Cuando un rompehielos ruso atraca en el Polo Norte

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Con su pipa en la boca, el impasible capitán Dmitri Lobusov hace sonar la señal de su enorme buque. Los pasajeros se preparan: aunque no puedan verlo, han llegado a su destino, el Polo Norte.

Imposible echar el ancla en la profundidad del océano Ártico, por lo que la tripulación busca una placa de hielo suficientemente espesa para arrimar el buque cerca del polo geográfico, a 90 grados de latitud norte.

Reduciendo su marcha, el rompehielos nuclear ruso "50 let Pobedy" (50 años de la Victoria), con una periodista de la AFP a bordo, va a inmovilizarse.

"Virad más a babor, vamos a atracar allí", ordena el capitán a su oficial de puente, la joven Diana Kidji, de 27 años, la única mujer con este rango en la flota de rompehielos nucleares rusos.

Después de media hora de maniobras, el gigantesco buque rojo y negro se detiene cerca del polo. "La felicito", dice el capitán a su segunda, mientras le estrecha la mano antes de abandonar el puente de mando.

Los pasajeros, algunos de ellos estudiantes de instituto, desembarcan sobre el hielo para sacarse selfis en el extremo más septentrional del planeta.

Pero hay que apresurarse, porque la banquisa está en perpetua deriva sobre las corrientes árticas y es imposible quedarse en el Polo Norte.

- Como 75 motores de F1 -

Tras zarpar de Murmansk, en el noroeste de Rusia, el barco de casi 160 metros de eslora tardó tres días y medio en cruzar los 2.400 kilómetros hasta el polo.

El viaje, únicamente posible en verano, es más sencillo por el derretimiento del hielo causado por el cambio climático.

No obstante, incluso en verano, la tripulación de 95 personas se mantiene al acecho para evitar los bloques de hielo más espesos que ralentizarían su navegación.

Para ello, los oficiales en el puente están en contacto permanente con los de la sala de control, en el corazón del barco, que frente a sus ordenadores vigilan el funcionamiento del reactor nuclear.

"Tenemos un total de 1.144 parámetros por controlar y otros tantos sensores distintos que hay que verificar regularmente", sonríe el jefe de máquinas, Vladimir Yudin, de 60 años.

Él es el responsable del motor de 75.000 caballos, una potencia equivalente a la de 75 coches de Fórmula 1.

El buque está diseñado especialmente para romper el hielo: en la proa del casco, bajo la línea de flotación, tiene forma "de cuchara", explica el capitán Lobusov.

"Esto nos permite engancharnos menos y tener mayor capacidad de franqueo", indica este hombre siempre serio, que se ha pasado casi 30 de sus 57 años en el Ártico.

El casco también está recubierto de acero inoxidable para deslizarse más fácilmente sobre la banquisa e intentar asustar menos a los osos polares.

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