Los trastornos sin diagnosticar que están detrás del fracaso escolar

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Uno de los problemas con los que habitualmente se encuentran los docentes y los padres son los Trastornos del Neurodesarrollo. Niños sin afectación neurológica o sensorial detectable, con una inteligencia dentro de los límites de la normalidad, que sin embargo no logran alcanzar los objetivos que para su edad mental y curso académico se les exigen.

Algunos de estos alumnos presentan serias dificultades para comprender el significado de un texto a pesar de su agilidad lectora y presentan graves problemas ortográficos; otros no logran mantener la atención durante las explicaciones de los docentes y presentan conductas disruptivas dentro del grupo. Algunos de ellos son tildados de vagos y suelen ser recriminados por su falta de esfuerzo, tanto en la escuela como en casa.

Docentes y familias se angustian por lo obvio que resulta cuando un niño presenta dificultades académicas y más cuando éstas se perpetúan a lo largo de los cursos escolares.

Para abordar el problema con éxito, resulta imprescindible establecer si estamos ante un alumno que presenta un retraso simple del aprendizaje o si el alumno en cuestión presenta un trastorno específico que esté condicionando su vida académica y afectiva.

Un 15% de casos

Los trastornos del neurodesarrollo no diagnosticados ni tratados son la causa principal de fracaso escolar en nuestro país. Entre el 5 y el 15% de los alumnos españoles padece algún trastorno de aprendizaje. Los que tienen mayor prevalencia en el aula son la dislexia y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). A pesar de ser trastornos descritos desde hace más de 50 años, los docentes afirman no disponer de los conocimientos ni las herramientas necesarios para hacerles frente.

Los trastornos del neurodesarrollo afectan por igual a alumnos de todas las clases sociales y su prevalencia es la misma en centros públicos, concertados o privados. No obstante, se evidencian sensibles diferencias en la detección en centros concertados o privados frente a los centros públicos.

Detección precoz

El buen abordaje pasa por la detección precoz. En muchos casos se diagnostica cuando la vida escolar del alumno ya es caótica. Al fracaso escolar se unen entonces problemas de autoestima, trastornos psicosomáticos, ansiedad y depresión.

España es el país de la Unión Europea con mayor tasa de abandono escolar. Cerca de un 20% de los alumnos no consigue graduarse de la ESO. En los países del norte de Europa este porcentaje no sobrepasa el 6-7%.

También en España el coeficiente intelectual se presupone. En muchas escuelas pasan test y pruebas estandarizadas de forma sistemática con el fin de detectar posibles dificultades en los alumnos. Y en muchos casos, a pesar del diagnóstico, los docentes no saben cómo acompañar al alumno que presenta dificultades. Incluso tenemos escuelas donde prácticamente no hay detectados alumnos con trastornos del neurodesarrollo. Esta situación es sinónimo de fracaso escolar.

Problema infradiagnosticado

España es uno de los países europeos con menos tasa de diagnóstico. Las consecuencias de tener un trastorno no detectado no sólo impactan en el bajo rendimiento académico. Al hecho de fracasar en la escuela se unen los problemas de autoestima y, en la etapa de Educación Secundaria, la de la adolescencia, un mayor consumo de drogas.

En concreto, el consumo de cannabis suele estar relacionado con la necesidad de atenuar los síntomas de ansiedad y depresión que padecen estos alumnos.

En muchos casos los alumnos con dificultades de aprendizaje acaban desarrollando una adicción a sustancias y alteraciones de la conducta que podrían ser fácilmente evitables si toda la comunidad educativa estuviese suficientemente informada y sensibilizada ante estos temas.

El fracaso o el éxito escolar no se gesta en un día. Como sociedad debemos exigirnos un mayor compromiso con las necesidades de los alumnos del s. XXI, entre ellas la detección precoz de los trastornos del neurodesarrollo, que tienen un impacto directo con el rendimiento académico y el bienestar emocional.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Lidia Arroyo Navajas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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