El legado de Seve Ballesteros no estaba en Pedreña sino en nuestra memoria

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SOUTHPORT, ENGLAND - JULY 1976:   Seve Ballesteros of Spain hits a bunker shot during The 105th Open Championship held at Royal Birkdale Golf Club from July 7-10,1976 in Southport, England. (Photo by R&A via Getty Images)
Photo by R&A via Getty Images

El Hoyo 8 del Real Club de Pedreña queda protegido por los árboles una vez pasado el curso del río Cubas. Es, como todo el campo, una auténtica belleza natural. Forma parte, además, de la extensión que planificó Severiano Ballesteros en 1991, como una especie de homenaje al campo que le vio crecer como golfista, aquel en el que pasó tanto tiempo recogiendo bolas y ejerciendo de "caddie". El golf, casi siempre considerado un deporte de élite, de clases nobles, vio en el cántabro el ejemplo del hombre hecho a sí mismo, el que empezó desde abajo y tuvo la educación de horas y horas de partidos ajenos antes de poder disfrutar plenamente de los propios. El incendio de ese hoyo 8, originado en los pinos que lo rodean, nos trae de nuevo a la memoria a uno de los genios deportivos del siglo XX en España, un hombre único y diferente, que cambió su deporte y sobre todo la manera de entenderlo en uno y otro lado del Atlántico.

De entrada, lo que fascinaba de Ballesteros era el nombre. Hay nombres elegidos para la gloria y Severiano Ballesteros era uno de ellos. Quizá por eso, de niño, me molestaba tanto que los paneles de la clasificación de la televisión estadounidense lo redujeran a "Seve", como se le llamaba cariñosamente en todo el mundo. "Seve" Ballesteros, por lo que fuera, no imponía la misma autoridad, aunque siguiera siendo una promesa de excitación, de magia, de competitividad. Uno recuerda a Seve y se recuerda a sí mismo en la noche del domingo, muy de noche, apurando horas al sueño para poder ver el final del Masters de Augusta de turno en Estadio 2, aquellas chaquetas verdes que parecían imposibles para cualquier español, aquellos playoffs perdidos contra el Larry Mize de turno. El niño ochentero que esperaba horas y horas a que conectaran con Georgia vivía perdido en el resultado del día anterior. No había internet, no había actualizaciones. Si Seve había acabado el día anterior a cuatro golpes del líder, así aguantaría en nuestras cabezas durante al menos 23 horas.

Ballesteros fue uno de esos embajadores inesperados que tuvo el país en el momento en el que más lo necesitaba, en su momento estelar de relaciones públicas: la transición. Era guapo, simpático y mezclaba talento con valor. Con carácter, por supuesto, y con esa tez morena tan ibérica. El hecho de que empezara a triunfar por el mundo casi nada más abandonar la adolescencia, con esa medio melena al viento, le hacía tener un punto de picardía Beatle, de arrogancia juvenil mezclada con una inmensa inocencia cuando hacía falta. Ballesteros, que irrumpió en primera línea ligeramente antes que los Bernhard Langer o los Nick Faldo, por mencionar a otras dos superestrellas del golf europeo de los ochenta, tuvo también algo de pionero, de cruzar el charco y triunfar allí donde se entendía que el golf solo podía ser estadounidense.

Esta concepción actual del golf como un deporte universal, que va ya para cuarenta años, le debe mucho a Seve, desde luego. Pongamos la Ryder Cup, por ejemplo, que cambió sus normas para poder incluir al cántabro y, así, el equipo británico pasó a llamarse "europeo". Más allá de los tres British y los dos Masters que ganó de 1979 a 1988, a Ballesteros se le recordará siempre como el hombre que le ganó cuatro Ryders a los americanos como jugador... y una quinta como capitán, en Valderrama, ya en 1997, cuando su carrera empezaba a tornarse errática. Ballesteros como animal competitivo de primera, formando pareja con un jovencísimo Olazábal los viernes y los sábados y dispuesto a morder la pieza que hiciera falta el domingo. Así, en 1987, la primera Ryder ganada en Estados Unidos, un sorprendente 15 a 13 con el que el equipo europeo -Ballesteros, Langer, Olazabal y Pepín Rivero como únicos no anglosajones- defendía la copa ganada dos años antes en el mítico The Belfry.

Con todo, este hombre que conquistó el mundo, siempre supo refugiarse en su hogar. Si fue embajador de España en el resto del planeta, desde luego lo fue de Cantabria en España, hasta el punto de emparentarse con la familia Botín y convertirse en accionista del Racing de Santander, su otra gran pasión. Aun así, da la sensación a veces de que no lo entendimos del todo. De que Ballesteros, don Severiano Ballesteros, con toda la pompa y circunstancia de su nombre y sus títulos, nunca fue tan importante como lo fue el joven rebelde ye-ye "Seve" en Estados Unidos o Inglaterra. El golf nos era ajeno, al fin y al cabo. Nadie podría mencionar el nombre de ningún golfista profesional de éxito moderado anterior a Ballesteros. Era una mezcla de Ángel Nieto, Arturito Pomar y Carlos Sainz. Un pionero con todas las letras, que abrió el deporte a España y abrió España al escenario internacional como figura pop.

El incendio de Pedreña, ya controlado, puede que afecte al hoyo 8 y probablemente haya afectado al 9. Habrá que calibrar los daños. En cualquier caso, el legado de Seve, que tantas tardes pasó ya retirado en ese mismo campo que se asociará siempre con su nombre por muchos años que pasen y por muy lejana que vaya quedando su temprana muerte, no está en ese diseño sino en la memoria de todos los que le vimos jugar y creímos, convencidos, que podía remontar cuantos golpes tuviera de desventaja simplemente porque era él, era Severiano Ballesteros, y los rivales temblarían a su paso. Si no hablamos del deportista más carismático de nuestro país, nos quedamos muy cerca. Y a eso ya le pueden echar agua que las llamas de esa huella en la historia no van a dejar de arder nunca.

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