De ruta por Mercadona, Lidl, el gimnasio y el mercado en el primer día sin mascarillas

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Un par de clientes con y sin mascarilla visitan un mercado de Madrid. (Photo: EFE/ Fernando Villar)
Un par de clientes con y sin mascarilla visitan un mercado de Madrid. (Photo: EFE/ Fernando Villar)

Un par de clientes con y sin mascarilla visitan un mercado de Madrid. (Photo: EFE/ Fernando Villar)

Son las 10 de la mañana y en Bravo Murillo, una de las calles más transitadas de Madrid, se respira vida a pesar del frío. Las temperaturas casi veraniegas de hace unos días han dado paso a la lluvia y a un frío de noviembre que parece que no pero cala en los huesos.

Los camiones descargan la mercancía, la gente aligera el paso para subir al autobús que los lleva al trabajo y otros, los que por lo que sea no trabajan a estas horas, empiezan la ruta por las tiendas de la zona: en pocos metros se concentran un Aldi, un Lidl, un Carrefour, un gimnasio y un gran mercado de abastos.

A simple vista es un día normal salvo por un gran detalle, después de dos años de pandemia, las mascarillas dejan de ser obligatorias en interiores.

En el Mercado Maravillas empieza a llegar la gente a cuentagotas para hacer la compra: un matrimonio de ancianos sube las escaleras mecánicas cargando con un carro y portando abrigos largos de color marrón mientras otros desayunan en el bar de la entrada un café en vaso largo y dos porras, como mandan los cánones.

Los que venden ajos, perejil y aguacates de estrangis a la puerta del mercado se saludan y colocan el género, siempre pendientes de las idas y venidas de la policía por la gran avenida que atraviesa la ciudad y que llega hasta Chamartín, casi a los pies de las Torres Kio.

Un par de clientes sin mascarilla aguardan a ser atendidos un mercado de Madrid, este miércoles.  (Photo: EFE/ Fernando Villar)
Un par de clientes sin mascarilla aguardan a ser atendidos un mercado de Madrid, este miércoles. (Photo: EFE/ Fernando Villar)

Un par de clientes sin mascarilla aguardan a ser atendidos un mercado de Madrid, este miércoles. (Photo: EFE/ Fernando Villar)

Dentro del mercado las mascarillas ganan por goleada. Algunos por costumbre, otros por si acaso, otros para taparse del frío, pero la gran mayoría de los consumidores y de los trabajadores llevan cubrebocas sin mayor problema.

Omar Zambrano es uno de los trabajadores de la tienda Galápagos, donde vende productos latinos y mexicanos. Cuenta que esta mañana le ha preguntado a su jefe si había alguna directriz sobre las mascarillas y que este le ha dicho que no, que haga lo que él considere. El jefe tiene cuatro puestos más en el mercado y a todos sus empleados les ha dicho lo mismo. De hecho, comenta que su jefe sí lleva mascarilla.

Raúl, de la carnicería Martín Caro, tampoco la lleva. Reconoce mientras despedaza unas costillas con un cuchillo de grandes dimensiones que está cansado de llevar cubrebocas: “Llevo dos años llevando mascarilla 10 y 12 horas al día. Así de paso me afeito que ya está bien”.

Comenta el carnicero mientras no levanta el ojo de la pieza de carne que cuando haya más gente puede que sí acabe usando la mascarilla para protegerse, sobre todo el sábado, día de más afluencia en el mercado.

Confiesa que tenía miedo de que el Gobierno incluyese los mercados y los supermercados en los lugares en los que sí había que seguir llevando tapabocas y que respiró aliviado al saber que no iba a ser así: “Yo estaba temiendo que nos pusieran en lo de tenerla obligatoria, estaba temblando. Pero bueno así por lo menos tenemos un momento de respiro”.

Se ha fijado Raúl en que casi todo el mundo lleva mascarilla “sobre todo gente mayor”. Explica que aunque no la lleve puesta ahora, si llega una persona con el cubrebocas puesto él se la pondría sin problema: “Si alguien viene con ella puesta pues me la pongo, no me cuesta ningún trabajo después de tanto tiempo. No hay que ser radicales en nada”.

