Tiburones y camellos pueden esconder en su sangre el secreto para nuestra salud

Tiburones y dromedarios no tienen demasiado en común, más allá de que los dos son vertebrados. Aún así, entre un grupo y otro hay una gran cantidad de formas intermedias. Por eso resulta tan sorprendente que sea en estos dos animales donde se haya encontrado una molécula que puede tener aplicaciones importantísimas en biomedicina.

Se trata de mini-anticuerpos. Al menos, así los denominan sus descubridores, debido a su tamaño. Y es precisamente en su pequeño tamaño –comparado con los anticuerpos normales– donde está su relevancia.

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Imagen de un tiburón recogida en la costa oeste de Australia. Foto: Getty Image
Imagen de un tiburón recogida en la costa oeste de Australia. Foto: Getty Image

Relevancia en tratamientos contra el cáncer, por ejemplo, al ser capaces de reconocer sustancias de la membrana celular que no deberían estar. Pero también para detectar sustancias en análisis de laboratorio mediante técnicas de inmunofluorescencia. Las aplicaciones son muy diversas.

Para poder comprender qué tienen de interesante estos mini-anticuerpos, merece la pena pararse a entender cómo es un anticuerpo y qué hace. Empezando por el final: son las moléculas del sistema inmune que se encargan de detectar sustancias extrañas, señalizarlas y prepararlas para que el organismo se proteja de ellas.

Para cumplir su función, los anticuerpos tienen una configuración muy concreta. Tienen forma de ‘Y’, y están formadas por cuatro moléculas. Dos de gran tamaño que forman la ‘Y’ griega, y dos más pequeñas que se sitúan en la parte externa de la bifurcación.

Pues bien, los mini-anticuerpos carecen de las dos proteínas pequeñas. Y aunque lo que no tengan sean “las pequeñas”, el tamaño total es muy inferior. Lo que sirve para que puedan penetrar de manera mucho más profunda en los tejidos, o incluso en las células.

Vista la estructura, se podría pensar que los mini-anticuerpos no son más que anticuerpos defectuosos. Y algo así ocurre en ratones y en humanos. Pero no en tiburones, dromedarios, camellos y llamas. Estos animales los generan de manera habitual y son parte de su sistema inmune. El hecho de que hayan aparecido de manera independiente en dos grupos tan alejados da una idea de su importancia para estos animales.

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Pero la diferencia no se queda en la estructura, en las partes que componen uno y otro anticuerpo. También cambia qué sustancias reconocen y cómo lo hacen. Los anticuerpos normales están especialmente diseñados para reconocer estructuras, digamos, lisas. Como la cápsula de un virus o la superficie de ciertas bacterias. Pero muchos patógenos no son precisamente así. Los mini-anticuerpos son capaces de reconocer superficies rugosas, o incluso glucoproteínas, moléculas de la membrana celular que sirven para “avisar” a las de alrededor de dónde deben parar de crecer, y que en tumores suelen aparecer modificadas.

Aunque para muchos esta sea la primera vez que oímos hablar de los mini-anticuerpos, son ya “viejos conocidos” de los investigadores. Hasta el punto de que ya hay tratamientos que han pasado la fase de ensayo clínico y están próximos a su uso terapéutico. Incluso se han podido fabricar en laboratorio otros aún más pequeños, que pueden ser realmente útiles: los nano-cuerpos o nano-anticuerpos. Aunque estos sí que están dando sus primeros pasos.

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