Toda una vida con la maleta a cuestas y sin rumbo tras escapar de Venezuela

Gustavo Vera

Por LIZANDRO SAMUEL, vía La vida de nos – Caracas, Venezuela

(FOTOS: GUSTAVO VERA)

Cuando los padres de Verónica Benavides se separaron, él se fue a Estados Unidos y, apenas adquirida la nacionalidad, trató de llevarse a su hija. Ella, de 11 años, vivía con su mamá en la ciudad de Maturín, al nor-oriente de Venezuela, y rechazó la oferta. Similar actitud adoptó cuando unos amigos de su madre le dijeron que podían enviarla a Canadá a que viviera con ellos. Aunque toda la familia veía la consolidación del chavismo como un cáncer que se extendía por el país, ella sentía que llevaba a Venezuela tatuada en la piel. Y la única forma de que migrara era que la arrancaran de su tierra de un tajo.

Bajita, de cachetes redondos y cabello a la altura de los hombros, dedicó su energía al desarrollo de una vocación que descubrió trabajando en el parque zoológico La Guaricha. Se sentía dichosa. Pero el 25 de agosto de 2016, se ordenó la detención del alcalde Warner Jiménez, aunque no encontraran pruebas que lo culpabilizaran. Este se exilió en Miami y toda su gestión en la alcaldía, de la cual dependía el zoológico donde trabajaba Verónica, se vino abajo.

En abril de 2017 la muchacha empezó a protestar en las calles contra el gobierno de Nicolás Maduro. Se unió a los grupos de choque que trancaban avenidas y se enfrentaban a los cuerpos de seguridad del Estado y a los grupos paramilitares aliados. Por eso, el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional la sumó a una lista de personas que había que detener. No era una lista oficial, no había una orden de captura, pero a Verónica le pasaron el dato.

Gustavo Vera

Rumbo a Colombia

¿Había llegado la hora de emprender el camino que se negó a tomar 16 años antes? Su familia le compró el pasaje por tierra para Caracas el 19 de julio de este año. Iniciaría una travesía para llegar a Colombia por tierra, y de ahí tomar un avión para Madrid. Ese era el plan. Mientras lo repasaba, el 21 de julio, en el autobús que la llevaría a Caracas, se enteró de que tres vecinos de su comunidad, compañeros de los grupos de choque, habían caído presos.

Una vez dentro del autobús que la llevaría a San Cristóbal, en la frontera con Colombia, se sentó al lado de un muchacho que olfateó las emociones de Verónica. Resultó ser un fotógrafo, Gustavo Vera, que iba a cubrir el éxodo masivo de venezolanos por temor a lo que fuera a suceder en las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente. Era martes 25 de julio. El domingo 30, se realizarían los comicios.

El autobús estaba lleno de una gran mayoría de personas con destino a Cúcuta. La convocatoria a la Constituyente solo dio el último empujoncito para que aumentara la hemorragia migratoria. La gente tenía miedo de quedarse, pero también miedo de irse.

El pasaje por puesto para San Antonio costaba 4 mil bolívares. Ese miércoles 26 de julio los asientos se vendían entre 20 mil y 60 mil bolívares. El sobreprecio se debía al aumento de demanda. Según las cifras de Migración Colombia, 26 mil venezolanos entran a ese país cada día, y por esos finales de julio, la cifra creció en un 5%.

Jorge López, un colombiano que trabaja como asesor de viajes en la frontera, comentó que estaban pasando la línea unas 5 mil personas diarias con destino a Colombia (Cali, Medellín, Bogotá). O a Ecuador, Perú, Chile y hasta Argentina. Y que, a veces, la gente llegaba a Cúcuta, tras dos días de viaje, sin haber almorzado.

–A quienes traspasan el puente, que no tienen cómo almorzar, se les da comida. Unas 300 personas almuerzan gratis diariamente. Y hay unidades de auxilio médico, en caso de emergencias.

Solo el lunes 24 de julio, entraron a Colombia por tierra unos 33 mil venezolanos. Miles de ellos regresaron el mismo día tras comprar alimentos y productos básicos. Según autoridades colombianas, alrededor de 2 mil ingresaron con intención de viajar a Ecuador, Perú y Chile. Asimismo, los residentes en Venezuela que para esa fecha habían solicitado la tarjeta de movilidad fronteriza –un permiso para acceder a Colombia– eran unos 560 mil.

