La ultraderecha alemana busca consolidarse, bloqueada por el cordón sanitario de los demócratas

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Alice Weidel y Tino Chrupalla, los candidatos de Alternativa para Alemania (AfD), cerrando un mitin en Schwerin. (Photo: FABIAN BIMMER via REUTERS)
Alice Weidel y Tino Chrupalla, los candidatos de Alternativa para Alemania (AfD), cerrando un mitin en Schwerin. (Photo: FABIAN BIMMER via REUTERS)

Hace cuatro años, la ultraderecha irrumpió en el parlamento alemán, algo insólito desde mediados del pasado siglo y tremendamente perturbador, en un país donde aún se arrastran los fantasmas del fascismo y sus estragos. Alternativa para Alemania (AfD) se aupó como cuarta fuerza a lomos del populismo creciente, el desgaste del europeísmo, un discurso nacionalista hecho de símbolos manidos y, sobre todo, el discurso de odio y de miedo al otro ante la llegada de refugiados al país, tras la crisis de 2015.

Ahora, cuando este domingo los alemanes vuelven a las urnas, la extrema derecha pasará una reválida y, según los sondeos, no le irá de todo mal: se espera un retroceso, pero aún así conservará entre el 10 y el 11% de los votos (fue un 12,6% en 2017 y, ante la alianza CDU-SPD, primero y segundo en sufragios, se convirtió en líder de la oposición). Pasaría a ser la cuarta fuerza en el Bundestag, por detrás de socialdemócratas, conservadores y verdes, o quizá quinta, si esprintan los liberales. La candidatura bicéfala de Alice Weidel y Tino Chrupalla no se ha hundido, no se ha disuelto, sino que se consolida. Los ultras sufren importantes tensiones internas pero, también, han logrado en estos años tener representación en todas las regiones del país, menos Sajonia.

Pese a ello, no son más que unos parias en cuanto a poder: el cordón sanitario aplicado por todas las demás fuerzas políticas, de todo el espectro ideológico, en cualquier escalón de la administración, les ha impedido acceder a cargos y aplicar su programa.

“Han perdido fuelle y voto caliente. Si hace cuatro años lograron marcar la agenda electoral y obligar al resto de fuerzas a hacer seguidismo o a perder tiempo en explicaciones ante sus manipulaciones, ahora han sido incapaces de colocar sus apuestas en los grandes debates de la campaña. Las preocupaciones de los ciudadanos van por un lado y ellos, por otro, con sus relatos. Y tampoco tienen líderes fuertes a los que seguir. Que no hayan podido consensuar un único candidato es un síntoma”, explica el investigador belga Pietre Baudewyns, que prepara una obra sobre la historia de la formación, en el contexto del radicalismo de derechas europeo.

Esa es la lectura optimista. La preocupante es “que uno de cada diez alemanes, al menos, sigue comulgando con ellos”. “Han venido para quedarse, por más que hoy estén excluidos del poder. Mañana, ya no sabemos”, concluye. De hecho, Chrupalla repite en sus entrevistas que ese “cortafuegos” que otros partidos han erigido contra el partido “se derrumbará” y se generará un dominó en todo el país, comenzando por los estados de la antigua República Democrática Alemana (RDA), el este comunista, donde tienen su principal granero de votos.

Su predicción se sostiene sobre los ocho años de vida que tiene la formación y su evolución, tras nacer como un partido de corte nacionalista, defensor del libre mercado, y sobre todo opuesto al rescate del euro, pero inclinado a la derecha peligrosamente en cuestiones sociales e identitarias en tiempos más recientes.

En 2021, han lanzado su campaña bajo el eslogan “Alemania, pero normal” -sea lo que sea que supone eso para ellos-, pero esa palabra tan poco definida al menos marca la diferencia en el lenguaje respecto a su promesa de “dar caza” a los representantes del “sistema”, como la actual canciller y demonio particular de la AfD, Angela Merkel, o cuando hablaban de los migrantes como “niñas con un pañuelo en la cabeza” y “hombres con cuchillo”, una cosificación y un reduccionismo constantes. En el cerebro cambia poco: ha alentado manifestaciones de corte neonazi o han pregonado protestas (por ayudas sociales a extranjeros, por entregas de viviendas sociales, por aperturas de mezquitas) en las que ha habido detenciones por apología del nazismo.

