Taiwán, el "fuego" con el que China advierte a EEUU que no debe jugar

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La guerra de Ucrania ha cambiado el foco de las urgencias defensivas a ojos de Europa, pero algo menos a los de Estados Unidos. Como quedó patente en la Cumbre de la OTAN celebrada en Madrid en junio, Washington presiona para que sus aliados atlánticos no pierdan de vista que el mayor riesgo geopolítico y económico del planeta pasará en las próximas décadas, a su entender, por la región del Indo-Pacífico, en general, y por el Mar de la China Meridional, en particular. O sea, que si hay que estar vigilantes con Rusia, con China, también.

Estamos en el momento de mayor deterioro de relaciones en la zona en 40 años, con un enfrentamiento en el que la guerra comercial es ya costumbre y los movimientos defensivos, más sibilinos pero alarmantes. Lo del ruido de sables en versión siglo XXI, con acuerdos de seguridad, carrera armamentística, reclamaciones nacionalistas y mucho aviso a navegantes.

La piedra de toque de estos días se llama Taiwán. La visita al enclave de la norteamericana Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes y tercera autoridad de su país, ha levantado todo un fuego cruzado de declaraciones y amenazas. La política, de gira por Asia, ha estado dos días en Singapur y ahora hoy recalado en Malasia, país al que seguirán Corea del Sur y Japón, pero por “razones de seguridad” no se concreta si irá a Taipei. Medios taiwaneses adelantaron que se esperaba que la estadounidense aterrizara en su isla, en el aeropuerto de Songshan, la noche del martes, sobre las 22.20 hora local (seis horas menos en la España peninsular). Finalmente el avión que la trasladaba, el SPAR19, tomó tierra unos minutos más tarde.

En la Casa Blanca no toman cartas en el asunto pero respaldan a Pelosi en lo que haga. “Tiene derecho”, dicen. Pekín ayer era más suave: “esperemos y veremos”, aunque avisaba de que “responderá con firmeza” si da el paso, que EEUU “asumirá las consecuencias”. Hoy directamente se ha sabido que un buque destructor de su Ejército se estacionó de madrugada a unos 80 kilómetros de las costas de la isla Lanyu, al sureste de Taiwán. Los peones se mueven por el tablero.

¿Una sola China?

La visita de Pelosi estaba en realidad prevista para abril, pero un positivo en coronavirus retrasó su gira asiática. Ahora coincide con el despliegue de efectivos navales de EEUU, Japón y Corea del Sur, que desde el lunes también participan en aguas de Hawái en las maniobras Dragón Pacífico que pondrán a prueba la capacidad de su defensa contra misiles balísticos. Un entrenamiento y un mensaje que van más por Corea del Norte pero que también llevan recado para China. Y coincide con el mayor simulacro de ataque chino en Taiwán: por primera vez en 45 años, los ejercicios rutinarios incluyen que la población civil busque refugio ante un posible bombardeo. El Gobierno quiere que los entrenamientos sean lo más reales posibles para concienciar a la ciudadanía, porque la amenaza es real, añade.

En mitad de este ambiente caldeado, el portavoz de Exteriores de China, Zhao Lijian, ha manifestado este lunes que sería “muy delicada” una visita como la de la demócrata, aunque no ha concretado qué posible respuesta puede lanzar su régimen si la hay al fin. “Socavaría las relaciones entre EEUU y China”, insiste. Hace unos días, el presidente Xi Jinping habló por teléfono con su homólogo norteamericano, Joe Biden, y le pidió que “no juegue con fuego”. Para él, fuego es Taiwán, entre otras cosas.

Xi ha reiterado insistentemente su deseo de presidir lo que ha llamado la inevitable “unificación” de Taiwán con China. Entiende que es una provincia rebelde que volverá al redil. Aquellos que quieren que la isla regrese al control de la China continental, dijo, “están del lado correcto de la historia”. El presidente quiere lo que llama la reunificación “pacífica” con Taiwán, porque todavía considera la isla como parte de su propio territorio soberano, aunque ha mantenido una especie de independencia de facto desde 1949, cuando los nacionalistas del partido Kuomintang, derrotados en China, huyeron hasta allí desde el continente, controlado por los comunistas.

Lo que llamamos Taiwán es, pues, el territorio chino bajo mando de la llamada República de China, que reclama la legitimidad como el Gobierno de toda China aunque perdió la guerra civil, de 1927 a 1949. Y esa República de China sólo es reconocida por 15 países actualmente. Son:

  • 4 en América Central: Nicaragua, Honduras, Guatemala, Belize.

  • 4 en el Caribe: Haití, Federación de San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas.

  • 1 en América del Sur: Paraguay.

  • 4 en Oceanía: Palau, Islas Marshall, Nauru, Tuvalu.

