Temer más a la pobreza que al coronavirus. Confinados pobres, liberados ricos.

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Coge el metro y le gustaría no respirar. Poder aguantar la respiración durante los treinta y cinco minutos que dura el trayecto en metro entre su casa y la casa de los señores. Procura estar cerca de las puertas, piensa que así, al menos, circulará más el aire. Van todos apretujados. Encogidos. Los pasajeros del metro y el virus.

María vive confinada. Es de un barrio pobre.

Sus señores viven en libertad. Son de un barrio rico.

Como cada mañana, María llega a casa de los señores a las siete de la mañana. Les prepara el desayuno, siempre con mascarilla y guantes. Lleva a los niños al colegio. Limpia, plancha, ordena, va a la compra, cocina. A las cinco menos cuarto sale a recoger a los niños, dos chicos de seis y nueve años. Los lleva al parque, les da la merienda, vuelven a casa, los baña. Espera hasta que llegan los padres. Hoy es a las ocho. Él ha pasado por el gimnasio después de trabajar. Ella ha tomado unas cervezas con los compañeros de la oficina.

Después, María vuelve a casa. Otra vez en un vagón de metro atestado donde el coronavirus tiene fácil saltar de víctima en víctima.

Pero, ¿qué puede hacer? Es el riesgo a contagiarse o la seguridad de morir de hambre.

María teme más a la pobreza que al coronavirus.

(Photo by  Eduardo Parra/Europa Press via Getty Images)
(Photo by Eduardo Parra/Europa Press via Getty Images)

Si María se contagia habrá sido en el metro, no en un botellón, ni en la discoteca, ni en una cena en casa con invitados. Ni en el bar.

Si María se contagia quizá sea en casa, porque su marido también se desplaza en un autobús atestado para ir a trabajar. Puede que ya tenga el coronavirus y no lo sepan. No hay PCR’s para todos. Y en esa casa de cincuenta metros cuadrados, interior y sin luz, en la que se hacinan seis personas -el matrimonio, los tres hijos y la abuela-, si uno se contagia lo pillarán todos. Está segura.

Cuando vuelve a su barrio no puede tomarse una cerveza en un bar. El toque de queda ha empezado a las diez. Tampoco podrá llevar a sus hijos al parque el sábado, está cerrado. Ni ir al centro de salud, los recortes de los últimos años lo han dejado sin apenas personal ni medios.

Comprar mascarillas para todos es imposible.

Son las mascarillas o comer. Otra vez hay que decidir entre el riesgo a contagiarse o el riesgo a tener hambre. O ser desahuciados. Así que reciclan las mascarillas. Sabe que tras cuatro horas no sirven de nada, pero al menos le evitarán la multa. O la vergüenza de no llevarlas.

Coronavirus pobre.

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