Un año después, la difícil integración de los sirios del papa

Por Fanny CARRIER
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Riad, un niño sirio refugiado en Roma,se toma un helado junto a su madre, Nur, el 5 de abril de 2017

Hace un año, el papa Francisco los sacaba del limbo de un campo de refugiados de la isla de Lesbos. Hoy, esos 12 sirios reconstruyen su vida en Roma, pero como a muchos italianos, les cuesta encontrar trabajo.

Todo sucedió muy rápido. Recibieron la propuesta de viajar con el papa, en su avión, la víspera, justo después de una breve entrevista en un campamento de la isla griega donde se encontraban varados desde hacía varias semanas.

"No tuvimos tiempo ni para pensar", rememora Nur, de 32 años, a propósito de aquel sorprendente 16 de abril.

Después de huir de Siria en circunstancias dramáticas con su marido, Hassan, nunca había pensado vivir en Italia.

Graduada en microbiología vegetal en la ciudad francesa de Montpellier, pensaba más bien en volver a Francia.

Ya en Roma, las tres familias musulmanas invitadas por el papa pasaron a estar a cargo de la comunidad católica de San Egidio, que opera con otras organizaciones religiosas y que ha creado "corredores humanitarios" para salvar a refugiados, entre ellos 700 sirios.

Vivienda, cursos intensivos de italiano, inscripción en la escuela, los sirios no han perdido tiempo. Incluso las autoridades italianas aceleraron los trámites para concederles el estatuto de refugiados.

"Aquí tenemos una vida en paz", reconoce Nur mientras mira divertida a su hijo Riad, de 3 años, con un enorme helado de fresa y dirigiéndose a ella en italiano.

Después de que sus diplomas fueron aprobados, encontró un trabajo como bióloga en el hospital infantil Bambino Gesù de Roma. Las otras dos madres crearon una empresa de limpieza.

- 'Encontrar un trabajo' -

"Estoy preocupado, como todo el mundo. ¿Cómo voy a encontrar un trabajo?", se pregunta el marido, consciente de que se ha refugiado en un país con una de las tasas de desempleo más altas de Europa, con un promedio del 11% y del 35% entre los jóvenes.

"No es un temor sólo mío. Lo comparto con muchos italianos", reconoce.

La angustia por los familiares que se quedaron en su país se ha desvanecido: los padres y sus tres hermanos menores llegaron hace dos meses a Nápoles gracias a los "corredores humanitarios" de San Egidio.

Los familiares de Nur, en cambio, no pierden la esperanza de viajar a Francia en las próximas semanas.

En agosto pasado, el papa invitó al grupo de refugiados a almorzar en el Vaticano. Junto con ellos estaban las familias inicialmente seleccionadas, pero que no pudieron dejar Lesbos por razones administrativas.

Gracias a la insistencia del Vaticano, pudieron viajar unos meses más tarde.

"El papa cambió nuestras vidas en un solo día. Esto es un ejemplo para todos los religiosos del mundo, porque demuestra que la religión debe estar al servicio de la gente", explicó Nur, quien siente aún emoción cuando cuenta que Francisco la reconoció en febrero.

"Me llamó por mi nombre, se acordaba de mí", dice sorprendida.

"Un año después, podemos decir que la integración ha sido un éxito", sostiene Daniela Pompei, responsable del proyecto de San Egidio.

"Nuestro objetivo es que estas familias sean completamente autónomas, que hagan su propia vida", explicó.

Más complejo resulta el reto para Abdelmajid, de 16 años, y Rashid, de 19 años, quienes llegaron en el avión del papa con sus padres y una hermana pequeña.

El más joven va a la escuela secundaria, mientras que el más grande por la edad no puede ir al instituto y tiene más dificultades para hablar en italiano.

Por ahora, su mayor problema es el mismo de muchos italianos de su edad: busca un dermatólogo para tratar el acné.

Todos observan al pequeño Riad, radiante, que corre de un lado a otro mientras se le chorrea el helado. "Estoy contenta de que mi hijo viva como los otros niños de su edad", confiesa satisfecha Nur.

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