Sergio Ramírez: “Volver a Nicaragua es absurdo. No me voy a entregar a Ortega para que me encierren”

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El escritor Sergio Ramírez, en Madrid, el 14 de septiembre de 2021. (Photo: Alberto Ortega/Europa Press via Getty Images)
El escritor Sergio Ramírez, en Madrid, el 14 de septiembre de 2021. (Photo: Alberto Ortega/Europa Press via Getty Images)

Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) llega abrumado, dolido, cansado y agradecido a esta entrevista. Salió de Nicaragua hace unos meses para hacerse un chequeo médico en Estados Unidos, y a los pocos días se encontró con que no podría volver a su casa. El régimen de Daniel Ortega, cuyo autoritarismo y abusos están reflejados en las últimas novelas de Ramírez, había emitido una orden de arresto que convertía al premio Cervantes en exiliado por segunda vez. La primera fue hace 50 años, cuando Ortega y Ramírez luchaban mano a mano por la revolución sandinista que logró derrocar al dictador Anastasio Somoza y que ahora ha devenido en “una dictadura más”, lamenta el escritor.

Esta no es la primera vez que Sergio Ramírez alza la voz contra el régimen de Ortega —de quien, por cierto, fue vicepresidente—, pero a estas alturas el Gobierno nicaragüense ya ha decidido “quemar todas sus naves”, dice el escritor. Su última novela, Tongolele no sabía bailar (Alfaguara), permanece secuestrada en las aduanas de Nicaragua por orden del régimen. Es quizás la que más ha escocido a Daniel Ortega porque contradice la “tesis oficial” de su gobierno y plasma la durísima represión que sufrieron los nicaragüenses al salir a protestar en 2018, en unas revueltas en las que murieron alrededor de 400 personas.

La dedicatoria inicial del libro es toda una declaración de intenciones por parte de Ramírez: “Mi tributo a los centenares de jóvenes caídos, y a sus familiares que siguen reclamando justicia”.

¿Cómo se encuentra ahora? ¿Se imaginó que le podía ocurrir esto (la orden de arresto, el secuestro del libro) con la publicación de Tongolele?

Sí, obviamente. Tenía que estar de alguna manera dentro de mis cálculos. En la medida en que yo iba escribiendo este libro, me daba cuenta de las teclas que estaba tocando, de que iba a causar disgusto, rencor, represalias, pero yo tomé la decisión de seguir adelante. Cuando desde la escritura uno decide hacer concesiones de comodidad, de no escribir lo que te puede traer problemas, entonces la escritura se va edulcorando, no se vuelve lo que debe ser la escritura. Siempre es un desafío. Yo decidí seguir adelante. En estos casos siempre me hago el artificio de que ese libro no va a ser leído por nadie, entonces puedo seguir adelante con tranquilidad. Si no, va sobreviniendo un proceso de autocensura, que es fatal para quien escribe una novela.

Cuando decides no escribir lo que te puede traer problemas, va sobreviniendo un proceso de autocensura fatal

No es la primera vez que escribe sobre el régimen de Ortega. ¿Por qué cree que en esta ocasión ha traído estas consecuencias?

Por dos razones. En primer lugar, se trata de unos hechos que conmovieron al país, a la comunidad internacional, en cuanto a muertos, exiliados, heridos. El régimen ha impuesto una tesis oficial, que dice que lo que hicieron las fuerzas represivas fue desarticular un golpe de Estado que estaba en marcha. Contradecir esa tesis oficial desde los hechos ha provocado la mayor animadversión del régimen contra organismos de derechos humanos, dirigentes políticos de Nicaragua, dirigentes políticos internacionales. Hay una posición muy radical del régimen para rechazar que no hubo ninguna masacre, que no hubo muertos, y que los muertos que hay son del lado del gobierno.

Por otro lado, me parece que el hecho de que en la novela se exponga la concepción del poder que existe en Nicaragua hoy día, una concepción esotérica, mágica, con símbolos, con la participación de adivinos, de brujos… creo que eso también ardió en la sensibilidad de quienes ordenaron esta medida contra mí, primero la detención del libro en la aduana, y después el juicio que la fiscalía me abrió.

Esta represión en contra mía no es porque sea dirigente político, saben que no lo soy, que no soy candidato a nada, sino porque estoy exponiendo una situación que ellos niegan, exponiendo la naturaleza del régimen. Estoy siendo reprimido como escritor.

Estoy siendo reprimido como escritor

Aunque el libro está detenido en la aduana, está siendo compartido en pdf por toda Nicaragua. ¿Qué le parece esto?

