Ronald Koeman: auge y caída del mito de Wembley

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EIBAR, SPAIN - MAY 22: Head coach Ronald Koeman of FC Barcelona reacts during the La Liga Santander match between SD Eibar and FC Barcelona at Estadio Municipal de Ipurua on May 22, 2021 in Eibar, Spain. (Photo by Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images)
Photo by Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images.

Ronald Koeman ha pasado de mito idealizado a problema enquistado en nueve meses, y de problema a (única) solución en cuatro semanas. Porque Ronald no es el entrenador que Joan Laporta quería para refrescar la cara del Barcelona, pero seguramente sea la única opción viable dentro del marco culé. Porque el club no puede acceder a ningún otro, ni tampoco puede quedarse sin él, mayormente.

Cómo será la situación si Xavi Hernández, más culé que el escudo, decidió hacer oídos sordos al equipo de su vida. Será porque antes incluso que barcelonista y entrenador es persona y no debía andar muy desencaminado al pensar que no era el momento de implicarse con el club en construir un proyecto común que gozara de tiempo, confianza y recursos. Detrás de ese “aquí no hay temporadas de transición” de Laporta se escondía un mensaje lo suficientemente tóxico para que el hijo pródigo no pusiese en riesgo su destino.

Empecemos con algo de culturilla para explicar que el Barcelona es un club que vive anclado en sus recuerdos. Para ilustrar el ascenso y la caída de Koeman, voy a recurrir al mito de Perséfone, hija de Deméter y Zeus –porque en el Olimpo y en la mitología griega, como en el Barça, todo viene del mismo sitio– y su caída al Inframundo a manos de Hades. Desde Wembley, su panteón, Ronald creía que siempre tendría su propio mito dentro de la historia culé. Estaba en lo cierto… hasta que volvió a formar parte de la historia culé.

Partiendo de la base de que la esencia del mito bebe de la oralidad y que su popularización radica en la facilidad que las grandes gestas han tenido a lo largo de la historia para colarse en la vida de la gente, viajando de boca en boca y de generación en generación, el caso de Ronald Koeman, como mito en sí mismo del imaginario del barcelonista, no iba a ser una excepción.

El mito es simbolismo, antigüedad, tradición, creencia y fe. Cuentos de dioses en otros tiempos, cuando solo unos pocos elegidos tenían acceso a lo extraordinario, que se incorporan a la memoria colectiva y se mezclan con el tejido que conforma la cultura de las sociedades. Con los años, el mito ha ido dejando de serlo, documentándose, banalizándose y a día de hoy hasta devaluándose a 140 caracteres (o cualquiera que sea el nuevo límite). Koeman era mito en el recuerdo y dejó de serlo en Twitter.

Si hiciésemos el esfuerzo de imaginar a Ronald en la figura de Perséfone, nada menos que la diosa de la primavera, primero, y la reina del Inframundo, después, identificaríamos la relación distante que mantenía con los suyos tras tocar el cielo: retirado del ruido, descansando de la gloria en su jardín, encumbrado a una categoría que solo pertenece a los que hicieron cuando todavía nadie había hecho. Tranquilo, en tanto que lejos del Barça.

Hasta que Hades, santo y seña de los bajos fondos (personalice el lector en la figura que considere oportuna), le sacó del paraíso para arrastrarle al Inframundo. Vaya, al caos institucional que ha sido el Barcelona en los últimos tiempos. El neerlandés aceptó bajar a los infiernos y cargar sobre su espalda con un saco de problemas a riesgo de humanizar su figura, lo que significa exponerse a corromperla.

Y así ocurrió. Koeman dejó de ser leyenda para convertirse solo en entrenador. Tanto que, para muchos, ya ni siquiera marcó el gol.

Cambiando la mitología por la religión, recurro a Albert Morén, que es algo parecido a la Biblia, y dice que en el Barcelona “el modelo deportivo del club y del equipo sobrepasa a la figura del entrenador”. Un peón al servicio de una misión superior. Poco importa qué consiga mientras el cómo sea una de las principales justificaciones de la consecución.

Koeman es un entrenador con pocos ‘qués’ y cuestionados ‘cómos’. Difícil balance de resultados si quiere recuperar el estatus que tuvo que dejar atrás al sentarse en el banquillo del Camp Nou. Cuando eres entrenador del Barça, da igual quién seas o de dónde vengas. Solo eres entrenador del Barça.

Bueno, pensándolo mejor, tal vez tengas algo más de cancha si naciste en Sampedor.

Y es que el ‘cruyffismo’, reducido al legado de Guardiola, es un imposible. En otro momento nos detendremos a explicar la carga que supone marcar la obra de Pep como norma. Hoy, por resumir, diremos que tratar de imitar el Barça 2009-2012 es tratar de imitar los detalles de La Piedad de Miguel Ángel. Lo dicho: imposible.

