Pedro Sánchez sacrifica a Teresa a Ribera para sobrevivir al precio de la luz

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La vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera (Photo by PIERRE-PHILIPPE MARCOU/AFP via Getty Images)
La vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera (Photo by PIERRE-PHILIPPE MARCOU/AFP via Getty Images)

No hay estamento político o social que no haya pedido explicaciones al Gobierno por la insoportable escalada del precio de la electricidad. Ni conversación en el trabajo o entre amigos, al abrigo de un buen aire acondicionado, en la que no se ponga el grito en el cielo por el mordisco en el bolsillo que les espera al conjunto de los españoles en el próximo recibo de la luz. Y, a todo esto, ¿Qué está haciendo el presidente del Ejecutivo? Pues escurrir el bulto desde su refugio de Lanzarote. Si con la que está cayendo Pedro Sánchez lleva sin dar la cara 48 horas, es fácil pensar que pretende seguir escondido aún más tiempo. ¿Cuánto? Todo el que pueda.

Con un consejo de Gobierno renovado hace menos de un mes, liderando a nivel mundial el ritmo de vacunación, y a punto de empezar a regar la maltrecha economía con los millones del fondo Covid, Sánchez no quiere desgaste alguno. Y está dispuesto a todo para que así sea. Incluso a sacrificar alguna de sus piezas. Por muy simbólicas que sean.

Hablamos de Teresa Ribera. La ministra no solo no está disfrutando de las vacaciones en agosto como el resto de sus compañeros de Gobierno, sino que está pasando por su momento más complicado. Ella ha sido la elegida por Sánchez para dar la cara e intentar atajar el problema de la luz.

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Lo ha hecho acusando a la herencia del PP -en donde lleva parte de razón, pero no toda-, a las regulaciones de la UE -que no solo ha desmentido la propia Comisión Europea, sino que no hay más que comparar el recibo con el resto de países miembros para ver que lo de España es un caso único- y a la actuación de los mercados internacionales -apuntando directamente al papel del presidente de Rusia, Vladimir Putin-… pero Ribera no ha convencido a nadie.

Si fuera ministra de Industria, las excusas sonarían igual de endebles, pero podrían justificarse en una guerra entre las empresas eléctricas hinchadas de poder y un gobierno socialista en busca de implantar políticas sociales. Pero resulta que Ribera no es la titular de Industria, sino la ministra de Transición Ecológica. Y el fracaso de sus explicaciones -ojo, que no es una tarea sencilla, ni mucho menos- están erosionando su imagen más que la del conjunto del Gobierno.

A corto plazo, esto es positivo para Sánchez. Pero a corto y largo plazo no. Porque no es más que una tirita que, de no ser retirada para aplicar un tratamiento más efectivo, puede gangrenarse afectando a más partes.

Primero a la correlación de fuerzas dentro del Gobierno, ya que la solución que a última de hora esbozó Ribera -la de valorar la creación de una empresa pública es una propuesta de Podemos que da alas a la formación morada y debilita al PSOE.

Y en segundo lugar porque, cada minuto que transcurre sin que Ribera acierte a explicar de manera comprensible lo que está ocurriendo aumenta la creencia de que las energías renovables no son el futuro porque causan el aumento de la factura de la luz. Un discurso muy peligroso que no solo puede ser el principio del final de la trayectoria de Ribera como ministra, sino que pone en un brete el flamante Ministerio que Sánchez creó nada más llegar al Gobierno en junio de 2018: Una cartera de Transición Ecológica que, tres años después, está perdiendo el crédito que se le presuponía ahora que el planeta lanza mensajes de alerta por el modelo productivo capitalista.

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