Saltivska en Járkiv, Ucrania, un barrio donde los vecinos viven temiendo los misiles

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Los habitantes del barrio más destrozado de Járkiv viven con miedo a los continuos bombardeos, sin apenas recibir ayuda humanitaria.

El barrio de Saltivka en Járkiv va siendo reducido a escombros, día a día, por las armas pesadas que aquí caen. El carbonizado mercado de Barabashova. Una iglesia ortodoxa rusa. El hospital de al lado. Incluso el Saltovsky Ice, un centro juvenil en el que los jóvenes solían jugar al hockey. Y luego apartamentos, almacenes, bares, tiendas de teléfonos celulares y ordenadores. Todo esto ha sido alcanzado por las bombas.

Un edificio gris de época soviética quedó como un queso Emmental fundido, se ve acompañado por una vistosa mancha negra y desdibujada, cortesía de las llamas que lo devoraron después del impacto. Poco más allá, un hombre deambula sin nadie a su alrededor. Y luego dos jóvenes, que se dan la mano y caminan rápido, mientras un guardián pasa la escoba, también rápido, para recoger los vidrios de un reciente bombardeo. No quieren hablar con los extranjeros. Nadie quiere.

Saltivka está cubierto de miedo y desesperación. Cuanto más hacia al norte, más sube este macabro termómetro del horror, pues crece la certeza de que lo que está en riesgo es la vida; los obuses ya no son un ruido, se ven. Un ejército profesional, el ruso, acosa este humilde barrio-dormitorio en el que antes vivía alrededor de medio millón de personas, mientras otro ejército, el ucraniano, también dispara a poca distancia, con una población que lo sostiene, pese a los pájaros que huyen en grupo despavoridos a cada lanzamiento.

Algunos intérpretes han dividido el área en tres sectores. A cada uno le corresponde un ‘checkpoint’, siendo el último el peor, donde los soldados y los milicianos están más nerviosos y los controles suelen ser más puntillosos. En otros, sobre todo poco antes de los disparos, los encargados de los puestos de control son más benevolentes. Pero incluso aquí Saltivka huele a una mezcla de pólvora, gasolina y neumáticos quemados que, a veces, se funde con un extraño olor de café y vodka.

"Nos ha asediado, la gente vive en la pobreza"

Anatoly tiene unos setenta años, los cabellos encanecidos, y una mirada desencantada. Era propietario antes de la guerra de un kiosco que ahora solo usa para reunirse con su amiga Lina, más joven pero que como él se quedó atrapada en este barrio. Ella de pie, él sentado, aprovechan para tomar el aire cuando, de día, encuentran un rato para asomar la nariz, siempre cerca del metro de Heroev Truda, tomar una taza de café en la calle, y respirar al aire libre.

Anatoly está indignado con Vladímir Putin, el presidente ruso. Pregunta cómo es posible que los haya arrinconado de esta manera, que vivan como indigentes. “Es muy asustador todo lo que ocurre. Es increíble lo que le está haciendo al pueblo ucraniano, nos ha asediado, la gente vive en la pobreza, creo que los saqueos comenzarán pronto, la gente tiene hambre, frío, no tiene ropa”, afirma el anciano.

Lina, que sonríe tibiamente cuando habla y dice que solo sobrevive gracias a la ayuda de unos voluntarios locales, cuenta que ella estaba viviendo en un edificio cerca, pero que ahora se ha ido de allí. “La razón es que allí no me siento segura, y no tengo agua, ni electricidad. Todo está destruido aquí. Mis hijos se fueron hace un mes, yo me he quedado por un familiar anciano que no puede moverse”, explica, cuando de repente la entrevista se interrumpe por el ruido de un obús. Lina se asusta y corre hacia el metro.

No es ese el caso de Anatoly, que inmediatamente dice “tranquilos, tranquilos”, y mantiene la taza de café en la mano mientras el resto se reincorpora y pasan unos soldados del ejército ucraniano. De las calles, en tanto, han desaparecido los pocos que se veían, aquí en este gran barrio, que antaño eran pueblos de campaña en los alrededores de Járkiv. Y regresa así el silencio, y se oye el murmullo de las hojas de los parques al ser acariciadas por el viento.

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