Saber esperar no es debilidad o miedo sino confianza y sabiduría

“Quien no tiene paciencia no tiene posesión de su alma” – Francis Bacon [Foto: Getty Creative]

La paciencia tiene más poder que la fuerza”, dijo Plutarco hace siglos. Pero los siglos han pasado y ahora vivimos en una sociedad que se mueve a un ritmo frenético alimentada por una corriente de gratificaciones instantáneas, de manera que la paciencia era una virtud que estaba cayendo en el olvido. Hasta que llegó el coronavirus y puso en pausa nuestras vidas y el mundo.

Ahora no nos queda más remedio que esperar. Esperar que el virus pase con su carga de letalidad. Esperar que se relajen las medidas de confinamiento. Esperar que podamos retomar la normalidad. Esperar que abran las fronteras. Y si bien la espera puede generar aburrimiento y apatía, también es el terreno donde florece la paciencia, la reflexión y la sabiduría.

La factura de la impaciencia: estrés, frustración y malas decisiones

La frustración no es la llave de ninguna puerta. [Foto: Getty Creative]

En 2015, economistas de la Universidad de Columbia pidieron a un grupo de estudiantes de MBA que tomara una decisión muy sencilla: cobrar un cheque inmediatamente o esperar dos semanas para recibir una suma mayor. El 64,8% de ellos renunciaron a la ganancia y quisieron cobrar el cheque sin demora.

Esa impaciencia por cobrar no tiene mucho sentido desde el punto de vista económico, pero sí desde el punto de vista psicológico. Se denomina “sesgo del presente” e indica nuestra preferencia por obtener recompensas y emociones placenteras aquí y ahora, aunque retrasar la gratificación suponga una recompensa o un bien mayor.

También indica que hemos perdido la paciencia por el camino. En el mundo moderno nos cuesta esperar, lo queremos todo inmediatamente. Cueste lo que cueste. Aunque a menudo eso significa que nos cuesta tiempo de descanso y salud mental porque la factura a pagar por la impaciencia llega en términos de ansiedad, estrés, frustración y malas decisiones.

El aburrimiento también se ha convertido en nuestro enemigo. Cuando no tenemos nada que hacer buscamos algo con qué “matar el tiempo”. Así nos vemos inmersos en “una estimulación violenta y compleja de los sentidos, que nos hace progresivamente menos sensibles y, así, más necesitados de una estimulación aún más violenta. Anhelamos la distracción, un panorama de visiones, sonidos, emociones y excitaciones en el que debe amontonarse la mayor cantidad de cosas posible en el tiempo más breve posible”, como explicara Alan Watts.

Como resultado, caemos en un bucle de agitación, hiperactividad y desasosiego que nos condena a una frustración perpetua. El coronavirus y el confinamiento al que nos ha abocado, sin embargo, ha roto ese círculo vicioso. Nos ha mostrado que hay cosas que escapan de nuestro control y que no podemos hacer nada para evitarlo. Nos ha impuesto la paciencia. Y no es algo negativo.

La fuerza que nace de la paciencia

“La paciencia es el arte de la esperanza” - Luc de Clapiers [Foto: Getty Creative]

La vida nos pone a menudo ante situaciones que generan frustración y demandan una dosis extra de paciencia. Una encuesta encontró que una persona puede pasar 5 horas y 35 minutos al mes haciendo cola, lo que equivaldría a 6 meses de nuestra vida.

Por tanto, no es raro que investigadores de la Universidad de Houston hayan descubierto que las pequeñas frustraciones de la vida cotidiana pueden llegar a afectar más nuestro bienestar y salud física que los grandes problemas de la vida porque tienen un efecto acumulativo.

Al contrario, la paciencia, que es la capacidad para esperar y mantener la calma en situaciones que normalmente generarían frustración, se ha relacionado con un mayor bienestar y un estilo de afrontamiento positivo. Nos ayuda a amortiguar las emociones en situaciones estresantes, alivia la frustración, nos permite lidiar con los problemas de manera más adaptativa y facilita las relaciones interpersonales.

La paciencia también nos ayuda a conseguir nuestros objetivos y hace que nos sintamos más satisfechos cuando los alcanzamos, lo cual se revierte en una mayor satisfacción con nuestra vida en sentido general. De hecho, la paciencia no significa pasividad o resignación, sino que es fuente de poder. “La paciencia no es la espera pasiva. Es la aceptación activa del proceso necesario para obtener tus metas y sueños”, como dijera Ray A. Davis.

Ser pacientes implica no dejarse llevar por las circunstancias, sino esperar el momento adecuado. Se trata de esperar para actuar cuando llegue el momento propicio. Y mientras esperamos podemos dar un paso atrás para reorganizarnos, en vez de reaccionar impulsivamente.

Esa pausa nos permite retomar el control y reajustar nuestras prioridades, para tener más claro qué queremos y hacia dónde vamos. La paciencia puede ayudarnos a ver todo con perspectiva. Nos permite evaluar con detenimiento lo que sucede, sin que nuestro juicio se vea nublado por la imperiosa necesidad de hacer, correr, ganar, conseguir...

La paciencia también es el arma secreta de la perseverancia. Mientras el impaciente se da por vencido y renuncia rápidamente debido a la frustración que experimenta, la paciencia nos permite recuperar el aliento. Es la pausa que necesitamos para recobrar fuerzas y seguir adelante.

La paciencia como llave para la nueva normalidad

Saber esperar es una muestra de sabiduría y confianza en uno mismo. [Foto: Getty Creative]

Tenemos prisa por volver a la normalidad. Y es comprensible. Pero diferentes estudios publicados en The Lancet han advertido sobre la posibilidad de que se produzca una segunda ola de Covid-19 si nos precipitamos en relajar las medidas de distanciamiento social.

Ahora, más que nunca, la paciencia es clave. De hecho, el coronavirus y el confinamiento no solo están poniendo a prueba nuestra capacidad para esperar sino que también nos están brindando la oportunidad de disminuir el ritmo de un mundo demasiado acelerado. Tenemos la oportunidad de mirar nuestra vida de antes con otros ojos, quizá unos ojos más críticos, para cambiar lo que no nos gusta.

Podemos construir una nueva normalidad hecha a nuestra medida. Una normalidad en la que le hagamos espacio a la vida contemplativa que propone el filósofo Byung-Chul Han, una vida marcada por una atención profunda y sosegada que nos aleja del nerviosismo, la impaciencia y la hiperactividad para acercarnos al equilibrio, la paciencia y la resiliencia. Porque saber esperar nunca ha sido sinónimo de debilidad o miedo sino una muestra de sabiduría y confianza en uno mismo.


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