Ubay, la isla filipina donde se vive con el agua del mar en los tobillos

La isla de Ubay casi sumergida en el mar. Foto: Captura de pantalla Youtube/  Hartmut Schwarzbach

La relación con el mar de los habitantes de la isla filipina de Ubay va más allá de lo que vemos comúnmente en otros lugares. Ellos literalmente viven dentro del agua cuatro horas al día, cada vez que la marea sube e invade su pequeño territorio insular en el estrecho de Cebú.

Desde el 2013, cuando un terremoto de magnitud 7.1 hizo que la tierra allí en Ubay se hundiera hasta un metro debajo del nivel mar, sus moradores han convivido con el ciclo de las mareas. Si se suman las horas de las inundaciones que allí ocurren diariamente, son 130 días al año que su vida terrestre se convierte en un verdadero “Waterworld”.

Aunque todos tuvieron la posibilidad de mudarse a otras tierras más elevadas, la mayoría de los habitantes optó por quedarse y adaptarse al desafío de tener el mar dentro de sus casas, en los jardines, en las escuelas, en las calles…

Incluso el gobierno municipal de Tubigon, al que pertenece Ubay, desarrolló un programa de reubicación que ofrecía construir casas permanentes para ellos en la isla continental de Bohol. Pero la mayoría declinó esa iniciativa y allí siguen viviendo al compás de las mareas.

María Saavedra, según reseña el diario The Guardian, afirma que le gusta estar allí porque la “isla es pacífica”. Dice que pueden comer pescado fresco y recoger conchas marinas. “Podemos venderlos de inmediato para comprar arroz … cocinamos, comemos y luego nos vamos a dormir”.

 

Esa capacidad de adaptación de María y del resto de los habitantes a las nuevas condiciones de la isla, además de los impactos ambientales, sociales y económicos del aumento extremo del nivel del mar,  son estudiados por investigadores de la Universidad de Tokio.

Ese estudio y los esfuerzos de la comunidad para adaptarse son también los temas de un documental titulado Racing the King Tide, de la casa productora Liverpool Hatch, en colaboración con varias instituciones académicas del mundo.

El futuro adelantado

Ubay representa el futuro de muchas islas y zonas bajas del planeta, si sigue aumentando el nivel del mar como consecuencia del calentamiento del agua en los océanos, el deshielo de los glaciares y de los casquetes polares, además de la pérdida de hielo en Groenlandia y en la Antártida Occidental, inducidos todos por el cambio climático.

De acuerdo con las predicciones del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, para el 2100 los niveles del mar podrían elevarse entre 26 y 98 centímetros.

Eso bastaría para hundir en los océanos a miles de comunidades y hasta naciones. Muchas podrían desaparecer completamente y miles de millones de personas perderían sus hogares.

Para Laurice Jamero y Miguel Esteban, los líderes de la investigación de la Universidad de Tokio, lo que está pasando en la isla filipina podría hasta cambiar los conceptos apocalípticos de las consecuencias de la subida del nivel del mar. Se podría tener otra perspectiva de cómo enfrentar ese fenómeno y cómo convivir con niveles del mar más elevados.

 

Hasta ahora la discusión dominante sobre el aumento del nivel del mar se ha centrado en “las personas que huyen de la isla que se hunde, la narrativa del tipo ‘fin del mundo'”, explica Jamero.

Pero en Ubay “es completamente diferente”, dice. “La gente no quiere abandonar sus hogares, ha encontrado una manera de vivir sus vidas, de adaptarse, incluso de disfrutar de las inundaciones”.

Los investigadores han constatado una relación poderosa de los isleños con la isla, a la que consideran su hogar. Allí tienen a la mano su sustento, además de poseer una  fuerte cohesión social e identidad.

El mar los purifica

El mar no sólo los alimenta. También es fundamental en su visión del mundo. Cada 24 de junio celebran la fiesta de San Juan Bautista, el profeta que bautizó a Jesús en el río Jordán.

Servillana Mejares durante toda su vida vendió pescado y ahora está retirada. Dice que han estado celebrando la fiesta de San Juan como lo hicieron sus padres.

“Nos dijeron que deberíamos nadar en el mar para ser sanados. No dejamos de nadar solo por las inundaciones de las mareas. No tenemos miedo de las medusas. Todavía celebramos tanto como podemos. Dicen que la marea bajará de todos modos”, asegura.

Allí la vida no se ha detenido. Se han ido adaptando y el ingenio florece cuando las condiciones se hacen más difíciles. Los niños se sientan descalzos en sus aulas y reciben sus clases con el agua en los tobillos.

También construyeron plataformas de bambú para sus animales domésticos. Elevaron las patas de los muebles de sus casas y diseñaron andamios especiales para cocinar al aire libre.

 

No obstante, los desafíos suelen ser diarios. El agua potable escasea. Dependen de la lluvia casi todo el tiempo y del agua que le puedan enviar desde otras islas. Los vegetales se marchitan al mínimo contacto con el agua salada y su dieta depende de lo que pesquen y recolecten.

El mar también arrastra basura y otros desechos, como sus propios excrementos, que nadan junto con los peces. Pero ninguno de esos problemas ha hecho que la gente de Ubay quiera marcharse de esa isla filipina.

Las aguas del estrecho de Cebú los invaden silenciosamente día a día. Los tocan, empapan, inundan y ellos allí, purificando sus cuerpos y cuidando aún el único hogar que conocen hasta que el océano se lo trague.