El sinsentido de la última película de Amanda Seyfried en Netflix

Valeria Martínez
·5 min de lectura

Hace tiempo que el cine de terror se ha convertido en una de las armas infalibles de Netflix. Ya sea por sumarse al fenómeno de las adaptaciones de Stephen King o sus exitosas series del género, lo cierto es que cada vez que la plataforma estrena una película de horror somos muchos los que corremos a verla. Y prueba de ello es que al momento de escribir este artículo, a tan solo un día de su estreno, la apuesta más reciente ocupa la tercera posición en el ranking general de lo más visto de Netflix (es la primera en la lista de películas) y es el título cinematográfico del servicio streaming más buscado en Google.

Sin embargo, La apariencia de las cosas es otro ejemplo de una película de género donde el terror brilla por su ausencia. Estamos ante una producción con una trama que comienza con aires prometedores pero termina desaprovechando el talento de Amanda Seyfried (recientemente nominada al Óscar por Mank), pasando de un primer acto interesante para perder el rumbo con un final apresurado.

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La apariencia de las cosas es una película basada en la novela homónima de Elizabeth Brundage, un complejo retrato sobre la psicopatía en el matrimonio, además de un análisis de la profundidad que tienen los traumas familiares en diferentes generaciones. Es más, la autora se inspiró en un femicidio real que ocurrió en Nueva York en 1982. Es decir, la película tenía todas las papeletas para trasladar con inteligencia temas tan relevantes como la violencia doméstica y la salud mental a una historia de ficción con tintes de terror pero, en cambio, se conforma con ser una apuesta apresurada sin una intención clara.

Dirigida por una pareja aclamada como Shari Springer Berman y Robert Pulcini, responsables de American Splendor, La apariencia de las cosas cuenta con Amanda Seyfried en el papel de Catherine, una esposa y madre de los años 80 que ha sacrificado su carrera y deseos de una vida en la gran ciudad para apoyar los avances profesionales de su marido George (interpretado por James Norton). La historia comienza con la familia despidiéndose de sus familiares y amigos en Manhattan, mientras los vemos mudarse a una zona rural para que el esposo pueda aceptar un puesto como profesor de historia del arte.

Pero las cosas no terminan siendo como ella esperaba, comenzando a vivir fenómenos extraños mientras sospecha de su marido y se siente sola y aislada. A lo largo de su metraje, La apariencia de las cosas toca temas como el espiritismo, casas embrujadas, violencia doméstica, bulimia e infidelidad para no terminar de atar los cabos. Y en ese desorden radica su fallo. Los pobres efectos especiales tampoco ayudan a la causa, desligando nuestra atención aún más y perdiéndonos a cada minuto. Una lástima porque la película consigue despertar nuestra curiosidad a lo largo de su primer acto, con secretos por descubrir y sustos prometedores por las esquinas oscuras.

Pero aunque Amanda Seyfried intenta mantenerla a flote, entregando toda esa empatía y carisma natural que suele plasmar ante la cámara, ni siquiera ella consigue salvarla. Además, la trama cuenta con un buen puñado de arcos dramáticos con personajes para cada uno de ellos, sin llegar a aprovecharlos. Por ejemplo, es el caso de la alumna de Stranger Things, Natalia Dyer, cuyo personaje podría haber servido de puente para el final pero se hace humo por arte de magia.

La apariencia de las cosas ni es una película de casas embrujadas, ni un drama ni una cinta de terror, sino un caos de ideas mezcladas encausadas en un ritmo desordenado que dan como desenlace un final decepcionante.

No voy a desvelar spoilers del final de la película, solo diré que su desenlace no logra hacer justicia a la brutalidad que representa, ni aporta algún tipo de venganza o mensaje contra la violencia machista, sino que recurre al tema supernatural para reflejar la posesión del espíritu a través de un mal que corroe de generación en generación. Sin embargo, lo triste del asunto es que el libro en que está basada sí lo hace partiendo de la base de que está inspirado en un asesinato real. En sus páginas hay un propósito que la película ha esquivado por completo o no ha sabido plasmarlo correctamente.

El femicidio real ocurrió en Brighton, Nueva York, en 1982 cuando Cathleen Krauseneck fue encontrada con un hacha en la cabeza en su cama, después de que su hija de tres años pasara varias horas con el cadáver hasta que el marido supuestamente regresó del trabajo. El hombre fue imputado décadas después, en 2019, y actualmente está a la espera de juicio a los 67 años. Según las autoridades, la culpabilidad recae en la noción de que no se encontró ADN de nadie más dentro de la vivienda (Oxygen).

Esto de estrenar películas con finales decepcionantes parece que se está convirtiendo en una costumbre reciente para Netflix. Después de dejarnos atónitos y sin dar crédito con el desenlace del drama espacial Polizón (Stowaway) con Anna Kendrick, una semana después nos pasa lo mismo con La apariencia de las cosas.

Solo recomendaría ver La apariencia de las cosas para aquellos que quieran ser testigos de otro ejemplo más del talento de Amanda Seyfried, su facilidad para transmitir emociones y contagiarnos de ellas. Pero los que busquen una buena película de terror y sustos, será mejor que busquen en otros títulos. Al menos tenemos buenas series recientes en Netflix a las que hincarle el diente como Sombra y huesoy El inocente con Mario Casas.

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