Por tanto, la filosofía del Barcelona es un esquema mental cada vez más limitante y excluyente. Lo que era una cultura desde la que abrirse, identificarse y reconocerse ante el mundo ha pasado a ser una trinchera desde la que aislarse de él. El Barça compite contra sí mismo.

En este punto, cabe añadir que la definición del modelo está totalmente limitada por la situación económica del club. La dirección deportiva se mueve en unos márgenes mínimos para gestionar una plantilla repleta de parches, cada vez más castigada por el trauma de la derrota y en la que cada año pesa más la carga de Leo Messi. Más nietzscheana que Nietzsche en lo de ver morir a Dios, jornada a jornada, temporada a temporada. Aunque ese también es otro tema.

Koeman se dio de bruces con la situación más difícil de los últimos años, precisamente por lo de empezar a asumir el adiós de Messi. Un trauma que nadie está preparado para atravesar, pero que se cierne sobre la institución irremediablemente.

Barcelona's Dutch coach Ronald Koeman (R) celebrates with club president Joan Laporta at the end of the Spanish Copa del Rey (King's Cup) final football match between Athletic Club Bilbao and FC Barcelona at La Cartuja stadium in Seville on April 17, 2021. (Photo by CRISTINA QUICLER / AFP) (Photo by CRISTINA QUICLER/AFP via Getty Images)
Photo by CRISTINA QUICLER/AFP via Getty Images.

Con todo y con eso, Ronald hizo un buen trabajo. Consiguió que el Barcelona volviese a sonar por su fútbol, más competitivo que conceptual, y no solo por sus escándalos. Superó el proceso de prueba y error que el entrenador necesita como si se tratase de una contrarreloj, en una de las temporadas con menos tiempo para la preparación, el aprendizaje y la recuperación. Superó las lesiones de lo que empezaban a ser sus cimientos estructurales en pleno levantamiento, Piqué y Ansu Fati, y consiguió canalizar una idea que conectaba al colectivo, con piezas ensambladas, roles desarrollados, jóvenes inesperados y dibujos poco comunes en Can Barça.

Aunque Leo tardó más de lo habitual en afinar la puntería, los goles terminaron por entrar. El Barça volvió a estar ahí, a la caza de un Atlético inalcanzable, devolviéndole la mirada a un PSG por mucho que ya hubiese ganado la eliminatoria y con ese par de bolas de break que los equipos grandes suelen tener que sacar del fondo de la pista alguna vez por temporada salvadas. De Jong había llegado. Y Griezmann. Y Dembélé. Busquets y Jordi Alba habían vuelto. Pedri, Araújo, Dest y Mingueza habían irrumpido. Koeman tenía un equipo. Y a Messi.

Esto significa tiempo, por lo menos, para llegar vivo a mayo, que es cuando los de arriba toman las decisiones. A partir de ahí vuelven a cambiar las reglas y rige otra máxima: si no has ganado, por mejor que lo hayas hecho, has perdido. Aunque a veces pienso que si la final de la Champions se jugase en febrero, seguro que algún equipo campeón se planteaba echar a su entrenador a poco que se descolgase de su competición doméstica en las dos semanas siguientes.

Koeman ganó una Copa del Rey de la que nadie se acuerda cuando otros ganaron la Liga, de la que a su misma vez nadie se acuerda cuando otros ganaron la Champions, de la que probablemente tampoco nadie se acordará en siete días cuando empiece la Eurocopa. Esto funciona así.

Como ganó poco, pronto y a su manera, porque en efecto el Barça se cayó durante el tramo final, acusando graves errores individuales y gestiones deficitarias de los partidos, tanto en el campo como desde el banquillo, el fin del curso trajo un impás para “reflexionar”, que lo llama ahora Laporta. Y la reflexión dejó en evidencia que Koeman no era su entrenador. No era la cara visible que el presidente quería para su proyecto renovado y sanador ni la imagen que necesitaba para romper con la herencia anterior.

El neerlandés no cabía en los nuevos planes de Laporta. Estaba decidido. Mientras, los técnicos de la élite más codiciados iban reservando sitio en clubes de todo el mundo como si formaran parejas de pádel. Pocos reparaban en Can Barça y los que lo hacían advirtieron rápido que no estaba el horno para bollos: que en el Barcelona no habría fondos siquiera para abordar la indemnización, una más, del que estaba por salir.

Y fue la realidad del club la que terminó por resolver el periodo de reflexión de Laporta para decirle que Ronald sí cabía. Es el único que cabe, de hecho. Que el que sobra porque se ha quedado sin pareja, el vecino del 5º, ese que no ha jugado demasiado, que se presenta a los torneos con zapatillas de running y camisetas de publicidad, está esperándote, por si queréis intentar conseguir esa paletilla juntos. Que oye, por lo menos hay confianza.

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