“Tenía tres vértebras rotas, pero seguí socorriendo a la gente”: sobreviviente de las Torres Gemelas

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Nuestro equipo de France 24 entrevistó a tres supervivientes de aquel fatídico 11 de septiembre de 2001. Sus narraciones nos llevan 20 años atrás, cuando Estados Unidos sufrió el peor atentado de su historia. En algunos casos, quienes sobrevivieron han tenido que aprender a vivir con secuelas físicas y emocionales.

Dicen que el tiempo cura las heridas, pero algunas son más difíciles de sanar, como lo evidencian las historias de William Rodríguez, Karla Pericon y Marcelo Pevida González. Ellos hablaron con France 24 sobre lo que enfrentaron ese 11 de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos vivió uno de los peores ataques terroristas de su historia.

En medio de un recuerdo doloroso, algunos comparten los momentos que se vivieron al interior y en las inmediaciones de las Torres Gemelas del World Trade Center, un símbolo del capitalismo que fue el primer blanco de los atentados. En total, cerca de 3.000 personas murieron, no solo en Nueva York, sino también en ataques que ocurrieron el mismo día en Washington y Pensilvania.

Sobrevivir al fatídico 11-S ha sido para algunos un renacer. Aunque en algunos casos continúan sufriendo secuelas físicas y emocionales dos décadas después.

Llegar tarde al trabajo le salvó la vida

Cuando le proponemos a William Rodríguez que nos acompañe a la Zona Cero para la entrevista, su respuesta es un “no” rotundo. “No me gusta filmar allí, es muy emocional”. Los fantasmas del pasado regresan cada 11 de septiembre y este año con más fuerza que nunca.

Por eso William, o Willy como le dicen quienes ya lo conocen, no quiere estar en ese lugar de Nueva York para esa fecha. “Ya he dicho que no quiero hacer ninguna entrevista ese día, es demasiado fuerte para mí”, agregó.

Willy nació en Puerto Rico y llegó a Nueva York a principios de los 80, como muchos hispanos en busca del sueño americano. Enseguida empezó a trabajar como encargado de limpieza del World Trade Center y se ganó el cariño y la amistad de los grandes hombres de negocios que allí trabajaban.

Especialmente, consiguió conquistar a los trabajadores del restaurante que estaba en la última planta: Windows On The World. “Yo iba allí cada día a desayunar porque me invitaban. Claro, quién dice que no a una invitación”, cuenta sonriendo.

Willy estableció tal amistad con los empleados del restaurante, que ni siquiera el 11 de septiembre los sacó de su mente.

Ese día, Willy llegó tarde a su puesto de trabajo y cuando apenas estaba en el sótano para ingresar, el primer avión impactó la Torre Norte. “¡Pam! Fue una explosión tan fuerte que retumbaron todas las paredes y el techo se nos cae encima (...) No sabíamos qué ocurría, y entonces llegó la segunda explosión. ¡Bum! El piso retumbó”.

El último hombre en salir de la torre norte y su llave mágica

Automáticamente, Willy y sus compañeros huyeron y salieron al exterior. Él no se lo pensó dos veces. Estaba seguro de que sus amigos del restaurante necesitaban su ayuda, y volvió a entrar al edificio para buscarlos.

Pero ya era tarde para llegar al último piso de la torre. “Y entonces me encuentro con un oficial de la Policía que me dice: '¿Willy tienes la llave?'”, se refería a la llave maestra que abre todas las puertas del complejo. “Le respondí que sí la tenía y fuimos planta por planta abriendo las puertas”. Gracias a esa llave, ese día se salvaron al menos 100 personas.

Pero Willy todavía no alcanzaba a llegar al piso donde estaba el restaurante. En el piso 39, el jefe de seguridad David Lee le pidió ayuda para sacar a un hombre en silla de ruedas. Mientras bajaban, otra explosión les hizo darse cuenta de que aquel horror no había acabado. “Cuando llegamos al lobby el escenario era de terror. Las paredes de mármol estaban totalmente arrancadas. A la derecha, había polvo y a la izquierda, lo que era el centro comercial y la plaza del edificio. Todo estaba destruido. La Torre Sur ya se había caído", describe Willy.

“Me gritaron que no mirara atrás, pero lo hice, y fue cuando vi los cuerpos de todos los que se habían tirado del edificio tratando de salvar sus vidas. Los cuerpos estaban irreconocibles”, agrega.

Poco tiempo hubo para mirar, de repente la Torre Norte comenzó a derrumbarse y Willy tuvo que correr y protegerse debajo de una ambulancia. “Cuando estaba atrapado yo solo pensaba en mi pobre madre, que no me pudiera reconocer como los cuerpos que yo había visto totalmente quemados. Luché hasta el final por mi vida”, hasta que llegaron los rescatistas y le ayudaron a salir. Una imagen que la prensa captó y por eso lo bautizaron como el “last man out”, el último hombre en salir.

Otra idea que retumba en su cabeza desde entonces son sus amigos del restaurante. “Ese día tuve que volver a entrar al edificio una y otra vez, tenía que salvar a los que trabajaban allí, pero no pude. Ese día perdí más de 200 amigos”. Y eso, dice Willy, es lo peor de su duelo: haber dejado atrás a gente importante en su vida.