  • 1 en África: Suazilandia.

  • 1 en Europa: Ciudad del Vaticano.

Batallas a gran escala no han protagonizado las dos partes desde 1958, cuando las fuerzas chinas llevaron a cabo más de un mes de bombardeos de las islas Kinmen y Matsu, controladas por Taiwán, incluidas batallas navales y aéreas.

Así, reconocida formalmente por apenas un puñado de naciones y con tensión diaria con Pekín, Taiwán no tiene acceso a ser miembro de pleno derecho en la mayoría de las principales organizaciones internacionales. Sin embargo, ha consolidado su democracia en las últimas décadas y se ha mostrado sobre todo como un importante socio comercial, a ojos especialmente de EEUU. Ahí están los “Made in Taiwan” de los productos que copan los mercados.

La postura de EEUU

La Casa Blanca, formalmente, sostiene que acata el actual estado de las cosas, es decir, reconoce técnicamente a Pekín por encima de Taipei y no mantiene relaciones oficiales con Taiwán. Sin embargo, al estrechar sus lazos con la isla indigna a Pekín. Hasta ahora, en un periodo continuista desde Donald Trump a Joe Biden, le ha brindado respaldo político y militar, sostenido. El pasado mayo, el actual presidente dijo expresamente que si China intenta invadir Taiwán, EEUU intervendrá militarmente. “Estados Unidos se ha comprometido a apoyar la postura de una sola China, pero eso no significa que China tenga la jurisdicción de usar la fuerza para tomar Taiwán”, dijo a la prensa en un viaje a Japón.

Un número cada vez mayor de legisladores en Washington quiere que Estados Unidos abandone décadas de “ambigüedad estratégica” en cuanto a Taiwán y asuma un compromiso de defensa más sólido con el territorio, por eso las palabras de Biden gustaron al ala más dura. Su cambio de postura causó un enorme revuelo, pero al día siguiente salieron los funcionarios de la casa Blanca a decir que no abandonaba nada. Los asistentes de Seguridad Nacional del presidente se removieron en sus asientos al escucharle, citó Reuters, “y parecían estar estudiando a Biden de cerca mientras respondía a la pregunta sobre Taiwán”. “Varios miraron hacia abajo cuando hizo lo que parecía ser un compromiso inequívoco con la defensa de Taiwán”, añadió este medio. No hubo aclaraciones contundentes desde la Administración Biden en días posteriores.

El demócrata ha tratado de aliviar las crecientes tensiones con Pekín, como se vio con una llamada hecha a Xi en la que ambos mandatarios se comprometieron a “evitar un conflicto” y que el mundo “sufra”, y más tarde con su discurso ante la Asamblea de la ONU del año pasado, cuando afirmó que no quería ver una nueva “Guerra Fría” con China. Pero la invasión de Ucrania y la actitud de Pekín de no condena expresa a Moscú ha complicado también las cosas.

En escalada

Sobre Taiwán siempre llueve sobre mojado. El año pasado fue ya crudo y los reproches se acumulan. En octubre, China envió cerca de 150 aviones de combate a la zona de identificación de defensa aérea de Taiwán, un gesto sin precedentes. Estas maniobras provocaron declaraciones de advertencia del ministro de Defensa de Taiwán, Chiu Kuo-cheng, de que un posible “error de fuego” podría provocar un conflicto desastroso. Chiu calculó que puede haber una guerra declarada en pocos años, en 2025, que es cuando calcula que Pekín puede tener listos sus preparativos para una invasión a gran escala.

China defendió que sus aviones no habían pasado sobre la isla sino que se quedaron en la llamada Zona de Identificación de Defensa Aérea (ADIZ) en el Mar Oriental de China; se trata de un espacio en el que la identificación, ubicación y control de aeronaves se realiza en interés de la “seguridad nacional”, pero que no está regulada ni definida por ningún organismo, desde que EEUU creó la primera de las ADIZ tras la Guerra de Corea, en 1950. No corresponden estas áreas al espacio aéreo soberano ordinario y la de Taiwán toma parte de la China continental. Aún así, Taipei habló de agresión en su zona suroreste.

El ambiente estaba caldeado ya de antes y con Estados Unidos, justamente. Siempre había sido cauteloso en su venta de armas a Taiwán para no incomodar a China, pero en los últimos tiempos ha disparado sus venta de armamento. Empezó Trump, en 2017, aprobando intercambios militares y nuevos contratos, y ha seguido su estela Biden. Ahí no ha habido volantazo. Es un interés nacional, no partidista.