Gustavo Vera

Rumbo a Ecuador

Para Ipiales, en la frontera con Ecuador, iba la familia Flores Morán. Emmanuel Flores, de 26 años, estudiaba administración de aduanas y trabajaba en un callcenter. Su esposa, Francis Morán, de 23, abandonó la carrera de comercio en los primeros semestres y trabajó un tiempo como vendedora informal, hasta que se cansó de que la policía la corriera a patadas. El problema no era mantenerse ellos, sino a sus tres hijos: uno de 6 años, otro de 5 y el menor de 1 año.

—Por ellos estamos migrando –dijo Francis, y se tocó la barriga: aparte de sus tres retoños, tenía siete meses de embarazo.

Los cinco viajaban junto a Rocío de la Ese, la mamá de Francis. El detonante definitivo, más allá de no poder cubrir las necesidades básicas, fue un ataque de asma que sufrió Emmanuel semanas antes. En todos los hospitales de Caracas, se consiguió con que no había lo requerido para nebulizarlo. Hasta que llegó al Hospital Militar. Estuvieron a punto de echarlo, pero lo vieron cerca de morir: le advirtieron que por eso lo atenderían, pero que ya sabía que ahí solo entraban los militares y quienes estuvieran afiliados.

En Ipiales, en las instalaciones de migración para entrar a Ecuador, centenas de venezolanos dormían en las calles, hacían largas filas y tramitaban papeles. Venían de atravesar Colombia procedentes desde Venezuela. En un día normal, el flujo de personas no superaba las 800 diarias. En los días previos a la Constituyente, ascendió a 2 mil.

Gustavo Vera

Con Venezuela tatuada

Aunque pareciera apresurado, el plan de Verónica Benavides era uno de los más sólidos. La mayoría de los que migraba lo hacía tal como estaba viviendo en Venezuela: a la deriva.

—En San Antonio me quedé donde unos familiares, que también me metieron la mano para ayudarme a cruzar la frontera –contó, ya desde Cúcuta, el domingo 30 de julio–. Al cruzar tomé un taxi hasta un hotel que me consiguió una amiga, que me ha ayudado con la comida desde que llegué. Tengo vuelo mañana en la noche a Medellín. De allí tengo que hacer una escala de 23 horas para el vuelo a Madrid.

Toda esa travesía le salía en unos mil dólares. De haber ido en avión habría tenido que gastar el doble. Y, aunque no lo sabía, bien podría haberse quedado varada: por la delicada situación política, varias aerolíneas cancelaron sus vuelos desde Caracas hasta Madrid, ciudad en la que Verónica aspira pedir el asilo político. Tal como, según ella, ya hicieron 2 mil 400 venezolanos en lo que va de año.

El día que tomó la decisión de migrar, Verónica se hizo un tatuaje en el antebrazo: el nombre de Venezuela con la bandera de fondo. Y, al final del extremo derecho de la V, un avión volando en dirección al resto de la palabra. Caminando por las calles de San Antonio de Táchira, se entremezcló con historias personales como la de la familia Flores Morán, o como la de un joven en silla de ruedas al que robaron mientras estaba en el baño.

Casas abandonadas, personas a las que extorsionaban para conseguir los permisos para entrar a Colombia, familias enteras durmiendo en la calle. El sol quemando las nostalgias.

A Verónica las imágenes la arropaban. Eran las 3:00 de la tarde y estaba en San Antonio, sacando la tarjeta de movilidad fronteriza. Se preguntó: “¿Y si me quedo?”. Y la fantasía pareció viable: no porque era lo mejor, sino porque era lo menos doloroso.

Entonces, oyó una moto que se estacionaba. Piloto y parrillero entraron al local colindante a donde estaba ella. Sacaron a empujones a un muchacho. Desenfundaron dos pistolas y las accionaron suficientes veces como para que las detonaciones parecieran argumentos. Se subieron a la moto y arrancaron. El cadáver quedó sobre la acera, lleno de sangre. Con un rojo más intenso que el del tatuaje de Verónica, cuyo rostro parecía apuntar hacia el avión dibujado sobre su piel.

Gustavo Vera

Esta historia fue cedida por el portal venezolano La vida de nos

 

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