Semana aciaga de la España sinvergüenza (y avergonzada)

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El caso de Devermut en Conil fue uno de los que se destaparon esta semana.
El caso de Devermut en Conil fue uno de los que se destaparon esta semana.

Vaya semanita. Primero, la conmovedora historia de una anciana de 89 años de edad cuya vivienda fue ocupada por una inmigrante marroquí durante un ingreso de varios meses en el hospital. Este fraude duró unos 10 días, hasta que salió a la luz un contrato entre la estudiante y la señora, donde se confirmó que existía un vínculo de arrendamiento entre ambas. La tortilla se volteó y al final resultó que la octogenaria estaba cometiendo un delito al estar subarrendando una habitación ilegalmente. La estampa de la pobre anciana en silla de ruedas llegó a los corazones -que no al lóbulo central del cerebro - de algunos políticos y periodistas, y de ahí a una gran parte de la ciudadanía.

A algunos les salieron las cuentas con la fórmula de este engaño: ocupas + inmigrante marroquí + supuesta víctima octogenaria = arma política, espacio para tertulias y clicks.

Después vino lo de Devermut, dos influencers que dirigen una exitosa cuenta de Instagram con alrededor de 750.000 seguidores. Denunciaron en sus redes sociales que habían sido expulsadas de un establecimiento nocturno en Conil por “bolleras” y acosadas por varios hombres. Mentira. Los responsables del club gaditano no tardaron en desmentir a través de un comunicado la acusación y dejaron claro que las razones de su desalojo fueron bien distintas. Si la anciana usó el comodín de su edad, estas jóvenes utilizaron el de la homofobia. La fórmula volvió a funcionar durante unas horas:

Homofobia + acoso = arma política, espacio para tertulias y clicks.

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Esta misma ecuación sirvió para levantar pasiones en el caso del joven homosexual que hizo creer a toda España que el supuesto brutal ataque que sufrió por parte de ocho encapuchados fue real. La falta de testigos y los argumentos vagos en su declaración ayudaron a que finalmente se desvelara la verdad: la escabrosa manera de tatuar a cuchillo la palabra ‘maricón’ en su glúteo fue una acción consentida. No sólo eso, aparentemente el veinteañero mintió para salvar su relación ya que aquel juego sexual fue con su amante. Mientras tanto, proliferaron los bulos y los rumores sobre quiénes fueron los supuestos responsables de este ataque. Otra vez: Homofobia + acoso = arma política, espacio para tertulias y clicks.

Si mentir y esconderse detrás de asuntos tan sensibles como la ocupación de viviendas y la homofobia es una profunda falta de respeto hacia las víctimas reales, no lo es menos el permitir que eso suceda, el dar bola a los bulos y echar más leña al fuego cruzado de la polarización. La España de las trincheras ha demostrado esta semana que le queda poca capacidad para pensar de manera independiente y para razonar con discreción sobre hechos no probados antes de lanzarse a buscar argumentos que justifiquen su lucha. Proliferan - y han proliferado durante estos siete días - los guardianes morales de causas que vinculan automáticamente con su ideología. No es nuevo que la derecha más a la derecha se apodere de la lucha contra la ocupación o apunte con el dedo a la inmigración ilegal y la izquierda haga se adueñe de los derechos de la comunidad LGBTI, la diferencia es que esta semana todos los que se han aventurado a formar parte de estas tres farsas lo han hecho más por inercia que movidos por la veracidad de estos hechos concretos.

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Algunos presentadores de televisión recularon tras el último episodio, el del joven homosexual que fingió una agresión, y dijeron una gran verdad: “la homofobia existe y hay que atajarla desde la educación” o algo parecido expresó una conocida personalidad televisiva. No le faltó razón, pero con ese argumento escondió la gran cagada de algunos políticos y medios de comunicación que se olvidaron de una cualidad fundamental en sus profesiones: la prudencia - inclúyase el contrastar la información-. Resulta que el debate previo al contraste de estos tres sucesos quedó justificado porque la homofobia es un problema real, pero no porque esos casos específicos hayan sido veraces. No se puede pretender evadir la responsabilidad de haber sido víctima de tres bulos después de que algunos hayan dedicado horas para hablar sobre estos asuntos con la agenda política en el sobaco o con el fin de llenar contenido que consumen millones de personas. Esta irresponsabilidad ha salpicado a una opinión pública cada vez más acostumbrada a dejarse llevar por lo que hacen y dicen sus pastores - entiéndase sus políticos, medios, columnistas o tertulianos afines - esos que validan sus puntos de vista. El rebaño pierde entonces su mirada crítica, sus juicios de valor individuales, todo para ganar su batalla a cualquier precio, como hacen aquellos a los que admiran.

También ha sido una semana aciaga porque ha habido una pérdida de credibilidad generalizada de la España avergonzada hacia la España sinvergüenza, la del rédito profesional, político e incluso personal… la de la infamia. 

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