Ahora, lo que le queda son algunos de los platos y tazas del restaurante, que recogió durante las labores de limpieza días después del atentado. Esto hace parte de los recuerdos que conserva Willy en el sótano de su casa, junto a un trozo de una de las torres, y el chaleco de socorrista y los pantalones que vestía ese 11 de septiembre. Hay más objetos que él siempre tiene a mano para no olvidar que ese día volvió a nacer.

Una lotería que casi le cuesta la vida

A diferencia de Willy, Karla Pericon estaba dentro del edificio esa mañana porque su jefa le había pedido que entraran a trabajar antes. Karla comenzó a trabajar en el World Trade Center con 24 años. Fue precisamente Willy Rodríguez quien la contrató para ayudar a limpiar el edificio, pero pronto destacó y la contrataron como administrativa en la oficina que Bank of America tenía en la Torre Norte.

La suerte le había llevado desde Puerto Rico a Nueva York un año antes. “Gané la lotería de la Green Card”, la tarjeta de residencia permanente en Estados Unidos. “Aquel día, nuestra jefa nos estaba hablando cuando de repente el edificio comenzó a moverse mucho. Como yo vengo de Costa Rica, pensé que era un temblor y me asusté. Mi reacción fue levantarme y gritar”, recuerda.

Todos trataron de escapar por la salida de emergencia, pero la puerta estaba bloqueada y la única salida se había convertido en una auténtica ratonera. La explosión había desencajado las puertas y muchos se vieron en la misma situación. “Era tal la cantidad de gente que trataba de huir por el mismo sitio que ya no podíamos darnos la vuelta, estábamos atrapados. Entonces lo hombres comenzaron a patear la puerta hasta que consiguieron abrirla”.

Al salir, Karla se quedó petrificada ante la imagen que vio. “Me tropecé con un brazo y una pierna. El suelo estaba lleno de cadáveres y me bloqué y empecé a gritar: ¡Oh my God, oh my God, qué es esto!”, cuenta conteniendo la respiración y tapándose la cara con las manos. Han pasado ya dos décadas, pero los recuerdos son tan duros como si lo hubiera vivido ayer.

“Entré en shock”, continúa. Hasta que un agente de policía le gritó que siguiera corriendo y no se detuviera. “Y así lo hice, y me salvé”, narra.

Salvada de un infierno, pero entrada en otro

Karla sobrevivió aquel día, pero desde entonces no ha dejado de luchar contra un drama que comenzó poco después del 11 de septiembre de 2001 y se alarga hasta el día de hoy: las consecuencias físicas y emocionales de los atentados.

“Hace tres años, me diagnosticaron cáncer de útero y de ovario. En agosto de 2018 sufrí un derrame cerebral y poco más tarde me diagnosticaron cáncer de seno”, nos cuenta apoyada en su inseparable bastón.

Hace ya más de tres años que no trabaja porque su vida se ha convertido en visitas rutinarias a médicos y sesiones de rehabilitación física y psicológica.

Aun así, en ningún momento pierde la sonrisa. Antes de terminar la entrevista insiste en agradecer con cariño la labor de los llamados 'first responders', los equipos de rescate, los que le salvaron la vida. Fueron cientos los profesionales que en medio del caos no dudaron en entrar en aquel infierno para salvar la vida de gente con la que nunca se habían cruzado.

“Tenía tres vértebras rotas, pero salí por la ventana y seguí socorriendo a la gente”

Uno de los muchos héroes anónimos de entonces, hoy sí tiene nombre: Marcelo Pevida González, exagente del Departamento de Policía de Nueva York. Este hombre de 51 años fue uno de los oficiales que aquel día priorizaron la vida de los demás antes que la propia.

Él y su compañero fueron la tercera patrulla en llegar al lugar de los atentados. “Nos encontramos con muchos heridos y confusión. Llegamos cuando ya había impactado el primer avión, y tratamos de llevar hasta nuestro coche a uno de los heridos”, relata. “Entonces le dije a mi compañero, voy a mover el coche y tratar de buscar una ambulancia”.

Marcelo condujo su vehículo en busca de ayuda, pero entonces “se produjo el segundo impacto. Vi como caía una llanta del avión justo al lado de mi coche, que quedó casi todo aplastado”.

En un primer momento, asegura, se encontraba bien. El impacto del golpe fue tal que no lo sintió hasta minutos después, cuando se dio cuenta de que tenía tres vertebras destrozadas. Ni siquiera eso le frenó. “Salí por la ventana y continué ayudando gente. La situación era de terror, caía de todo del cielo, incluso había gente que se tiraba”, describe.

Recordar aquel día todavía le cuesta mucho, y eso es algo que enseguida se nota en el cambio de su voz. Sobre todo, cuando se acerca la fecha del aniversario de los atentados. “A ninguno de los que estuvimos allí nos gusta recordarlo”, señala.

Hoy, 20 años después, su vida ha cambiado completamente, pero no olvida. Marcelo se jubiló con 31 años de edad por las heridas que sufrió aquel día y pasó a convertirse en el copropietario de una de las pizzerías más reconocidas de la Gran Manzana, la Grimaldi's. Hace un tiempo decidió venderla y dedicarse a disfrutar de lo más valioso en su vida, sus hijos.

Este año, como ocurre en cada aniversario, Marcelo ha sido invitado a varios eventos en homenaje a las víctimas. Actos que todavía después de dos décadas se hacen difíciles, pero necesarios porque según dice ni puede ni quiere olvidar el día más oscuro de la historia de este país.

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