Desde una perspectiva de autor que tiene un compromiso con las leyes de derecho de autor, obviamente no puedo respaldar que mi libro sea objeto de una difusión de este tipo, pero tampoco puedo evitarlo. Esta es una reacción natural de la gente, de que si no permiten entrar el libro en el país, se reproduce de la manera que pueden. Esto ha multiplicado las lecturas del libro, sobre todo entre la gente joven. Esto es notable, que son los jóvenes los que lo reproducen y quienes lo están leyendo primero.

Sergio Ramírez, en la Casa de América, el 14 de septiembre de 2021. (Photo: Alberto Ortega/Europa Press via Getty Images)
Sergio Ramírez, en la Casa de América, el 14 de septiembre de 2021. (Photo: Alberto Ortega/Europa Press via Getty Images)

Da la impresión de que el Gobierno de Ortega ha elegido el peor momento, en plena gira internacional de su libro, para llevar a cabo esta campaña de acoso. ¿No saben que cuanto más se censura algo, más popular se hace? Ahora el libro puede llegar a convertirse en un símbolo de las revueltas de 2018.

Sí, está tomando ese carácter. Me parece que, en estos arranques represivos, hay cosas que quien los ordena no calcula. Quizás ellos calcularon una reacción internacional, unas protestas, que se iban a olvidar al día siguiente. Pero esto ha sido un verdadero alud de nieve que sigue caminando, sigue reproduciéndose en todas partes. Me parece que no vieron las consecuencias. Por otro lado, todo esto que han venido articulando (meter en la cárcel a candidatos presidenciales y dirigentes políticos, cerrar medios de comunicación, hacer que la gente se vaya al exilio) es deliberado. Han quemado sus naves.

El hecho de que se dirijan en términos tan ofensivos hacia los Gobiernos de España, de México, de Argentina, de El Salvador, de Costa Rica, con notas de diplomáticos llenas de insultos e improperios… eso también está dentro de la filosofía de que a ellos no les importa o, al menos, aparentan que no les importa la reacción internacional. Han decidido ir hasta el final. Otra cosa es qué les espera al final de ese camino. Ellos quieren unas elecciones [en noviembre] sin ningún tipo de interrupciones, de desafío, sin candidatos reales, sin nadie que cuestione cómo van a ser contados los votos, de manera que sean unas elecciones falsas. Ni siquiera se les puede llamar elecciones.

El Gobierno de Ortega ha quemado sus naves. Quieren unas elecciones falsas

El protagonista de la novela se llama Dolores Morales, un personaje que vive de alguna manera en el pasado, que tiene una relación compleja con él. Sabiendo que usted fue vicepresidente con Ortega cuando el proyecto sandinista era otra cosa, ¿cómo se relaciona usted con ese pasado? ¿En algún momento se ha arrepentido de lo que pasó, o ha pensado que podría haber hecho algo distinto?

Me relaciono con ese pasado igual que el inspector Morales, con la misma visión de nostalgia crítica, de pesar por lo que pudo haber sido y no fue, de reprobación y rechazo a lo que la revolución llegó a convertirse, en una dictadura más. Eso hace que uno revise con dolor, con nostalgia, lo que hizo en el pasado y cómo todo llegó a desembocar en lo que está viviendo ahora el país. En ese sentido, el inspector Morales es un alter ego mío, con la diferencia de que él es un guerrillero y yo no lo fui. Yo fui un dirigente político de la revolución. Él era un hombre más joven, perdió una pierna en combate, se comprometió a fondo con lo que estaba haciendo, al contrario de su antítesis en la novela, que es Tongolele, que cree que la represión es base para seguir adelante con un proyecto que, la verdad, ya no existe.

A pesar de lo que ahora es, ¿qué cree que ha sobrevivido de la revolución sandinista, que tuvo logros como el reparto de la tierra? ¿Queda algo que se pueda salvar?

De la reforma agraria no ha quedado nada. Todas las tierras han sido recuperadas por los antiguos terratenientes con la complicidad de Ortega. De la cruzada nacional de alfabetización, que fue un gran hito en la revolución, tampoco quedó nada. Los niveles de analfabetismo del país han vuelto a crecer. La revolución propuso cambios profundos reales, pero esos cambios verdaderamente no existen. Ese es otro gran fracaso. Todo lo que la revolución pensó de sacrificar libertades democráticas para adelantar cambios sociales se quedó en el sacrificio de las libertades democráticas sin que estos cambios llegaran a cristalizar.

