A las mujeres nos acojonáis algunos hombres, y allá tú si te das por aludido.

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Sí, tú. Tú que me llamas loca porque tengo miedo. Que me llamas histérica porque no me atrevo a volver sola a casa por las noches. Que dices que criminalizo a los hombres cuando cuento que a veces me pongo las llaves entre los dedos como arma defensiva, por si acaso. Que te ríes burlándote cuando me ves apretar el paso porque escucho a alguien que viene por detrás, y no hay nadie más en la calle y está oscuro y me sube la ansiedad por la garganta. 

Sí, tú. Tú que me llamas feminazi, y antihombres, y loca del coño. 

Tú que eres tan valiente. Sí, tú. 

Tú que consideras una agresión sexual igual de grave que el robo de un reloj.

Te voy a decir una cosa, no vas a saber en tu vida lo que es una violación. Ni el miedo a ser violado, el terror a ser víctima de una agresión brutal que te marca para siempre y que te destroza como persona. No hay nada que pueda comprarse a ser víctima de un delito sexual. 

Las mujeres no somos unas acojonadas, nos acojonáis algunos hombres, y allá tú si te das por aludido. Nos acojonan los que quieren hacernos daño, los que, por ejemplo, dejaron por muerta, tirada en el asfalto de un polígono industrial de Igualada a una niña de 16 años que tuvo la osadía de celebrar la fiesta de Halloween en una discoteca con un grupo de amigas, y que salvará la vida pero vivirá para siempre en un infierno. 

Porque esa niña, seguro, también tuvo miedo, como todas nosotras. Miedo a la noche, a la oscuridad, a ir sola, a las calles estrechas, pero decidió, como tantas veces hacemos el resto de mujeres, que había que vencer al miedo porque si no se quedaría para siempre en casa, acurrucada en el sofá, sin vivir, sin disfrutar, sin salir con las amigas y amigos. 

Esa niña tuvo miedo, pero quizá pensó que era una exagerada, como nos habéis dicho tantas veces algunos hombres. Quizá, antes de irse de la discoteca, pensó en pedir a alguien de confianza que la acompañara a la estación, pero le dio vergüenza. Quizá pensó en no fiarse del chico con el que, al parecer, salió de allí. Venga, va, no es para tanto, nadie quiere hacerme daño, ¿cómo no me voy a fiar de este chico, cómo no voy a atreverme a esperar sola en el andén de la estación? Va querida, se habrá dicho a sí misma, no seas exagerada. 

Y, ahora, se recupera de las gravísimas heridas en una cama de hospital. 

¿Dónde estáis ahora, hombres, esos hombres que nos llamáis exageradas? ¿Dónde estáis que no salís avergonzados, enfadados, abochornados? ¿Dónde estáis que no os escuchamos? 

Ni se os ocurra volver a decir que somos unas exageradas. O que cuidado por dónde vamos y a qué horas. Empezad a preguntaros qué estáis haciendo mal.  

 

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