En 2020, y eso que estaba la pandemia, EEUU vendió 5.000 millones de dólares en armas a Taiwán, incluyendo aviones de combate F-16 y misiles Patriots. Este inusual apoyo irrita a China, porque entiende que Washington presiona directamente en su suelo. Por eso incluso incidentes poco claros acaban levantando suspicacias. Puede ser el viajeonoviaje de Pelosi -aunque Taiwán ha recibido ya varias visitas de delegaciones de congresistas estadounidenses en los últimos meses, sin más consecuencias- o puede ser que un submarino nuclear de EEUU golpee un objeto no identificado mientras navega por aguas del Indo-Pacífico y nadie aclare qué hacía ahí ese submarino.

Pekín denuncia agresiones directas cuando conoce que se han producido aterrizajes de aviones militares en la isla y por sus aguas han navegado buques de guerra norteamericanos. Hasta 17 barcos de seis armadas aliadas han hecho maniobras ante la cercana isla japonesa de Okinawa el año pasado. Para completar el dibujo, en el otoño de 2021 EEUU anunció el acuerdo conocido como Aukus con Reino Unido y Australia para mejorar su cooperación militar en el Indo-Pacífico y el Wall Street Journal desveló que el Pentágono tiene destinado un contingente militar en Taiwán desde hace al menos dos años, en su mayoría formado por instructores, pero militares al fin y al cabo. El objetivo de tanto movimiento es “preservar la libertad de navegación en la zona”, justificó, cuando por fin la presidenta taiwanesa, Tsai Ing-wen, admitió que su amigo americano cuenta con presencia militar en la isla, algo que Pekín calificó de “provocación”.

La sombra de la guerra

China y Taiwán han estado a punto de ir a la guerra en varias ocasiones, la más reciente, por una crisis previa a las elecciones presidenciales de 1996. Pekín, molesto por lo que percibió como un mayor respaldo de EEUU a Taipei, decidió realizar una exhibición de fuerza con ejercicios militares que incluyeron el lanzamiento de misiles hacia el mar, a unos 30 kilómetros de la costa de Taiwán. Washington respondió enviando a dos grupos de portaviones. En aquel momento, China no tenía portaviones y contaba con recursos limitados para amenazar a las embarcaciones estadounidenses, por lo que dio marcha atrás y se enfrió la fiebre.

Poco después, Pekín llevó a cabo pruebas de misiles en aguas cercanas a la isla con la esperanza de evitar que los taiwaneses votaran por Lee Teng-hui, de quien China sospechaba que albergaba deseos independentistas. Lee ganó finalmente la elección, no le dio resultados.

No le habían salido bien las cosas a Pekín, así que ha aprovechado estos últimos años para imprimir un nuevo impulso a sus fuerzas armadas, que ahora tienen unos misiles significativamente mejores y dispone de portaaviones, hechos en casa y dotados de todo lo necesario para plantar cara incuso al ejército más poderoso del mundo. Ahora mismo, entiende la Inteligencia de EEUU según reportes publicados por el New York Times o la CNN, China no está lista para presentar batalla a lo grande, pero sí en unos años.

La idea común había sido que una invasión de Taiwán sería demasiado costosa para China. Significaría, según esa lógica, una cifra espeluznante de muertes en el campo de batalla, interrumpiría una economía china entrelazada con las cadenas de suministro globales y ensuciaría -más- la imagen internacional de Pekín. Pero la dinámica está cambiando. De ahí el deseo de EEUU de retrasar a China lo suficiente como para que Occidente y sus aliados aparezcan con fuerza en la zona y aminoren su poder, ya que tiene importantes fuerzas militares y la ventaja de luchar en su propio territorio. Tiempo y apoyos ha ganado Washington en la OTAN, ya que ha asumido el nuevo Concepto Estratégico de Madrid, que considera que China “desafía” los “intereses, seguridad y valores” de la Alianza Atlántica. A un paso de ser enemigo, como Rusia.

Xi quiere que en su legado político esté el regreso de Taiwán al redil chino, lo que casa con el nacionalismo al alza en el país. Otro factor que añade incertidumbre ante la respuesta que se puede dar al viaje de Pelosi. Mientras oficialmente se espera, en los medios del partido único se amenaza. De ir, la norteamericana “desafiaría la línea roja de China, y cualquier desafío a nuestra línea roja sin duda se enfrentará a contramedidas firmes”. Es lo que ha publicado estos días el Global Times, un medio al dictado editado en inglés. “Si los aviones de combate estadounidenses escoltan el avión de Pelosi hacia Taiwán, es una invasión. El EPL (Ejército Popular de Liberación de China) tiene derecho a expulsar por la fuerza el avión de Pelosi y los aviones de combate estadounidenses, incluidos los disparos de advertencia y los movimientos tácticos de obstrucción. Si no son efectivos, entonces se les dispara”, añade.

Taiwán es una china en zapato, que se mueve y unas veces hace más daño que otras. Ahora aprieta.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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