Sequía emocional, el inesperado efecto adverso de la pandemia

Jennifer Delgado
·7 min de lectura
La segunda ola de la pandemia ha desgastado nuestros maltrechos recursos psicológicos haciendo que nos repleguemos sobre nosotros mismos en un intento defensivo. [Foto: Getty Images]
La segunda ola de la pandemia ha desgastado nuestros maltrechos recursos psicológicos haciendo que nos repleguemos sobre nosotros mismos en un intento defensivo. [Foto: Getty Images]

Ansiedad. Depresión. Trastorno de estrés postraumático. Son los principales trastornos psicológicos asociados a la pandemia, pero existe otro problema relativamente común del que no se habla a pesar de que está afectando a muchas personas: un estado de “sequía emocional” marcado por la apatía y la indiferencia que anestesia la capacidad de sentir.

De hecho, si no tienes ganas de hacer nada, experimentas una enorme pereza y reaccionas con una inusitada indiferencia a muchas de las cosas que ocurren en tu entorno, es probable que estés experimentando uno de los efectos adversos más subrepticios de esta pandemia. Ese estado se encuentra marcado por una desconexión del mundo y los sentimientos propios. No hay tristeza pero tampoco alegría. No hay rabia pero tampoco placer. Mientras el mundo convulsiona bajo los efectos de la pandemia, las respuestas emocionales simplemente se aplanan, hasta prácticamente desaparecer, dejando la vida estéril.

Un peligro del que no podemos escapar, nos paraliza

La parálisis es una respuesta ante situaciones adversas y estresantes cuando creemos que no podemos hacer nada para solucionarlas o escapar de ellas. [Foto: Getty Images]
La parálisis es una respuesta ante situaciones adversas y estresantes cuando creemos que no podemos hacer nada para solucionarlas o escapar de ellas. [Foto: Getty Images]

Cuando enfrentamos una situación estresante, nuestro sistema nervioso simpático y adrenocortical entra en estado de emergencia activando lo que se conoce como “respuesta de lucha o huida”. La primera reacción es de alarma. La médula suprarrenal libera epinefrina y la corteza suprarrenal produce glucocorticoides, los cuales nos ayudan a planificar una estrategia para restaurar el equilibrio perdido.

Si decidimos que tenemos posibilidades de derrotar la fuerza amenazante, pasamos al “modo lucha”. En ese caso, se liberan hormonas como la adrenalina para prepararnos para luchar y, con suerte, vencer al enemigo hostil. Al contrario, si consideramos que no tenemos la fuerza suficiente para vencer, intentaremos dejar atrás la amenaza lo más rápido posible. Entonces se activa la respuesta de huida.

Sin embargo, cuando nos sentimos indefensos o sin fuerzas suficientes para luchar, se activa una respuesta de parálisis. Nuestro sistema parasimpático frena el sistema motor y reaccionamos “congelándonos”. De hecho, se trata de una respuesta bastante común en la naturaleza.

Cuando un animal encuentra con un depredador más grande y no puede escapar, entra en un estado de inmovilidad atenta. Esa respuesta se conoce como “inmovilidad tónica” y le ayuda a evitar que el depredador detecte su presencia, con la esperanza de salir vivo de la situación de peligro.

En las personas, esa parálisis no siempre se limita al ámbito físico, sino que a menudo se extiende al ámbito emocional. La inmovilización física, mental y emocional nos permite asumir una distancia psicológica para no sentir la desgarradora enormidad de lo que está sucediendo.

Como no podemos escapar físicamente de la situación amenazante, pero nuestra mente rechaza estar en el aquí y ahora, simplemente se “desconecta”. Esa disociación nos permite evadir una realidad demasiado dolorosa o que nos ha sobrepasado.

De hecho, se trata de un mecanismo de defensa que normalmente se activa de manera inconsciente cuando vivimos una situación tan extrema que puede amenazar nuestra cordura. Nos ayuda a bloquear lo que es demasiado aterrador para asimilar. En estos casos el cerebro da la orden de generar endorfinas, las cuales funcionan como una especie de analgésico que nos ayuda a sobrellevar la situación con menos dolor o sufrimiento.

En práctica, estamos bajo los efectos de una “anestesia emocional”. Y eso puede ser positivo e incluso adaptativo en ciertas circunstancias, para evitarnos un sufrimiento mayor, pero cuando se prolonga a lo largo de semanas o incluso meses puede terminar causando daños graves a nuestra salud física y psicológica.

Los riesgos de vivir anestesiados emocionalmente

Cuando el miedo, el agobio, la incertidumbre o la ira alcanzan niveles muy altos, nuestra mente simplemente se “desconecta” para protegernos. [Foto: Getty Images]
Cuando el miedo, el agobio, la incertidumbre o la ira alcanzan niveles muy altos, nuestra mente simplemente se “desconecta” para protegernos. [Foto: Getty Images]

En los últimos tiempos hemos tenido que cambiar muchos de los hábitos y costumbres que apuntalaban nuestra vida. También hemos tenido que aprender a convivir con un enemigo invisible y potencialmente letal, mantener una distancia social que ha debilitado nuestros puntos de apoyo, afrontar la incertidumbre económica con la que se perfila el futuro y adaptarnos a los continuos cambios de criterio y medidas de quienes gobiernan.

