Un asistente de laboratorio se inyecta por accidente una cepa modificada de la viruela

Un asistente de laboratorio se inyecta por accidente una cepa modificada de la viruela

Con la cantidad de estudios y experimentos que se realizan con enfermedades contagiosas – virus, bacterias y otros patógenos – lo raro es que no oigamos más noticias sobre accidentes de laboratorio. Y no lo hacemos porque apenas ocurre, porque cuando pasan se emiten informes.

Como el que vamos a comentar, de una técnico de laboratorio que se inyectó, por accidente, con una cepa modificada del virus gracias al cual se acabó con la viruela. Que, por suerte, se ha quedado todo en una historia curiosa, pero podría haber sido un problema enorme de salud pública.

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Empezando por el principio, cuando se contrató a esta técnico se le ofreció una vacuna contra el virus con el que iba a trabajar. El problema es que esta vacuna puede provocar – y de hecho, suele hacerlo – efectos secundarios. Debido a cuestiones personales, y a la dificultad que se le planteaba para gestionar los posibles efectos adversos, tuvo que renunciar a vacunarse.

Comenzó a trabajar en el estudio, que trabajaba con dos cepas modificadas genéticamente del virus. Se inyectaban en ratones para comprobar su utilidad y relevancia – porque la viruela está erradicada, pero no hay que bajar la guardia, y porque se puede aprender mucho inmunidad estudiando este virus.

Y se inyectaban distintas dosis a distintos ratones, pero siempre en la cola para realizar el menor daño posible. El problema es que también es el lugar más complicado para acertar con una aguja. Eso fue precisamente lo que ocurrió: que no acertó con la cola del ratón, si no con su dedo. Con el índice de la mano izquierda, en concreto. Y se inyectó el virus a sí misma.

Nada más sufrir el accidente informó a su superior, que le recomendó visitar inmediatamente las urgencias de un hospital, e informar al organismo responsable del control de enfermedades – como ocurrió en Estados Unidos, el encargado es el CDC.

Al principio, en el hospital no le dieron mayor importancia. Un seguimiento de los posibles síntomas, pero que siguiese su vida normal. A fin de cuentas, se habían tomado todas las precauciones posibles. No había motivos para realizar una cuarentena.

Diez días después la historia cambia. El dedo en el que se había inyectado empieza a mostrar síntomas de necrosis de tejidos, y la mandan al CDC para que le hagan un seguimiento. El día doce ingresa en urgencias, con fiebre, nódulos inflamados y con el dedo en un estado mucho peor. Se desarrollaba la enfermedad.

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Rápidamente la trataron con un suero que contenía anticuerpos contra el virus, antibióticos para la infección que rodeaba la herida en el dedo y otros medicamentos para bajar la fiebre y la inflamación. Ahí ya todos los especialistas comenzaron a preocuparse seriamente: estaba infectada, y esto podía suponer un problema muy serio.

Muy serio, especialmente porque no se sabía ni con qué cepa se había infectado, ni la concentración que le estaba administrando al ratón. Ni sus superiores, ni el promotor – la empresa/entidad que había modificado los virus – ni ella misma eran capaces de deducirlo. Había dos posibilidades, ninguna buena.

¿Por qué no nos hemos enterado hasta ahora? Porque, al final, todo quedó en un susto. Tras 94 días, la infección remitió completamente. La técnico ha recuperado el dedo completamente, y no han quedado ningún tipo de secuelas. Y tampoco han aparecido más casos, con lo que se puede descartar que infectase a alguien durante el periodo en que no fue vigilada ni tuvo especiales precauciones – aunque, todo hay que decirlo, ella sí fue muy cuidadosa.

Al final, todo se queda en una anécdota sobre accidentes de laboratorio y tres meses horribles para una trabajadora.