The Conversation: el protagonismo del académico medio

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  <span class="attribution"><a class="link rapid-noclick-resp" href="https://www.shutterstock.com/es/image-photo/global-communication-network-concept-education-science-1570147855" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Shutterstock / metamorworks">Shutterstock / metamorworks</a></span>

La figura del científico chiflado, un poco despistado y mal aliñado es un arquetipo del pasado. Ahora los media tienden a mostrarlo como un emprendedor y, a veces, hasta como una galán. Sin duda han cambiado muchas cosas. Y quizás nada lo muestre mejor que el tránsito vertiginoso que va desde Cantinflas a Indiana Jones o desde los imaginarios del Dr. Frankestein a los que se exploran en Erin Brockovich.

El cine y la novela se han entretenido con las figuras de héroes civilizatorios o de malvados incontrolables. Y es que obviamente cuesta más llevar al cine el Ulises de Joyce que las genialidades de la física Curie, la primatóloga Fosey, el matemático Nash o el informático Turing.

La ciencia, sin embargo, es la actividad de decenas de miles de investigadores anónimos que trabajan cada día y nunca obtendrán el Nobel, el antídoto definitivo o el hallazgo más esperado. Bachelard les llamaba trabajadores de la prueba. Y Stengers los reclama como contrapunto a los parlanchines (beaux parleurs) que ganan presencia mediática sin el respaldo de un trabajo serio, callado, humilde y eficaz. Gentes que pasan su vida en la expectativa de pequeños avances, minúsculas confirmaciones o diminutos hallazgos. La mayoría regalarán su inteligencia a cambio de escasos reconocimientos. Y sí, en efecto, la inmensa mayoría somos académicos medios.

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Gráfico 1. Instituciones con más de 15 artículos en el corpus covid-19 de The Conversation España (nº de artículos y porcentaje).

La educación, a diferencia de la investigación, si es una fuente inagotable de satisfacción. Aunque los gestores de la ciencia se han empeñado en que la ciencia sea prioritariamente una cultura escrita, lo cierto es que es principalmente oral. Por supuesto que hay que publicar para garantizar su naturaleza contrastable, acumulativa y pública.

Lo que ocurre es que hace tiempo que perdimos el norte. De tanto insistir en la monitorización del impacto, se nos olvida considerar que un académico dedica la mayor parte de su tiempo a dar clase, asistir a seminarios, tutorizar estudiantes, corregir trabajos, dar charlas o asistir a reuniones de todo tipo.

Y, en fin, como tendemos a apreciar sólo lo que sabemos medir, no dedicamos tiempo e inteligencia a medir lo que apreciamos o deberíamos apreciar. Las consecuencias son múltiples, aunque la más obvia parece clara: invisibilizamos la mayor parte del trabajo que hace un académico.

Una oportunidad única para el académico medio

The Conversation ha dado una oportunidad única al académico medio. De pronto, cualquier profesor puede utilizar ese recurso para exponer su análisis y hacerse visible en el espacio público. No hace falta ser el elegido de nadie, ni el reconocido por todos para tener voz. Tampoco se necesita adquirir un compromiso estable o regular, circunstancia que obliga mucho y que no siempre queremos o podemos permitirnos. La opinión experta, en consecuencia, deja de ser un privilegio para unos pocos y se amplia a la totalidad de los profesores y científicos.

Ni siquiera ha tenido que renunciar a prácticas habituales en la comunidad científica como, por ejemplo, publicar artículos en los que han participado varios autores. Un 30% de los artículos que tratan sobre covid-19 se produjeron en coautoría. Algunos textos han sido escritos por todos los miembros de un programa de investigación, lo que implica la corresponsabilidad en el diseño de los contenidos más que la participación en la redacción de un texto de 1000 palabras. En fin, esto de que hagan divulgación los grupos y no las personas es también una novedad que merece ser destacada.

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Gráfico 2. Distribución de artículos por número de autores.

¿Cómo es el académico medio?

La noción de académico medio necesita alguna aclaración, pues aquí se va a coquetear con los tres significados posibles: intermediario, mediano y equidistante.

  • Intermediario porque es alguien capaz de trasladar conocimientos desde el ámbito de lo académico al de la calle. Opera como un traductor, un diplomático y un filibustero. Transita la divisoria entre lenguajes, culturas y territorios. No es fácil porque se trata de fronteras severamente vigiladas que se han construido para preservar los privilegios asociados a la pertenencia a una comunidad identitaria.

