Sin hipotecas ni alquiler: así es la vida real en una furgoneta de Iñigo el 'nómada'

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Iñigo Mendia, en su furgoneta
Iñigo Mendia, en su furgoneta. Foto: cortesía de Iñigo Mendia.

“Iñigo, quedamos cuando quieras para la entrevista”. Mi WhatsApp sale automatizado, casi sin pensarlo, y se dirige a Iñigo Mendia, un nómada de nuestro tiempo que vive en una furgoneta y gracias a un libro publicado en Amazon, que explica precisamente eso: cómo viajar y vivir en una furgoneta.

“Imposible, estoy camino hacia el sur y hasta diciembre no volveré”. Cómo no lo había pensado: un nómada no “está” en un sitio y la entrevista tendría que ser obligatoriamente remota. Es el choque entre dos mundos: en uno, (el mío), se recibe el fin de mes con angustia; hipoteca, luz, gas, seguros… En el otro (el suyo), solo se tiene un gasto fijo al mes y casi ni eso: la conexión a internet. Los que estamos a este lado del muro afrontamos la jornada laboral con estrés y preocupaciones, pero nuestro protagonista lo hace con el sonido de las olas de fondo y el olor a té recién hecho. Y lo del mecer de las olas es literal: los audios de respuesta a mis preguntas llegaban acompañados de esa suave caricia del mar al llegar a la playa.

La vida “viajando simple”

Pero comenzaremos por el principio. ¿Quién es realmente Iñigo Mendia? La versión resumida de la historia termina rápido: es un donostiarra que dejó su sueldo y la seguridad de su hogar para viajar (y vivir) por el mundo en una furgoneta. Seguro que habrás visto este idílico guión por todas partes en redes sociales: son muchos los que muestran siempre la cara amable de la 'van life' en Instagram, pero uno tiene siempre la sospecha de que es todo atrezzo y al acabar el día se acuestan en una casa como la tuya y la mía. Y no están libres de las cadenas de las facturas a fin de mes. 

Sin embargo, Iñigo es un 'pata negra', un nómada de verdad; vamos, que su casa es la furgoneta y, como mucho, visita “un par de veces al año” a su padre. Y fue su padre precisamente quien le advirtió que era una locura dejar la estabilidad del trabajo y el hogar para convertirse en un nómada. “¡Ya no tienes 18 años!”, explica Iñigo que le respondió cuando le comentó sus planes. “Ahora me ve feliz y que las cosas me van bien, así que está contento”. Fue así cuando nuestro protagonista decidió dar la vuelta al tablero y empezar de cero en su vida: su casa sería su furgoneta Volkswagen (que él mismo fue camperizando a su gusto) y viviría de una conexión a internet y su portátil.

La economía del nómada

Parece que los astros se alinearon con este vasco porque fue y es, gracias a su libro "Cómo vivir y viajar en furgoneta", que ahora puede recorrer el mundo y hacer lo que realmente le gusta. “Yo no sabía escribir, tenía un blog”, se justifica. “Tenía claro que tenía conocimientos muy válidos que compartir con la gente que quería vivir en furgoneta”. Y fue de esta manera que, el hombre libre por antonomasia, se fijó una disciplina de escritura: “Me obligué a escribir durante dos horas cada día, y en once meses ya había terminado el libro”. La economía de lo simple le ahorró el arduo trabajo de tener que llamar a las puertas de las editoriales: publicó directamente en Amazon, una experiencia que él mismo describe como “una gozada”.

No es necesario imprimir libros, sino que el gigante lo hace por él y los envía remitiendo a fin de mes la “nómina”, un término que suena raro en esta economía nómada. Los ingresos se complementan con patrocinadores de su popular podcast y para de contar. 

“Hay que tener en cuenta que tampoco necesito mucho para vivir”, nos recuerda, y es que sus gastos se limitan al combustible de la furgoneta y la tarifa de internet. 

