Todo lo que creemos saber sobre la inteligencia de simios puede estar equivocado

Nahko, un chimpancé de 28 años empleado en estudios sobre comunicación en simios. Crédito: Lisa A. Reamer

Sabemos que el ser humano es distinto del resto de simios. Tenemos evidencias científicas que explican cómo nosotros somos capaces de llevar a cabo tareas mentales que quedan fuera del alcance de nuestros primos. O igual no, según explica un artículo reciente que dice, de manera clara y directa, que todo lo que “sabemos” puede estar equivocado.

Más en concreto, que hay muchas cosas que creemos pero no sabemos. En términos científicos, que existe un sesgo en los experimentos y una multitud de preconceptos – en el original hablan de wishful thinking, que tiene difícil traducción – que hacen que la ciencia no sea del todo fiable.

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Para entenderlo, vamos con un ejemplo. Un estudio que comentan en el artículo demostraba que los niños humanos eran superiores a la hora de comunicarse de manera no verbal que distintos simios. A nadie le resultó sorprendente… hasta que analizaron el experimento.

Resulta que los infantes humanos se había criado en hogares normales, con familias normales. Y que, como ocurre generalmente, sus familias les habían enseñado muchas cosas. Entre otras, a comunicarse de manera no verbal. En cambio, los simios provenían de centros de rescate, nunca habían tenido entrenamiento en comunicación no verbal ni los estímulos necesarios.

Si la cosa hubiera quedado ahí, los resultados del estudio cambiarían. Lo que se puede decir científicamente de este experimento es que los niños entrenados son mejores en reconocer señales no verbales que los simios. Pero si tenemos en cuenta que, además, todos los niños provenían de la misma cultura, que las señales culturales pertenecían a dicha cultura, y que los simios jamás habían tenido contacto con dicha cultura, la cuestión cambia. Con datos así es imposible determinar si estamos hablando de una capacidad biológica – intelectual, evolutiva o de otro tipo – o se trata simplemente de “entrenados contra no-entrenados”.

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La explicación que dan los investigadores para casos como este – que, según la revisión que han hecho, son la práctica totalidad – es muy sencilla. Los investigadores asumen que el ser humano tiene capacidades innatas superiores a los simios, y diseñan los experimentos con esta idea en la cabeza. Por mucho que traten de evitarlo, terminan montando los experimentos de tal manera que les dan la razón.

Tampoco están diciendo que simios y humanos tengamos las mismas características, capacidades y habilidades. Lo que ponen de relieve, y es importante resaltarlo, es que igual existen, igual no, pero que si seguimos investigando de la misma manera no lo vamos a poder saber. Vamos a seguir leyendo aquello que nos da la razón, que puede estar equivocado.

Y para no quedarse únicamente en la crítica, ofrecen cuatro vías para mejorar los estudios. La primera es muy sencilla, y pasa por ampliar la diversidad cultural de los estudios. La gran mayoría se realizan con humanos provenientes de países industrializados, de entorno sociocultural alto y generalmente de naciones occidentales. Incluyendo más culturas se pueden analizar mejor los factores.

La segunda y tercera mejoras están relacionadas. En un caso se trataría de crianza cruzada, donde los simios pasarían a vivir con familias humanas. Claro, que esto puede ser complicado a nivel ético y legal – por un lado está el bienestar del simio, que viviendo en un entorno urbano no es el mejor; y por otro, que lo suyo sería criar a los bebés humanos con los monos – así que como opción estaría entrenar por igual a unos y otros, con lo que quitas esa variable del estudio.

En último lugar, y esto también sería realmente complejo, se trataría de emplear sólo variables cuantitativas. Es decir, cosas que se puedan medir con un aparato, que no dependan de la valoración que el investigador asigne. Con esto se elimina subjetividad, pero también se reduce la capacidad de estudiar comportamientos más complejos.

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