La explicación a por qué el tiempo pasa más lento cuando nos sentimos mal

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El tiempo vuela cuando nos divertimos, pero se arrastra cuando nos sentimos mal. [Foto: Getty Images]
El tiempo vuela cuando nos divertimos, pero se arrastra cuando nos sentimos mal. [Foto: Getty Images]

¿Alguna vez has sentido que el tiempo pasa de manera insoportablemente lenta? No eres el único. El tiempo parece dilatarse cuando estamos enfermos. Esos minutos que tenemos que esperar hasta que la medicación haga efecto pueden parecernos una eternidad.

El tiempo también transcurre con extraordinaria lentitud mientras esperamos que sane una herida emocional. Recuperarnos de un descalabro amoroso, la pérdida de una persona significativa o un trauma requiere tiempo. Y ese tiempo parece prolongarse indefinidamente.

Obviamente, no son las manecillas del reloj que se retrasan, lo que cambia es nuestra experiencia del tiempo. Y esa distorsión temporal no solo enlentece las horas, sino que también acrecienta nuestro malestar.

Cuanto más nos duela, más lento pasará el tiempo

Neurocientíficos de la Universidad de Lyon realizaron un experimento muy interesante sobre nuestra percepción del paso del tiempo. Pidieron a un grupo de personas que introdujeran la mano en agua tibia a una temperatura agradable o en agua tan fría que llegaba a causar dolor. Al final, debían estimar cuánto tiempo había pasado.

Descubrieron que cuando las personas se sentían cómodas estimaban el tiempo con bastante precisión. Sin embargo, en la condición dolorosa su percepción del tiempo se distorsionaba. “El dolor alargó significativamente la duración subjetiva de los estímulos”, concluyeron estos investigadores.

También añadieron que “los aumentos más fuertes en la percepción del dolor condujeron a distorsiones más fuertes en la estimación del tiempo”. O sea, cuanto más intenso sea el dolor, más lento parecerá que pasa el tiempo.

Por eso un dolor de cabeza leve apenas influirá en nuestra percepción del tiempo, pero un par de horas con cólico nefrítico pueden parecer una eternidad. Por esa misma razón, los días pasan con gran lentitud cuando estamos lejos de las personas que queremos o atravesamos un periodo de duelo psicológico.

Los “pulsos internos” que alteran nuestra percepción temporal

Nuestro reloj interno se mueve al ritmo de nuestros estados fisiológicos y emociones. [Foto: Getty Images]
Nuestro reloj interno se mueve al ritmo de nuestros estados fisiológicos y emociones. [Foto: Getty Images]

Los estudios de neuroimagen han descubierto que la corteza insular anterior, una zona del cerebro que integra las señales de dolor corporal, también desempeña un rol esencial en la autoconciencia y el sentido del tiempo. Por tanto, podría ser la clave para comprender por qué se produce una distorsión en la percepción temporal cuando nos sentimos mal.

En práctica, nuestra habilidad para estimar el tiempo y la percepción de uno mismo comparten el mismo sustrato neuronal. De hecho, todos tenemos un reloj interno, una especie de “marcapasos” que produce “pulsos” asociados a unidades de tiempo. Un mayor número de pulsos por unidad de tiempo puede generar la sensación subjetiva de que las horas se alargan.

Obviamente, ese “marcapasos” interno no está perfectamente sincronizado con nuestros relojes convencionales, sino que se acelera o ralentiza según nuestras experiencias. Por ejemplo, la excitación fisiológica que genera el dolor acelera nuestro reloj interno, lo que conduce a una acumulación excesiva de esas unidades de tiempo, dando la sensación de que todo va más lento.

A esos cambios en nuestro reloj interno se le suma que cuando nos sentimos mal, nos enfocamos mucho en nosotros mismos, lo cual contribuye a desligarnos del tiempo físico y medirlo según nuestras sensaciones. Como resultado, tenemos la impresión de que el tiempo se ralentiza o detiene.

Sin embargo, el dolor físico no es lo único que altera nuestra percepción del tiempo. Se ha constatado que la valencia de las emociones también influye en cómo percibimos el paso de las horas y los días. Por eso el tiempo vuela cuando nos divertimos, pero se arrastra cuando estamos aburridos.

De hecho, se ha apreciado que percibimos los sonidos con valencia emocional, como los sollozos, el llanto o las risas, más dilatados en el tiempo en comparación con los sonidos de valencia neutra. No obstante, los sonidos negativos nos parecen particularmente lentos. Ni siquiera los niños escapan a ese fenómeno. Cuando veían rostros enfadados o neutrales en una pantalla, indicaban que las imágenes de valencia negativa duraban más.

