Tokio, una ciudad olímpica en pausa

Tokio, 18 jul (EFE).- Si hay una ciudad que sabe resurgir de sus cenizas es Tokio. Quizá por eso, esta metrópoli de 14 millones de habitantes está dispuesta a celebrar unos Juegos Olímpicos no exentos de polémica bajo una pandemia.

La llama olímpica alumbrará el nuevo Estadio Olímpico tras meses de incertidumbre, dando inicio a los Juegos más caros de la historia (15.400 millones de dólares), bajo estrictas regulaciones sanitarias, limitación de asistentes y sin público extranjero visitante en las gradas.

Desde 2013 y hasta la pandemia, Tokio trabajaba ilusionada en la celebración de unos segundos Juegos en el país. Los juegos de la reconstrucción, dijeron. Un intento de resurgir y mostrarle al mundo la resiliencia de una nación azotada por grandes desastres, como el de 2011.

VUELTA IMPOSIBLE AL MILAGRO JAPONÉS

La capital quería emular aquella ilusión vivida por el pueblo nipón en 1964, cancelados los Juegos de 1940, previstos en el archipiélago durante la Segunda Guerra Mundial. Una Tokio bombardeada y diezmada se reinventó después de la contienda y se alzó como centro financiero del Pacífico décadas después.

Durante la ceremonia de apertura de los Juegos de 1964, Japón escogió un símbolo de paz para presentarse al mundo. Yoshinori Sakai, de 19 años, nacido el 6 de agosto de 1945 en Hiroshima, el aciago día de la bomba atómica, encendió el pebetero, marcando una nueva etapa de la historia japonesa.

“Era una niña y recuerdo que el primer día nos dieron libre en la escuela y salimos a la calle con banderas para animar el desfile. En el cielo, los aviones dibujaban anillos de colores”, cuenta Kaoru Hasegawa, una nipona de 64 años. Vio las competiciones en su hogar, estrenando como millones de compatriotas televisor a color, símbolo del desarrollo y apuesta de una nación.

Ahora vive en el barrio su hijo, Tomoya, ex-futbolista de 35 años que esperaba entusiasmado unos Juegos en su ciudad, "algo que solo pasa una vez en la vida”. Tiene entradas para la semifinal de fútbol, pero lamenta “no poder celebrarlo como una fiesta”.

DEL BOOM TURÍSTICO A UNA TOKIO A MEDIO GAS

A inicios de este siglo, millones de viajeros descubrieron la Tokio más bulliciosa y alentaron su boom turístico. La cuna del manga y la electrónica en el ecléctico barrio de Akihabara. Destino de negocios ineludibles para muchos.

El variopinto barrio de Shibuya atraía a buscadores de tendencias de moda. Ciencia y cultura llamaban a estudiantes internacionales. Viaje de ensueño para novios y meca de la gastronomía oriental.

De promocionar activamente el turismo a cerrar fronteras, el gobierno japonés esperaba la llegada de más de 20 millones de turistas a la capital durante el verano olímpico. Sin embargo, los hoteles y negocios sobreviven desde hace 15 meses vacíos y dependientes de ayudas gubernamentales.

Una ciudad en las alturas que solo deja ver el icónico monte Fuji en días claros de invierno. Los turistas solían contemplarlo desde el edificio metropolitano de Tokio, gobernado por una de las pocas japonesas en la cumbre política, Yuriko Koike.

Los elevadores a la planta 52 de este emblemático rascacielos ya no suben a viajeros al popular observatorio, pues en este verano olímpico es un centro de vacunación masiva.

La ciudad que nunca dormía, abierta los siete días, de luces de neón que solo se apagaron tras el desastre nuclear, bajó el ritmo durante la pandemia pero nunca puso el cartel de cerrado.

Sus populares izakaya sirven cerveza a ratos, en estados de emergencia intermitentes que nunca fueron una imposición, solo una recomendación, emulando una ley seca que evite que los salaryman hagan lo que más le gusta al acabar la jornada: distensión entre colegas.

Millones de empleados del extrarradio siguen desplazándose diariamente en la extensa, puntual y abarrotada red ferroviaria, silenciosos y convivientes con el virus. No vieron limitados sus movimientos, pero acataron cívicos las normas sanitarias.

Las 40 sedes de Tokio 2020 están listas, entre ellas las del legado de 1964, como la casa de las artes marciales niponas, el Nippon Budokan, o el estadio nacional de Yoyogi. Los tokiotas, como el resto del planeta, celebrarán el encuentro deportivo desde casa, porque el visionado en parques públicos tampoco será posible.

Resignados, los ciudadanos se inmortalizan con los anillos olímpicos gigantes que decoran sus barrios, la bahía o la cima del monte Takao.

Mientras, en la restaurada estación de Tokio, un edificio terracota de la época Meiji, el reloj olímpico retrasado hace un año sigue en cuenta atrás.

Tokio acogerá, finalmente, los que serán los Juegos Olímpicos más japoneses, a pesar de que las últimas encuestas nacionales muestran a un 86 % mayoritariamente en contra de la celebración.

El pebetero flameará con un nuevo mensaje al mundo, pero si hay un símbolo que tardará en desaparecer de las calles tokiotas son sus taxis híbridos y de corte clásico londinense lanzados para la ocasión y que aguardan ahora nuevos destinos en esta capital en pausa.

Carmen Grau Vila

(c) Agencia EFE

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios puedan establecer conexiones en función de sus intereses y pasiones. A fin de mejorar la experiencia de nuestra comunidad, hemos suspendido los comentarios en artículos temporalmente