¿Cómo sé si visto bien?

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Photo credit: NBC
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Cuestionarse a uno mismo siempre es buena señal. Que un camino conlleve esfuerzo y complejidad también suele ser síntoma de recompensa a largo plazo. Aprender a comprar bien es un primer paso, el segundo es ir dejando de comprar progresivamente y darnos cuenta de que lo que tenemos es más que suficiente. Otra cosa es sentir si uno viste bien o no. Es una cuestión casi filosófica, y desde luego no tengo poder para señalar con el dedo y colocar a alguien en el grupo de los bien o mal vestidos. Nadie tiene esa autoridad.

Las revistas solían hacer una lista con las mujeres más chic del año, pero eso parece haber pasado a la historia porque los parámetros son muchos, los estilos otros tantos, y varios universos coexisten. A mí no me interesa nada cómo viste Rihanna, pero sí me gusta como persona. Paris Hilton es cursilísima, pero hay que darle el mérito de la coherencia: tiene unas constantes de estilo en las que cree y se siente cómoda. También hay personas sofisticadas pero maleducadas, que no me interesan nada y que da igual lo que lleven: cuando no eres amable, afeas todo lo que vistes.

Nadie tiene el poder de decirnos que vestimos bien o mal, porque la elegancia es un intangible que poco tiene que ver con el aspecto y mucho con el trato que damos a los demás. Vestirse bien va mucho más allá de seguir las tendencias y encajar en esta sociedad acelerada, caprichosa e impersonal. Apartarnos de la corriente nos acerca a lo profundo y lo personal.

+ Ser elegante no tiene tanto que ver con tu armario sino con tu cultura, educación, sensatez y generosidad.

+ Si vas bien vestida pero tu ropa está explotando a personas, animales y a la naturaleza, ese atuendo no es una armadura sino un cascarón frágil.

+ El estilo personal es, además de la ropa, la postura, los gestos, el modo de caminar. La actividad física ayuda a que todo siente mejor; es un rollo pero es así. Yo no soy nada deportista, pero he visto que a partir de cierta edad no es un asunto de vanidad, sino de salud.

+ Aquel refrán de "Quien a los suyos se parece, honra merece". La elegancia de nuestra abuela, tía o nuestra madre son inspiradoras , y una buena pista de cómo seremos (nos parecemos más de lo que creemos).

+ Cuatro palabras: espejo de cuerpo entero.

+ Encontrar nuestra silueta más favorecedora y ser leal a ella.

+ Tener claro para quién nos vestimos, y para qué. El sentido de la oportunidad nos hace ser prácticos, efectivos y respetuosos. Nos han vendido la discreción como un yugo, cuando en realidad nos soluciona la vida y centra la energía en lo que cuenta de verdad: nuestro trabajo.

+ Una vez investigada su parte sostenible, la moda está para divertirse, y para disfrutarla de verdad hay que perderle un poco el respeto. O sea: estar dispuesto a rozar tangencialmente lo excéntrico y lo vulgar.

+ Más que nuestro cuerpo, somos nuestra mente. Vestir bien también está en la energía: las exposiciones que visitamos, las conferencias que escuchamos, el interés que le ponemos a las cosas. Eduquémonos en la belleza.

+ Vestimos bien cuando damos buen ejemplo; cuando mandamos un mensaje liberador, meditado y sólido a las niñas que serán las mujeres del futuro.

+ La naturalidad siempre es elegante. No aparentar nada que no sintamos como propio; huir de la impostura, la doblez, la pretensión.

+ Ver la elección de una prenda como un compromiso, no una transacción. Ir más allá del pragmatismo. Por qué no pedirle a una prenda emoción, ideas, historia, sabiduría.

+ Todo puede resumirse de forma mucho más sencilla: para vestir bien hay que permitirse el lujo de pensar libremente.

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