecto a todo, pero a la vez me ayuda a seguir aprendiendo”, responde a El HuffPost. No se reconoce como “un viejete de esos que va contando su historia”. Le importa lo que va a “hacer a partir de hoy”.

Con sesenta años de éxito, ha declarado este lunes en rueda de prensa, “es un milagro que vaya cambiando de generación y la gente siga ahí, y además otros vayan adhiriéndose”. Raphael, cuando actúa, se sabe artista, o al menos así lo transmite. Razón de más para “ser muy templado, para asimilar y no volverte un gilipollas. Porque lo normal es volverte un gilipollas”, ha explicado. Por eso, tampoco se rodea de “un grupo de peloteo” que le baile el agua.

Tengo un defecto muy cruel, porque no me deja disfrutar del éxito

“Soy una persona tremendamente cercana a mi público. Me gusta que la gente sienta por mí algo más que ese ‘qué bien canta este hombre’. Es muy difícil de mantener, porque estás siempre en la cuerda floja. La gente no perdonaría que yo hiciera algo mal”, ha expresado. Palabras que apoyan lo que ya dice en el documental: él nunca quiso ser cantante, porque un cantante solo canta, él siempre quiso ser artista. Y no hay experto que se haya atrevido a decir en 60 años de trayectoria que no llena el escenario.

También asume que “un cantante no es cantante hasta que no lo versionan en verbenas de pueblo”. “Si no te cantan en los pueblos, despídete”, ha bromeado.

Esta carrera más que consolidada a lo largo del tiempo no ha sido un camino de rosas. Empezaron a dejarlo entrar en el teatro a cantar a los 10 años. La primera vez que llegó a las dos de la mañana a casa, caminando desde Gran Vía hasta Cuatro Caminos (Madrid), su madre le dio “una colleja de esas que suenan”. Pero él se mantuvo firme: “Pues empezamos mal, madre, porque yo voy a ser artista y seguiré yendo al teatro”.

Debo ser muy templado, para asimilar las cosas y no volverme un gilipollas. Porque lo normal es volverte un gilipollas

Raphael ha picado mucha piedra para dejar atrás sus orígenes humildes. Hizo la tourné del hambre, actuaba durante horas con el estómago vacío, fue consciente de que la gente de su equipo debía ganar dinero con él.

Nunca un cantante ha sido más aupado tras no ganar Eurovisión. De hecho, en su caso no ganó el festival, pero consiguió mucho más. En 1966 fue el representante de España con Yo soy aquel, tema con el que quedó en la séptima posición. Media Europa puso el grito en el cielo porque ese joven español, al que la prensa extranjera definió como “la gran víctima de Eurovisión” no ganara. Y de ahí, a convertirse en un ídolo de masas internacional. Al año siguiente repitió la experiencia con la canción Hablemos del amor, que le dio la sexta posición.

Raphael y el compositor Manuel Alejandro en 'Raphaelismo'. (Photo: Movistar+)
Raphael y el compositor Manuel Alejandro en 'Raphaelismo'. (Photo: Movistar+)

Los artistas que han participado en Raphaelismo hablan de él como el artista mainstream de los sesenta, el que consiguió romper fronteras cuando la imagen de España empezaba a cambiar, el rey del pop de la época, el que abrió las puertas de América al resto de artistas del país, a pesar de que actuó en escenarios que le imponían tanto que le daban ganas “de salir corriendo de puro nervio, porque allí habían cantado los más grandes del mundo”, reconoce él mismo.

“En esa época, que yo estuviese en Moscú quería decir muchas cosas, porque entonces España no tenía relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. Ahora voy cada dos años a Rusia, y es muy gratificante ver cómo mi público allí aprende español para entenderme. Soy muy dado a cambiar las letras en los directos y a la salida me dicen ‘hoy equivocarse’, porque se las saben de memoria”, dice entre risas.

El artista, pionero de la música moderna en español, fue el primer hispanohablante en actuar en el Madison Square Garden (Nueva York), tiene en su haber un disco de uranio por superar los 50 millones de discos vendidos a los largo de su carrera y se ha codeado con las estrellas internacionales más cotizadas.

“He sabido lo que era ganarse un trozo de pan”, dice en la docuserie. ¿Le falta eso a la mayoría de artistas emergentes de hoy? ¿Saber lo que es el esfuerzo real? ¿Es eso lo que te forja? “Buena pregunta. Quizás sí, en casos, diría yo. Eso es necesario”, responde a este medio.