Desde 2019, los servicios secretos internos alemanes vigila más de cerca a este partido de ultraderecha, tras haber detectado tendencias extremistas en algunos sectores como las juventudes y el ala más extremista. La Oficina Federal para la Protección de la Constitución, que es como se llama este servicio, informó en marzo de este año que lo ponía “bajo observación”, directamente. Berlín reconoce que la amenaza de extrema derecha es la más grave para su seguridad nacional hoy día.

Neonazis y, ahora, negacionistas y conspiranoicos

Pero prioridades para los ciudadanos son otras: según una reciente encuesta del diario Bild, solo el 20% de los alemanes considera la migración una prioridad, muy por detrás de la protección del clima (35%), las pensiones (33%) o el coronavirus (30%). Ante la toma de poder de los talibanes en Afganistán y la crisis humanitaria agrandada en el país, están volviendo a ondear la bandera del rechazo al asilo y del miedo a las “oleadas” y “avalanchas” de refugiados, pero como tampoco están llegando a Europa los exiliados esperados, no les sale la jugada. Sí se han robustecido en estos meses acercándose al movimiento negacionista de la pandemia, a los conspiranoicos y a los colectivos que rechazan la vacunación obligatoria. Está por ver el rédito que sacan el domingo de ello.

“Sus apoyos son tan variopintos como sus componentes. En sus filas hay ultraliberales, nacionalistas, fascistas, negacionistas, pero también, sencillamente, ciudadanos cansados que no han encontrado respuestas en otros lados, en un país donde la justicia social tiene lagunas”, añade también Baudewyns. “No es desdeñable, sino un importante y serio problema interno”, recuerda, que se hayan detectado grupos de militares o policías cercanos al partido. Tampoco el número de jóvenes desencantados que los pueden apoyar y que seguirán votando en el futuro. “Eso puede hacer que, un día, su soledad de hoy se rompa”, reconoce.

El especialista destaca un gran acierto y un gran error en la AfD, según sus intereses: el primero, “polarizar” a la ciudadanía y a los grupos políticos, colocando temas muy espinosos en primera plana y forzando a debatirlos, exacerbando además los términos, gruesos, de exposición; el segundo es que han intentado demasiado abiertamente recordar o justificar la gloria nazi y eso “ha generado rechazo en parte del electorado, incluso con afinidad en posicionamientos, y también ha puesto frente a ellos al resto de formaciones”.

Protesta en Sajonia contra la ultraderecha:
Protesta en Sajonia contra la ultraderecha:

Veto sin fisuras

Los partidos alemanes, al contrario que sucede en España con Vox, se han cerrado en banda a buscar apoyos, aunque sean puntuales, con AfD. Nadie pacta con ellos. Nadie les da la opción de tener ediles, diputados, ministros. Sus diputados están presentes en 24 comisiones permanentes del Bundestag, por ejemplo, pero no ocupan puestos de responsabilidad, ni siquiera la vicepresidencia de mesa que por aritmética (tienen el 12,6% de los votos) le correspondía. En junio de 2019 podrían haber ganado su primera alcaldía, pero se la arrebataron los demás.

En esta campaña electoral, de nuevo, todos se han comprometido a seguir así. El líder de la derecha, Armin Laschet (CDU), también, aunque lo necesite para ser canciller y no le salgan las cuentas. Hay incluso una moción aprobada por el partido de Merkel en 2018 que excluye cualquier tipo de acercamiento a estas fuerzas.

Sólo ha habido que constatar una ruptura del “todos por igual”: en febrero del año pasado, el Parlamento del land de Turingia eligió como presidente regional, con los votos de conservadores y ultraderechistas, al candidato de los liberales, Thomas Kemmerich, en detrimento del ganador de los comicios, el izquierdista Bodo Ramelow. Lo sucedido supuso la primera y única ruptura de ese tabú que es hacer algo con los ultras. Hubo serias consecuencias: Kemmerich dimitió y también renunció Annegret Kramp-Karrenbauer, la nueva líder de la CDU, que estaba llamada a ser la sucesora de Merkel en el partido y en la cancillería. Hoy es Laschet quien ocupa su lugar.

Estas cosas se pagan en Alemania y quien se acerca a ellos se quema.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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