Un paciente con una bolsa de aire donde debería estar parte del cerebro

Escáner en el que se puede apreciar la bolsa de aire en el cerebro del paciente.

Hay algunos casos médicos que son realmente sorprendentes, y desafían lo que creemos saber sobre nuestro propio cuerpo. El último caso del que hemos tenido noticia es el de un hombre que tenía una bolsa de aire donde debería haber cerebro, situación que se explica en un artículo reciente.

Aclaremos que no es que le faltase el cerebro completo. Únicamente –bueno, “únicamente”- una zona, pero considerablemente amplia. Y sin embargo, se trataba de un individuo plenamente funcional, capaz de llevar adelante su vida con normalidad.

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O casi con normalidad. Porque el caso se conoció ya que el señor, que cuenta con 84 años, acudió a urgencias. Llevaba un tiempo sin encontrarse bien del todo, y en las últimas semana había perdido el equilibrio y se había caído en varias ocasiones. Así que decidió acudir al hospital.

Como no fumaba ni bebía, y sus análisis de sangre dan resultados normales, los doctores decidieron seguir indagando. Y aunque no había evidencias que hiciesen pensar en ningún problema neurológico grave, realizaron un escáner y una resonancia de su cabeza.

La sorpresa al estudiar los resultados fue mayúscula. Donde debería haber un lóbulo cerebral se encontraron con una bolsa de aire. Que sería esperable si el paciente hubiese pasado por una intervención quirúrgica como la extirpación de un tumor. Pero no era el caso.

Tirando del hilo, descubrieron que el señor tenía un osteoma, un tipo de tumor óseo benigno. Formado, en este caso, en el seno nasal del paciente, y que funcionaba a modo de válvula, parecida a la de una colchoneta hinchable: deja entrar el aire, pero no salir. Así que cada vez que el paciente estornudaba, o tosía con cierta fuerza, insuflaba aire en su pneumatocele – el término técnico de la “burbuja de aire” de su cráneo.

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Solución hay: pasar por quirófano para descomprimir el cráneo y reducir la presión del aire sobre el cerebro. Esto acabaría con su malestar, y evitaría que en el futuro sufriese otro microinfarto, que era el motivo de sus caídas.

Pero dado el estado de salud –por otras causas médicas que no se explican en el artículo, por cuestiones de confidencialidad– y la avanzada edad del paciente, éste rechazó la cirugía. Ya sabía lo que tenía, los peligros que le suponían y a qué se arriesgaba. La decisión era suya y sólo suya.

Al menos, su caso ha servido a la ciencia. Y deja claro que casos extraños y poco frecuentes se dan a menudo en medicina.

Me enteré leyendo aquí.