Una nueva técnica permite modificar los genes cuanto queramos

Dos de los responsables del descubrimiento y puesta a punto del nuevo método, el doctor Sergej Djuranovic y Laura Arthur. Crédito: Robert Boston
Dos de los responsables del descubrimiento y puesta a punto del nuevo método, el doctor Sergej Djuranovic y Laura Arthur. Crédito: Robert Boston

Cada cierto tiempo oímos hablar de una nueva técnica para modificar o manipular los genes. Hasta el punto en el que podemos llegar a preguntarnos qué tienen de nuevo estas técnicas, y para qué puede servir tener tantas a mano. El caso que se explica en un artículo reciente es considerablemente distinto, porque de lo que se trata es de modificar cuánto de cada gen tenemos.

¿Qué queremos decir con esta frase? Simplemente, que la nueva técnica no tiene nada que ver con “meter” o “sacar” genes de los cromosomas. Lo que han conseguido los investigadores es regular cuánto se expresan los genes. Y esto abre nuevas posibilidades en investigación y bioingeniería.

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Vamos con un ejemplo sencillo. Hay muchas enfermedades que tienen un componente genético. Un gen que produce más proteína de la cuenta, o menos. Hasta ahora, todo lo que podía estudiar los científicos eran genomas donde ese gen estaba en dos copias, en una copia o directamente no aparecía. Ahora pueden regular cuánto se expresa el gen, abriendo el abanico a todos los niveles imaginables – evidentemente, con limitaciones.

El cómo lo consiguen es realmente interesante. Cuando decimos que un gen se expresa, nos referimos a todo el proceso que va desde información guardada en forma de ADN hasta la proteína final. Hay un paso intermedio, en forma de ARN mensajero, al que llamamos transcripción.

Al transcribirse los genes, se emplean las cuatro bases del ARN – prácticamente iguales a las del ADN. Unas se ponen a continuación de las otras, formando largas cadenas que luego se traducen a proteínas. Cualquier combinación es posible, pero no todas son iguales. Dependiendo de las secuencias – la “lista” de bases que se de – tendremos un mensaje, y unas características.

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Una cosa muy interesante ocurre cuando la secuencia tiene un gran número de adeninas – una de las cuatro bases del ARN – seguidas. La maquinaria celular que se encarga de traducir el ARN mensajero a proteína no lo procesa bien. En muchas ocasiones deja de traducirlo por completo, por una cuestión físico-química.

Este defecto se puede aprovechar para regular cuánta proteína se produce. Si en el laboratorio se introducen largas cadenas de adenina en un gen, el mensaje tendrá más problemas para traducirse. Y de hecho, tanto la longitud como el lugar en el que aparezcan estas secuencias “poli-A” servirán para regular cuánta proteína se produce.

Y lo más interesante es que este mecanismo se puede emplear en cualquier ser vivo. De hecho, hasta ahora se ha confirmado su utilidad en bacterias, protozoos, levaduras – es decir, hongos –, plantas y células animales, tanto de insectos como de ratones y humanos. Lo que resulta bastante lógico, dado que el mecanismo de traducción de proteínas se ha mantenido prácticamente igual desde el origen de la vida.

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