Si alguien viene con ella puesta pues me la pongo, no me cuesta ningún trabajo después de tanto tiempo. No hay que ser radicales en nadaRaúl, carnicero del Mercado Maravillas

Flor María se agolpa detrás de su mostrador de productos latinos sin la mascarilla puesta y con una sonrisa de oreja a oreja. Al principio se muestra tímida y prefiere que no se grabe la conversación, luego se suelta y se sincera. Dice que después de dos años con ella puesta está “harta” de llevarla y manifiesta que “ya es hora de vernos las sonrisas, que seguro que también son vitaminas contra el Covid”.

Unos metros más adelante, en el pasillo central del mercado, otra mujer de unos 40 años se asoma al fondo de su pequeño local de comida. Señala que no lleva la mascarilla en ese momento porque está desayunando pero que ella la va a seguir llevando de momento hasta que acabe el mes, para ver qué pasa con los contagios “no vaya a ser que dentro de una semana todo suba y las tengamos que poner de nuevo”.

Jenny confiesa desde su puesto que no le molesta llevarla y que se ha acostumbrado a usarla, reconoce que no tiene miedo y que simplemente quiere esperar un poco más a ver qué pasa: “No sé si será miedo tanto como esperar la expectativa de qué van a hacer los demás”.

Reconoce la joven tendera que en la calle y en los restaurantes no lleva mascarilla y que quizá en un rato, si se anima, puede quitársela: “A lo mejor más tarde me la quito, ahora no me molesta, además hoy hace frío y así me cubro”.

Del mercado al gimnasio

A escasos metros del Mercado Maravillas está el gimnasio AltaFit de Cuatro Caminos. Los más viejos del lugar recuerdan con nostalgia que donde ahora se hace spinning y crossfit antes se veían películas en los Cines Cristal, cuyas inmensas letras azules siguen presidiendo la fachada.

Dentro del centro deportivo se puede ver cómo, donde antes había butacas y puestos de palomitas ahora hay bicicletas y máquinas de todo tipo. Aquí, al contrario que en el mercado, la mayoría no lleva cubrebocas. Huelga decir que antes de que no fuese obligatorio su uso ya había algún que otro señor musculado que no llevaba cubierta la nariz y la boca y que compartía con la sala sus sonoros alaridos y sus partículas víricas.

Sara, una de las empleadas del gimnasio, reconoce que la mayoría de los usuarios no lleva mascarilla: “Veo que hay gente que la lleva pero que se tapa la boca y se deja la nariz fuera. Va con la mentalidad de cada persona, imagino que así se sienten un poco protegidos. Incluso hay gente que la lleva en la barbilla apoyada”.

Reconoce la trabajadora del centro deportivo que antes muchos llevaban la mascarilla caída porque se bajaba cuando se hacía algún esfuerzo físico importante: “Para las actividades de alto impacto, que requieren hiperventilar bastante, es mucho más incómodo pero creo que la gente aquí en el gimnasio está concienciada de que si no es obligatorio no la trae”.

Veo que hay gente que la lleva pero que se tapa la boca y se deja la nariz fueraSara, trabajadora del gimnasio AltaFit Cuatro Caminos

En cuanto a los empleados, señala que la empresa les ha dado la libertad para llevarla o no y que ella, de momento, no la lleva. El volumen de personas que acuden por la mañana al gimnasio es muy inferior al que hay por las tardes por lo que a estas horas de la mañanas casi se puede usar cualquier máquina sin tener a nadie al lado.

Ya en los vestuarios, Anthony Salas reconoce que es un alivio entrenar sin cubrebocas porque es “un horror” llevarla. “Tenemos que ir quitándonos ya las mascarillas porque no podemos vivir toda la vida reprimidos”, señala este hombre con rastas mientras se perfuma después de ducharse y se acicala para volver a sus quehaceres diarios.

Félix, un joven que no llega a los 30 años, también se alegra de no tener que llevarla aunque reconoce que va a entrenar con una mascarilla en el bolsillo por si acaso hay alguna aglomeración de más.

