Tazacorte, el pueblo español que asiste a la erupción del volcán como a una nueva plaga

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Tazacorte, en la isla española de la Palma, es testigo privilegiado de la erupción del volcán Cumbre Vieja pero preferiría no serlo, sumido como está en una desmoralización absoluta porque justo sacaba la cabeza después de la pandemia del coronavirus.

"De bonito no tiene nada", dijo este viernes a la AFP sobre el volcán José Carlos Bautista Martín, un jubilado de 70 años que cumple con su rutina diaria de venir al puerto de este pueblo de 4.600 habitantes a contemplar la erupción.

"Sólo lo que deja es una lava negra, oscura, un fuego intenso que es interminable, que parece que no va terminar jamás, y esos rugidos como si fuera el mismo diablo", añade sobre el murmullo constante del volcán, similar al de un reactor de avión.

El puerto de Tazacorte es uno de los pocos puntos de la isla de La Palma, en el turístico archipiélago de Canarias, desde donde se puede ver tanto la boca del volcán como la caída de la colada de lava al mar, unos cientos de metros más abajo.

En el puerto, Jesús Guillermo Hernández Rodríguez, un pescador de 49 años, limpia con una manguera la arena negra volcánica que cubre su pequeña barca de pesca: no hay mucho más que hacer en este decimotercer día de erupción.

"Este es el trabajo del día, mantener los barcos", lamenta. Hay zonas donde se puede faenar, pero incluso si capturas, "no es comestible por la arena" volcánica que tragan los peces, dice resignado este hombre de barba blanca recortada y fina, y tez morena.

- ¿Qué futuro hay? -

Hernández factura con su barca unos 3.000 euros al mes, que se reparte con un socio, y cuenta los días por pérdidas. Y las que vendrán.

Era "una de las mejores zonas de pesca del oeste de la isla", explica sobre el lugar del mar donde desemboca el vómito del volcán, y que ahora se ha convertido en un delta de lava solidificada.

Tras un verano de tregua por la pandemia de coronavirus, que permitió a Tazacorte asomar la cabeza, llegó la erupción, la primera desde 1971 en la isla de La Palma.

En el pueblo todo el mundo ha perdido algo o conoce a alguien que ha perdido su casa por la lava, o el trabajo por la parálisis de la pesca, la agricultura o el turismo.

"Mi hijo me llega por la noche, y me dice 'mamá, cualquier día no vuelvo a trabajar, porque nos ha venido sólo una mesa'", narra Nieves Acosta, de 56 años, sobre su hijo camarero.

Los hermanos de Acosta perdieron su casa y la erupción culmina una serie de desgracias personales que apenas consigue narrar, ahogada por las lágrimas.

"Hablar de futuro... ¿qué futuro hay?", lanza. "Si no hay pesca, la agricultura está tocada, más que tocada, ¿qué va a ser de nuestros hijos?".

- "Noveleros" y lluvia negra -

A la isla se han acercado decenas de periodistas, científicos, y "noveleros", como describió a los curiosos una empleada del ferry Tenerife-La Palma.

Su excitación contrasta con los rostros graves de los lugareños. "Aquí la gente era alegre, y ahora van cabizbajos", explicó Cristina Sánchez, una vecina de los Llanos, desde cuya azotea se vislumbra perfectamente el volcán.

La moral de la gente "está muy mal, está por los suelos", resume Bautista.

La ceniza de la "lluvia de cenizas" es uno de los elementos que pone los nervios de punta. No es liviana, como la de un cigarrillo, sino arena negra caída del cielo, que no moja pero ennegrece y cubre el suelo, los coches, y las cabezas, salvo para quienes van protegidos con paraguas.

"La arena me enloquece", dice Nieves, una trabajadora de una residencia de ancianos que toma un café en un bar de Tazacorte con su amigo Jesús, que acaba de perder su empleo en un almacén de plátanos.

Las plataneras dominan el paisaje del pueblo y son el principal sustento de la isla de La Palma.

Los plátanos se dañan por el roce de la arena volcánica, sobre todo en la recogida y el transporte, y además se prohibieron las faenas agrícolas en las inmediaciones de la colada.

Nieves, que no quiere dar su apellido, no confía mucho en que el futuro se asemeje al pasado -"esto ha arrasado"-, pero pide algo al mundo exterior: "que vengan a visitarnos, que cuando esto pase, vengan a visitarnos mucho".

al/mg/jvb

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