La revolución se quedó en el sacrificio de las libertades democráticas sin que los cambios sociales llegaran a cristalizar

¿Le duele especialmente que la persecución que sufre ahora venga de alguien para quien usted fue aliado durante años?

Sí, pero no particularmente. Ortega mandó preso a Hugo Torres, que fue el que lo sacó de la cárcel; a Dora María Téllez, que encabezó la toma del Palacio Nacional, sin la cual no hubiera habido revolución; no tengo por qué extrañarme.

¿En qué situación están ahora todos esos opositores presos?

En una situación muy mala. Ortega mandó a meter en la cárcel a una muestra de la oposición, a 40 personas que representan todas las ideologías, todos los partidos políticos, de izquierda, de derecha, de centroizquierda, de centroderecha, como rehenes muy variados, y en condiciones realmente terribles; gente que pasa todo el día, y todas las noches, sin que les apaguen la luz, sin tener acceso a los medicamentos, a los alimentos que les mandan sus familiares, en situaciones verdaderamente crueles. Ellos tienen esta filosofía de que quienes dirigieron, o encabezaron, el golpe de Estado, tienen que pagar, y les están haciendo pagar el precio más duro. Es una venganza.

Hay mucho de burdo en esto de que me pongan ocho cargos penales, incluyendo incitación al odio y lavado de dinero

Ante la persecución que está sufriendo, todos se han volcado con usted fuera de Nicaragua: el Gobierno de España, centenares de escritores, expresidentes latinoamericanos, la RAE. ¿Cómo vive esta oleada de apoyos?

En la medida en que uno no se considera el centro del mundo, no espera que esta cosa se multiplique tanto. Me ha ido sorprendiendo la cantidad de respaldo de músicos, artistas de cine, filósofos, intelectuales. Siento que es una reacción unánime frente a una agresión a alguien del gremio que está siendo atacado de una manera verdaderamente burda. Hay mucho de burdo en esto de que me pongan ocho cargos penales, incluyendo incitación al odio y lavado de dinero; eso llama más todavía la atención, y llama más a la indignación.

¿No cree significativo que en la opinión internacional hayan tenido más peso las acciones contra usted que contra Dora María Téllez o Víctor Hugo Torres, que fueron detenidos anteriormente? ¿Qué dice eso sobre el papel que tienen los escritores en el debate público?

Es interesante. Obviamente, ante la presión a la que están sometidos Dora María Téllez y otra gente de otras ideologías que respeto muchísimo, como Violeta Granera, una gran mujer muy entera, valiente, o como Medardo Mairena, un dirigente campesino, ha habido una protesta en cada momento, y ellos están ahí, y ellos son los personajes políticos que están presos. Yo siempre pienso que si en Nicaragua hubiera una posibilidad de cambio democrático, el nuevo presidente del país está ahí, entre esos 40 [opositores presos]. Yo no pertenezco a ese universo. No soy dirigente político, no soy candidato, soy un intelectual que por hacer uso de la palabra y por escribir una novela ha sido reprimido. Creo que es más llamativo amenazar a alguien con la cárcel, o meterlo a la cárcel (a mí no me metieron porque me salí a tiempo) por escribir una novela.

(Photo: Alberto Ortega/Europa Press via Getty Images)
(Photo: Alberto Ortega/Europa Press via Getty Images)

¿Cree que todo este respaldo que está recibiendo puede tener alguna repercusión en Nicaragua?

Sí, creo que sí. Frente al Gobierno, no estoy seguro, ellos decidieron quemar sus naves. Como dicen en Nicaragua ‘ya que se fue la cuerda, que también se vaya el balde’. Llega un momento en el que han prescindido de la opinión internacional. Pero deben sentir que están totalmente aislados, que no hay nadie que haya alzado la voz ni siquiera para poner en duda lo que han hecho, ni siquiera la izquierda más ortodoxa que todavía existe en América Latina.

Es muy difícil el exilio, sobre todo cuando el tiempo ya ha corrido

¿Qué va a hacer cuando acabe su gira por España? ¿Tiene esperanzas de poder volver pronto a Nicaragua?

Volver a Nicaragua, con un juicio penal en las espaldas, es absurdo. No me voy a entregar a Ortega para que me metan en la cárcel. No tengo edad para eso, para que me metan en una celda de aislamiento. Necesito medicamentos, y sé que no me los van a dar. He decidido permanecer afuera y rehacer mi vida afuera.

Aunque también sea muy duro.

Es muy difícil el exilio, sobre todo cuando el tiempo ya ha corrido. Estuve exiliado con 30 años, pero eso era otra cosa. Hoy día se vuelve más pesado, más difícil.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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