“Personalmente es que he estado en cafés, bares, discotecas y aquí si hay buena ventilación, no hay problema”, señala mientras se quita la ropa de calle y se pone la de entrenar.

Cuenta también que, precisamente por tener que llevar mascarilla, ha entrenado más en casa: “Si haces fuerza vale pero si haces algo de cardio...”. Y añade: “También he hecho natación y era un coñazo porque obviamente dentro del agua no la llevabas pero al salir había que ponérsela y acababa empapada”.

En Lidl sí y en Mercadona, no

En frente del gimnasio AltaFit, cruzando un imponente paso de cebra de cuatro carriles que siempre dura menos de lo necesario, hay un Lidl. Este supermercado fue reformado meses antes del inicio de la pandemia y las cajas, antes más anchas, fueron cambiadas por una zona de cobro mucho más estrecha en la que es imposible mantener una distancia de seguridad apropiada.

Nada más entrar a Lidl se puede ver que las mascarillas también son mayoritarias, no ganan por goleada pero casi. Todos los empleados que atienden en caja llevan cubrebocas y casi todos los compradores, pocos a estas horas, también la llevan.

Davinia Álvarez, encargada al mando este miércoles, explica que la empresa les ha dicho que tienen libertad para llevarla o no llevarla “pero que nos cuidemos”.

“Ahora mismo está vacío pero suele haber mucha gente. Hemos decidido llevarlas porque ya no hay cuarentenas, yo personalmente veo que los casos todavía siguen subiendo”, cuenta Álvarez en una mini entrevista entre el pasillo de la fruta y la panadería mientras otro trabajador amontona palés de pan de molde en una estantería.

Reconoce que antes de que no fuesen obligatorias ya había gente que se saltaba la norma y a la que había que llamarle la atención. Ella, de momento, va a seguir llevándola: “Yo me he librado del Covid pero mis familiares no. Al principio de la pandemia lo pasé muy mal, los que trabajábamos en tiendas parecíamos ya infectados y si se contagiaba alguien ya pensabas que podía ser culpa tuya”.

Prefiere “curarse en salud” y que cada persona obre en conciencia: “Hoy somos cuatro y los cuatro la llevamos. Hemos llegado a estar sin gente por los contagios, lo hemos pasado muy mal, se han tenido que intercambiar personas de una tienda a otra por la falta de personal”.

También se aferra al hecho de que el virus todavía no está erradicado. Cuenta que leyó en las noticias que en las últimas horas había 72.000 casos de coronavirus y que “no son 500 personas”.

Hemos decidido llevarlas porque ya no hay cuarentenas, yo personalmente veo que los casos todavía siguen subiendoDavinia Álvarez, encargada de Lidl

Atravesando la calle Almansa, antes de llegar a los campus que forman la Universidad Complutense, hay un Mercadona recién reformado. Pasó de ser un local estándar a ser uno de esos modernos en los que se puede comprar comida para llevar, prepararte tu propia ensalada en un táper y salir a comerla fuera.

Al contrario que en Lidl, casi todos los empleados de Mercadona se han quitado la mascarilla. Los usuarios, al igual que en Lidl y en el Mercado Maravillas han optado en su mayoría por dejarse puesto el cubrebocas.

Fuentes del gigante valenciano han comentado a este medio que la empresa ha dejado a la elección de los trabajadores el uso de la mascarilla pero que recomiendan a aquellos empleados mayores de 60 años, a las embarazadas y a los inmunodeprimidos que sigan usándola.

El lío de mascarillas sí y mascarillas no ha provocado situaciones pintorescas de todo tipo. Un hombre de unos 35 años ha entrado a Mercadona con su mascarilla quirúrgica típica de color azul, ha mirado a los lados y cuando ha visto que los empleados no la llevaban se la ha quitado para llevar a cabo su compra con un resoplido de alivio. El mismo resoplido de alivio que han dado muchas otras personas cuando los dependientes de otros lugares sí llevaban la mascarilla puesta.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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