¿Se pueden permitir lujos y caprichos los políticos de izquierdas?

Asier Martiarena
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El entonces secretario de Proceso Constituyente y de Programa de Podemos, Juan Carlos Monedero, comparece ante la prensa en Madrid el 20 de febrero de 2015
El entonces secretario de Proceso Constituyente y de Programa de Podemos, Juan Carlos Monedero, comparece ante la prensa en Madrid el 20 de febrero de 2015

¿Cuándo pasaron los políticos de ocuparse de mantener una trayectoria digna y pulcra a estar pendientes de lo que hacen los contrincantes? ¿En qué momento el juego político ha pasado de conquistar libertades a negárselas al contrario? Es difícil datar la fecha de la descomposición de la política, pero no cuesta nada fijar el día en el que la putrefacción sube un escalón más. Porque eso ocurre casi a diario.

Este fin de semana se ha viralizado el foco puesto sobre Juan Carlos Monedero a quien se le ha criticado por comer en la terraza de un restaurante del barrio de Salamanca horas después de participar en Vallecas en una concentración contra las restricciones del Gobierno de Madrid.

Al fundador de Podemos se le pueden discutir sus postulados políticos; se le puede rebatir el manifiesto fundacional del partido morado encomendado a “mover ficha y convertir la indignación en cambio político; e incluso se le puede criticar por la sanción que le impuso el Juzgado de lo Contencioso administrativo número 3 de Madrid por la “falta muy grave”, impuesta por la Universidad Complutense (UCM) a consecuencia de “realizar una actividad privada retribuida sin autorización”. ¿Pero negarle el derecho a comer en un restaurante por muy de lujo que sea? Pues a eso se ha dedicado este fin de semana algún senador del PP.

Para argumentar la crítica a Monedero, además, se está utilizando un bulo que ya ha sido desmentido en numerosas ocasiones. Porque del fundador de Podemos se está diciendo que “aprendió de los líderes sindicalistas que se dejaron 49.000 euros en una comida en un restaurante de Madrid.

Esa factura existió. Sí. Y ascendió a 49.292 euros al incluir angulas, percebes, cigalas, lubinas, solomillo de buey, Pingus, puros, copas y dos botellas de champagne a 15.000 euros cada una, entre otras exquisiteces. Pero todo se ha sacado de contexto intencionadamente. Para empezar quienes disfrutaron de esa opípara comida no fueron líderes sindicalistas, sino un grupo de empresarios del metal como confirmó Nicolás, el propietario del restaurante Casa Parrondo.

Y para continuar, si fueran líderes sindicales, lo grave hubiera sido que lo hicieran con cargo a la tarjeta de empresa. Como hicieran 83 de los 86 miembros de la cúpula de Caja Madrid que se fundieron 15,2 millones de euros entre 1999 y 2012 con las tarjetas black. Entre ellos 28 consejeros del PP, 15 del PSOE, 4 de IU y 10 de sindicatos”.

¿Pero si un líder sindical quiere irse a comer al restaurante más caro del mundo y lo paga con su sueldo, cuál es el problema? La crítica tiene el mismo tufo que las últimas restricciones y medidas de protección frente al coronavirus. Como el confinamiento selectivo que ha dictado la Comunidad de Madrid por el que se niega a 855.000 vecinos de barrios humildes la posibilidad de tomarse una caña en los barrios más pudientes, pero sí se les permite desplazarse a ellos para ir a servirle esa misma caña a un cliente con renta más alta.

El problema es otro y es muy grave aunque apenas se hable de él. Y no es otro que el distanciamiento social en el que algunos quieren convertir el distanciamiento de seguridad para frenar la Covid-19. Una segregación encubierta que disfraza una silenciosa violencia social.

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