  • Mediano porque corresponde a los caracteres más generales del grupo, según la acepción de la RAE, y no siempre a los más destacados. Quienes conviven con los imaginarios de la excelencia y el alto rendimiento podrían considerar irresponsables estos flirteos con lo popular que, para quienes sueñan con la cima, parecerán oportunistas, vulgares, facilones, impúdicos, simplistas y confusos. Seguro que algunos lo verán como una amenaza que no combatirán abiertamente, pero que sabrán cuándo y dónde desdeñar sin paliativos.

  • Equidistante porque quiere estar cerca de la calle, próximo a la gente, cómplice de sus intereses, pero no tanto como para suscitar sospechas. Nunca le será fácil elegir el lenguaje, el tono y el ritmo. Siempre titubeará ante la duda de parecer convencional, ligero o escaso. No puede olvidar su condición académica, y todo el tiempo conversa interiormente con esos colegas más exigentes que, seguramente, no le perdonarán el menor desliz. No querrá parecer elitista ni tampoco populista. Y querrá dar pruebas de que comprende el estigma de impuro y el riesgo de parecer plebeyo.

El riesgo de aceptar el rol de académico medio

Aceptar el rol de académico medio no es fácil. Tiene mucho riesgo. Implica decisiones notables. Hay que mediar entre mundos y aceptar que la demanda de opinión sobre temas tecnocientíficos no es pasajera. De alguna manera cuestiona la extraña pujanza que todavía tiene el concepto de excelencia y su insaciable cultura de la auditoría. Pero también implica reclamar el papel invisible (o invisibilizado) de decenas de miles de académicos que cada día hacen su trabajo con generosidad y competencia.

Los imaginarios del académico medio son fáciles de conectar con otras propuestas que evocan la naturaleza colectiva del trabajo científico. Ninguna imagen es más poderosa que la del colegio invisible propuesta hace ya 50 años por D. Crane. Basándose en la noción de citación introducida por Derek John de Solla Price, descubrió que era posible argumentar que los académicos conformaban redes informales de afinidad. A esas redes las llamó colegios invisibles y estaban formadas por todos los que en cada cita reconocían una proximidad de intereses con el autor mencionado.

Ya en los orígenes de la ciencia moderna, a finales del siglo XVII, sus primeros promotores se calificaron a sí mismos como miembros de un colegio invisible, dado que tuvieron que desarrollar sus ideas fuera de las instituciones canónicas. Los nuevos y viejos colegios invisibles compartían esa constitución informal: los primeros, invisible por oculta y, los segundos, invisible por virtual. En ambos casos, la noción de colegio invisible reivindica la ciencia como una práctica colectiva hecha por comunidades antes que por individuos.

Nuestro académico medio, sin saberlo, quizás comparta con los fundadores de la Royal Society la pertenencia a una plataforma desde la que actuar con autonomía. El paralelismo con la versión más reciente de colegio invisible podría darse si encontramos un asunto que los vincule. Y esa visión existe porque, sin que se pusieran previamente de acuerdo, podemos reconocerlos implicados en una movilización que está ensayando otra manera de entender las relaciones entre ciencia y sociedad.

Un académico medio sabe que conectar con la urbe es imprescindible. Un académico medio es alguien que, al menos hipotéticamente, acepta la urgencia por ensanchar los públicos de la ciencia. No quiere conformarse con los modelos de comunicación que representaban los museos, las exposiciones, los suplementos literarios y los ciclos de conferencias.

Ha oído hablar de la ciencia ciudadana, los science shops, los living labs, los maker spaces, los laboratorios ciudadanos, las asambleas de diseño y las clínicas ciudadanas. Reconoce en estas iniciativas un cambio de paradigma comunicacional que renuncia a convertir a los ciudadanos en consumidores de información. Un académico medio acepta el desafío de desarrollar ese nuevo repertorio de herramientas y de inaugurar una nueva conversación con sus vecinos.

El académico medio encontró en The Conversation un nuevo hábitat. Pronto descubrirá que hacerse visible en el espacio público le obliga a escuchar, ya sea porque quiere sentir el aprecio de sus lectores, ya sea porque necesita la popularidad que seguramente le exigirán sus gestores. Un mercado se abre para su pluma: el de la reputación asociado a la marca institucional y el de la popularidad vinculado a la fama personal. El académico medio tiene que manejar ambos registros. Pensar en el espacio público implica nuevas vulnerabilidades, salir de la zona de confort y aprender a nadar con olas.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Elea Giménez Toledo es miembro del Consejo Científico Asesor de la Fundación Lilly.

Isabel Fernández Morales es miembro de la Asociación Española de Comunicación Científica.

Ana García García, Antonio Lafuente y José Ignacio Vidal Liy no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

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