"El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca", por Marta Flich

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Arranca el curso político. Es hora de restaurar todo lo arrasado por años de recortes que ha agravado la pandemia y todos estaréis de acuerdo conmigo en que nos deberíamos alegrar. Nos alegramos ¿verdad? ¿Quién no se podría alegrar?

Decía Séneca que “no hay viento favorable para el que no sabe dónde va”.
¿Quién no se podría alegrar de la creación de empleo de calidad? El explotador y las políticas frustradas que por primera vez se sustituyen por inversión. ¿Quién podría no querer la igualdad de oportunidades, la cohesión social y territorial, la redistribución de la renta y la prosperidad frente a un crecimiento caprichoso, sesgado e injusto? El que gana con esa desigualdad o con la crispación que se genera. ¿Quién no querría ser solidario? El que tiene miedo y el que saca rédito político de ese miedo. ¿Quién querría mentir o inventar relatos o establecer post verdades para contaminarte y que mires al dedo y no a la luna? La política sin talento. Decía Kant que “Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros”.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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