Karaokes, discotecas, el festival Sonorama... Ha llegado al público joven con canciones de toda la vida e incluso ha influido o trabajado con artistas que empiezan. “Yo no hago nada especial, lo que hago es lo que hago, es lo que hay y la gente lo sabe. No trato de ser más joven, canto como he cantado toda mi vida. Todo el mundo sabe lo que hago, no voy a descubrir nada”, expone.

Qué han conocido de Raphael los directores

Raphael ha tenido montones de ofertas en los últimos años para rodar especiales o documentales, pero han sido Charlie Arnaiz y Alberto Ortega (Dadá Films) los que han logrado el trofeo. El empujoncito para obtener su confianza se lo dio su trabajo en Anatomía de un Dandyel documental nominado al Goya 2021 sobre Francisco Umbral—. “Nuestra seña de identidad es emocionar para que se recuerde la historia y el respeto con el que tratamos las partes más brillantes y más sensibles. Enseguida entendió que tenía que contar lo bueno y lo menos bueno: el transplante de hígado, cuando le tachaban en los años 70 de ser afín al régimen... Te haces una idea del personaje en todas sus facetas”, explican.

“Qué sabe nadie”, dice el cantante refiriéndose a esa etiqueta de ‘artista de derechas’ de la que le tocó desprenderse, y también habla —aunque con dolor aún— de cómo llegó a necesitar un hígado nuevo para seguir viviendo, tras una época en la que el minibar de los hoteles era lo que le ayudaba a dormir en la soledad de la habitación.

Tampoco rehuye de relatar cómo “se rompió en Las Vegas” en los setenta, cuando “no estaba” en sus “cabales” y cuando “quedar bien con Dios y con el diablo” hizo que pasara por ese mal trance.

Según los directores Arnaiz y Ortega, “no lo enfoca como un fracaso —para él solo existe ‘menos éxito’—, sino como una consecuencia del animal artístico que es. Tenía problemas de voz y se ponía doble sesión todos los días. Es un punto de inflexión que le hizo también estar abierto al amor con Natalia Figueroa, que le puso los pies en la tierra”, revelan. Fue entonces cuando regresó a España anímicamente hundido, creyendo que su momento había pasado. Sobre Natalia Figueroa, dan fe de que “cuando la conoces, te das cuenta de por qué fue su pilar. Está llena de luz, se miran de una manera tan especial... parte del éxito de Raphael es ella”, añaden.

Ellos han logrado que se quite la ‘ph’ del Raphael que sale al escenario para “pasar al Rafael Martos, con muchas horas y consiguiendo que sea consciente de que esta es su serie”.

Y no lo han hecho siendo raphaelistas, no lo eran, lo que les ha permitido “no perder la objetividad, llenarse poco a poco de canciones, hitos y películas y enfrentarse al personaje y su historia sin prejuzgar”, declaran.

¿Qué le vas a preguntar a Raphael que no le hayan preguntado ya? El mensaje llega no por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta y su predisposición

″¿Qué le vas a preguntar a Raphael que no le hayan preguntado ya? El mensaje llega no por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta y su predisposición, además de su confianza para dejarnos hacer”, reflexionan: ”¿Qué necesidad tiene un señor de 78 años, con la trayectoria que tiene, de seguir sin parar, viajando, con una auténtica locura de agenda? Es ese sentido de la responsabilidad de ser artista, de no fallar a su público, de no decepcionar, de seguir creando escuela”.

“Hay que ser raphaelista por respeto [a lo que significa en la historia de la música], aunque te horroricen sus canciones”, “el raphaelismo es una religión”, dicen algunas de las voces de la industria que participan en Raphaelismo. A ello, suman los directores que “la dimensión que se ha establecido entre Raphael y su público es brutal. El raphaelismo está muy por encima, incluso, de Raphael, y es un movimiento que anda solo. Sigue más en auge que nunca”.

El artista de los grandes teatros, de los recitales de tres horas, conocido por su autoridad sobre el escenario, parece no estar pasado de moda. Tras sesenta años de carrera, este lunes ha jurado algo: “No haré una gira de despedida. No podría, sería muy amarga y estaría llorando en cada actuación. Sufrir de gratis, pues no. Si decido marcharme, lo haré en silencio. Pero eso, está muy lejos”.

Si esto no es una vida y una carrera de escándalo... que venga Dios y lo vea.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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