Todo eso ha generado una enorme inestabilidad que ha terminado consumiendo nuestros recursos psicológicos. Cuando el miedo, el agobio, la incertidumbre o la ira alcanzan niveles demasiado altos, nuestro sistema psicológico simplemente se “desconecta” para protegernos. Actúa como un interruptor diferencial que desconecta la instalación eléctrica ante un aumento de tensión para protegerla de daños. Solo que a diferencia de este, la parálisis emocional nos permite mantener un funcionamiento básico, como si estuviéramos en piloto automático.

Esa es la razón por la cual, después del shock inicial que supuso la pandemia, la segunda ola ha sumido a algunas personas en un estado de anestesia emocional. Un estado que se caracteriza por una sensación de confusión, irrealidad y desapego, como reveló un estudio de la Universidad Estatal de Florida.

Podemos sentirnos desconectados y ajenos del mundo que nos rodea, como si fuéramos espectadores en la película de nuestra propia vida. Las situaciones que en otras circunstancias nos hubieran entristecido, alegrado o enojado prácticamente nos dejan indiferentes. Experimentamos destellos emocionales puntuales, pero esas chispas se apagan inmediatamente para devolvernos a un espacio estéril afectivamente.

El problema es que ese estado de parálisis e indolencia terminará pasándonos factura. Cuando el factor estresante persiste durante tanto tiempo, entramos en una etapa de agotamiento y cesa nuestra respuesta adaptativa. Ese estado genera un desequilibrio que puede causar diferentes problemas ya que provoca un desgaste de los sistemas reguladores del cuerpo y el cerebro, como indicó un estudio publicado en la Journal of Psychiatry & Neuroscience.

Por ejemplo, la secreción de las hormonas del estrés, la adrenalina y el cortisol, como respuesta ante un evento estresante promueve y mejora la memoria del hecho inmediatamente para que podamos evitar problemas en el futuro. Sin embargo, cuando el estrés se mantiene durante muchas semanas o incluso meses algunas neuronas se atrofian y la memoria se deteriora, mientras que otras neuronas crecen y aumenta el miedo, como comprobaron neurocientíficos de las universidades Rockefeller y de California.

El estrés agudo también promueve la función inmunológica mejorando el movimiento de las células inmunitarias a aquellas zonas del cuerpo donde sean más necesarias para defenderse de un patógeno, pero el estrés crónico termina inhibiendo la función inmunológica y genera un peligroso aumento de las citoquinas inflamatorias.

Por otra parte, la respuesta de parálisis ante las situaciones traumáticas repetidas o sostenidas a lo largo del tiempo se ha relacionado con una mayor propensión a desarrollar estrés postraumático, probablemente debido a que ese estilo de afrontamiento nos impide procesar adecuadamente las experiencias difíciles y aumenta las probabilidades de que se conviertan en un trauma que se mantiene constantemente activo en nuestra mente.

Antídotos contra la “sequía emocional”

La alegría, la curiosidad, la generosidad, el amor o el agradecimiento irán recargando nuestro “depósito emocional” para que podamos recuperar el equilibrio. [Foto: Getty Images]
La alegría, la curiosidad, la generosidad, el amor o el agradecimiento irán recargando nuestro “depósito emocional” para que podamos recuperar el equilibrio. [Foto: Getty Images]

Algunas personas son más propensas a reaccionar ante las situaciones adversas poniendo en práctica estrategias de evasión. Investigadores del Instituto de Psiquiatría Max Planck comprobaron que las personas con tendencia a la ansiedad son más propensas a reaccionar paralizándose porque viven en un estado de tensión permanente que les lleva a ver peligros por todas partes.

Psicólogos de la Universidad de Leiden también descubrieron que quienes han sufrido más eventos adversos en su vida son más propensos a reaccionar paralizándose, probablemente porque han desarrollado una indefensión aprendida, la cual les hace pensar que nada de lo que hagan puede subvertir la situación.

Para revertir este estado existen dos herramientas sencillas pero muy poderosas. Una de ellas es la respiración profunda. Se trata de una excelente estrategia para calmar las emociones y no sentirnos superados por las circunstancias. La respiración profunda nos devuelve la calma mientras nos ayuda a centrarnos en el aquí y ahora. Nos permite estar plenamente presentes, pero con la sensación de control, de manera que no sentiremos la necesidad de escapar.

Para luchar contra la “sequía emocional” necesitamos adoptar una postura más hedonista, lo cual significa priorizar aquellas cosas que nos hagan sentir bien. Cada día, debemos darnos pequeñas recompensas que nos reconforten y animen, para sacarnos de ese gris letargo que puede conducir a la depresión. La alegría, la curiosidad, la generosidad, el amor o el agradecimiento irán recargando nuestro “depósito emocional” para que podamos recuperar el equilibrio perdido.

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