Por qué el COVID-19 no va a desaparecer como sí lo hizo el SARS

Representación gráfica del virus SARS-CoV-2 (Imagen creative commons vista en Wikipedia).

Pese a que algunos médicos, como la oncóloga británica Karol Sikora, creen que la pandemia actual se “extinguirá por sí sola”, algunos virólogos no lo tienen tan claro. La doctora Sikora (profesora en la facultad de medicina de la Universidad de Buckingham) cree que al igual que existen infecciones leves que pasan desapercibidas, y que dan como resultado un robustecimiento de la inmunidad poblacional, algo similar ocurrirá con el SARS-CoV-2. Si estuviera en lo cierto, la población mundial alcanzaría rápidamente la ansiada “inmunidad de rebaño”, dejando al coronavirus sin ningún otro lugar al que acudir, salvo a su extinción.

Lamentablemente la idea de dejar al virus actuar sin control para alcanzar rápidamente la inmunidad de grupo (como se hizo en Suecia, o inicialmente en Reino Unido) es cuando menos poco recomendable. De hecho, los estudios serológicos realizados en los países de nuestro entorno han mostrado que los infectados representan una porción muy pequeña de la población total. Apenas un 5% en España, un 4,4% en Francia, un 6,8% en Reino Unido y un 7,3% en Estocolmo, la capital sueca.  

Resumiendo: estamos muy lejos de alcanzar la inmunidad de rebaño, independientemente de las medidas anti-pandemia que cada país haya aplicado. Por desgracia esto significa que el índice de mortalidad del virus es relativamente alto (algo más del 1% de los infectados fallece) lo cual plantea dudas sobre la idoneidad de dejar que el virus se consuma solo. En lugar de eso, lo más sensato sería imaginar un futuro en el que podamos convivir con el SARS-CoV-2.

Pero hablemos del “primo” del actual coronavirus, el causante del brote de SARS que irrumpió en 2002 y que dio lugar a una epidemia que duró un año y medio aproximadamente. Aquel virus, llamado SARS-CoV-1, llegó efectivamente a desaparecer sin necesidad de conseguir una vacuna, después de haber infectado a unas 8.000 personas y haber matado al 10% de ellas.

El virus responsable de aquella enfermedad neumónica, que se contagiaba por transmisión respiratoria, se llegó a controlar mediante medidas sanitarias públicas muy similares a las que se han tomado ahora: realización de test a las personas con síntomas (fiebre y dificultad respiratoria), aislamiento y cuarentena en los casos sospechosos, restricciones a los desplazamientos. Todo funcionó y se logró acabar con el SARS, una enfermedad que mostraba una diferencia fundamental con la actual COVID-19: normalmente solo las personas con síntomas podían transmitirla.

Así, centrando la respuesta en las personas que mostraban fiebre, dificultades respiratorias, y daban positivo, no fue demasiado complicado finiquitar al SARS. En el caso de la COVID-19 tenemos una diferencia positiva y otra negativa, por un lado contamos con la dificultad añadida de que las personas asintomáticas, pueden contagiar el virus. Este es el secreto del éxito del virus, que ha contagiado a millones de personas en todo el mundo. Como aspecto positivo, la mortalidad del coronavirus causante de la neumonía de Wuhan es mucho más baja que la vista hace 20 años con el SARS.

Sabemos además que los murciélagos actúan como un reservorio de virus debido a la densidad de sus colonias, que les obliga a vivir hacinados, intercambiando virones constantemente. Por tanto no es descabellado pensar que en un futuro no demasiado lejano, otro virus del tipo SARS de el salto a los humanos.

Pero no nos anticipemos, el problema ahora es controlar la COVID-19 mientras llega la ansiada vacuna, lo cual está resultando todo un reto debido precisamente a la facilidad con que se transmite. Además, aún no sabemos si los contagiados que se recuperan pueden seguir transmitiendo la enfermedad, o incluso si pueden volver a enfermar de nuevo por COVID. Todos estos factores probablemente implican que el SARS-CoV-2 se va a asentar en la población humana, pasando a ser endémico justo como sus “parientes” los coronavirus causantes del resfriado común.

Durante el último siglo hemos tenido al menos cinco pandemias de gripe, y de hecho la última (antes del COVID-19) responsable del H1N1 de 2009, sigue contando con descendientes en circulación, más de una década después.

Dado que desconocemos cuánto dura la inmunidad natural contra el coronavirus de Wuhan, ni de si esta es capaz de bloquear por completo la enfermedad o simplemente acabar con los síntomas, no parece nada claro que el SARS-CoV-2 vaya a extinguirse por sí solo. Por tanto solo nos queda una opción, reducir la incidencia de la COVID-19 tanto como sea posible mientras esperamos a que llegue una vacuna segura y efectiva, con la que podamos proteger al grueso de la población.

Me enteré leyendo un artículo del virólogo Connor Bamford (Universidad Queen de Belfast) publicado en TNW con licencia Creative Commons.

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