Eso significa que nuestro cerebro no realiza grandes distinciones entre el dolor físico y el sufrimiento emocional, de manera que una pérdida o un trauma puede alterar considerablemente nuestra percepción del tiempo, sumiéndonos en un estado de desesperanza en el que la serenidad y la aceptación parecen no llegar nunca.

Cuando el tiempo se desdobla la angustia se multiplica

La intensidad del sufrimiento determina la lentitud con la que transcurre el tiempo. [Foto: Getty Images]
La intensidad del sufrimiento determina la lentitud con la que transcurre el tiempo. [Foto: Getty Images]

Cuando el tiempo no pasa, nos desesperamos. Y la desesperación no alivia precisamente el sufrimiento, al contrario, nos sume en un bucle de emociones y sensaciones negativas que se autoalimenta generando aún más malestar. Por eso no es extraño que el tiempo se ralentice para quienes padecen depresión y las personas que sufren ansiedad o fobias.

Quienes sienten que el tiempo pasa lentamente “informan una menor calidad de vida, menos bienestar emocional y más angustia”, según un estudio realizado en la Universidad de Múnich. Si ya es difícil sobrellevar el dolor y el sufrimiento que provocan algunos acontecimientos vitales, arrastrar esas emociones a lo largo de unos días que parecen multiplicarse puede ser desgarrador. Cuando el tiempo se desdobla el peso de la angustia se acrecienta y resulta particularmente difícil divisar la luz al final del túnel.

De hecho, psicólogos de la Universidad de Columbia Británica concluyeron que “cuando el tiempo se dilata, nos da una razón para retrasar la motivación, la acción y los objetivos, lo cual afecta el proceso de toma de decisiones y nuestros resultados”. Eso significa que caemos en una especie de sopor psicológico que nos arrebata la iniciativa y la capacidad para reaccionar.

Esa mezcla de desesperanza e inacción es terrible. La ralentización del tiempo hace que nos fijemos más en los detalles y estos resultan más vívidos, dolorosos, angustiantes y/o aterradores. Por tanto, es como si nos sentáramos en primera fila a observar el drama, pero sin fuerzas ni ganas para subir al escenario y convertirnos en los protagonistas de nuestra vida.

3 trucos psicológicos para ajustar tu reloj interno

Para ajustar el reloj interno hay que aplicar cambios psicológicos. [Foto: Getty Images]
Para ajustar el reloj interno hay que aplicar cambios psicológicos. [Foto: Getty Images]

Comprender cómo funciona el tiempo subjetivo y los factores que influyen en nuestra percepción temporal nos ayudará a armonizar nuestras horas internas con las que marcan los relojes.

 

1. Ajusta las expectativas temporales

El sentido del tiempo no solo nos ayuda a entender el curso y la duración de los acontecimientos, sino que también nos permite crear expectativas sobre los eventos y estimar su duración. Si esperamos que el dolor y el sufrimiento desaparezcan pronto, podríamos estar albergando expectativas irreales que nos hagan sentir que el tiempo pasa lentamente. En su lugar, asume que algunas heridas necesitan tiempo para sanar. Eso te ayudará a no desesperarte por un ritmo de curación que parece demasiado lento.

2. Reactiva tus experiencias previas

Las experiencias previas también influyen en nuestra percepción del tiempo, esa es la razón por la cual las películas suelen parecernos más cortas cuando las vemos por segunda vez. Por tanto, volver la vista atrás hasta una situación similar a la que estamos atravesando nos ayudará a ganar perspectiva y objetividad para valorar el paso del tiempo. Recuerda aquella vez que te sentiste mal y pensaste que el dolor jamás pasaría. Ha pasado. La desesperanza actual es tan solo el fruto de tu mente atrapada en la adversidad.

3. Cambia el foco de atención al futuro

Cuando nos sentimos mal, nuestra atención se vuelca hacia dentro. Vivimos como nunca el aquí y ahora. Sin embargo, cambiar el foco de atención nos ayudará a aliviar sufrimiento. Solo tienes que activar otra línea temporal: mira al futuro y planifica lo que vas a hacer mañana, el mes próximo o incluso el año siguiente. Así no estarás tan pendiente del tiempo actual. Y si no le prestas tanta atención, las horas y los días transcurrirán más rápido.

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