¿Jubilación? De este artículo, un servidor se lleva varias frases bien apuntadas que no olvidará: “El mañana no está garantizado”, responde Iñigo. “Te pasas 65 años de tu vida trabajando por un futuro que tal vez no exista”.

El interior de su furgoneta
El interior de la furgoneta de Iñigo. Foto: cortesía de Iñigo Mendia.

Pero al tiempo subraya que él es “un autónomo más” y que cotiza como el resto, solo que en su caso, ni paga casa ni oficina. Trabaja sobre ruedas y no mucho, al menos desde la perspectiva del trabajador convencional: “Unas veinte horas a la semana”. 

Es en este punto en el que todo empieza a tener sentido: trabajar unas cuatro horas al día, en algo que te apasiona (nos lo recuerda todo el rato), sin gastos fijos y viajando por el mundo suena como un plan genial. No obstante, recuerda que en los inicios se vio obligado a vivir de sus ahorros para cubrir "una media de 570 euros al mes" que necesita. 

Pero tan pronto como su economía digital (recordemos, venta del libro, podcast y algo de merchandising) comenzó a rodar, no solo cubrió esa cifra sino que consigue ahorrar. No obstante, ese ahorro lo reinvierte en su propio proyecto: ha contratado a dos personas para ir desarrollando su negocio.

Lo que no se ve de la 'van life'

Llegados a este punto, uno tiene la sensación de estar dejándose caer de nuevo en los tópicos y la vida idílica del nómada. ¿Iñigo no ha habido realmente experiencias malas? Nuestro protagonista responde calmado y se refiere a “malos ratos”, aunque por el tono de su voz, se nos antojan aislados y no traumáticos. “El peor fue cuando me robaron en la furgoneta”, y la ironía del asunto es que el robo tuvo lugar cuando esta estaba aparcada en casa de su padre y él no dormía en ella. El resto son experiencias negativas inherentes a su aventura: “Me ha subido la marea un par de veces”, se refiere a cuando aparcó su furgoneta frente a una playa idílica y se encontró rodeado de agua. Una situación de micro infarto para quienes nos acostamos en nuestra cama todas las noches, pero pecata minuta para un nómada.

¿Y los amigos? ¿No has perdido amigos? En este punto volvemos a sacar el bloc de notas porque este nómada nos deja una respuesta lapidaria: “Con los amigos de verdad, la relación realmente no cambia”. Se refiere a que cuando decidió viajar por el mundo, perdió contacto con aquellas relaciones que realmente no tenían valor, pero los amigos de verdad “que son pocos”, siempre están ahí. Pero hay más, porque esta vida nómada está llena de espíritus como el suyo, que van directos a los sentimientos y que se han desprendido de todo y con los que “no se enfría la relación por la distancia”.

"Traviajando" en la furgoneta. Foto: cortesía de Iñigo Mendia.
"Traviajando" en la furgoneta. Foto: cortesía de Iñigo Mendia.

¿Hay una rutina de trabajo? “Realmente, no”, responde, pero luego explica cómo es su jornada habitual: “Me despierto pronto porque me acuesto pronto”. Luego se prepara un té, hace yoga y comienza a trabajar. “Por las tardes, cuando la energía se me acaba, me dedico a cocinar o ir al supermercado y esas cosas”. Pero no hay obligaciones y como hemos apuntado. Dedica de media unas 20 horas de trabajo a la semana del que se siente “muy afortunado, porque hago lo que me encanta”.

“Lo más bonito de esta vida es estar solo en sitios paradisíacos”, explica. “Ahora mismo estoy en una playa en la que no hay nadie”, aclara de forma pausada. “Me levanto por las mañanas y me doy un baño”. 

Su voz transmite calma, sensación de paz, y es que además evitar la oficina y el peso de la hipoteca, este nómada se ha librado del mayor prisionero: el tiempo. Suenan las olas de fondo. 

“Muchas gracias, Iñigo”.

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