Al Romanticismo inglés le gustaba Calderón de la Barca

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<span class="caption">Representación del auto sacramental «La vida es sueño», de Calderón de la Barca, por la compañía La Barraca, con decorados de Benjamín Palencia en la Universidad Central de Madrid (25 de octubre de 1932). Fotografía anónima. Colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España</span> <span class="attribution"><a class="link " href="https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Fotograf%C3%ADa_an%C3%B3nima_MNCARS_9.jpg" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Museo Reina Sofía / Wikimedia Commons">Museo Reina Sofía / Wikimedia Commons</a></span>
Representación del auto sacramental «La vida es sueño», de Calderón de la Barca, por la compañía La Barraca, con decorados de Benjamín Palencia en la Universidad Central de Madrid (25 de octubre de 1932). Fotografía anónima. Colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España Museo Reina Sofía / Wikimedia Commons

Es posible afirmar que el dramaturgo madrileño Pedro Calderón de la Barca fue uno de los máximos exponentes de la literatura del Siglo de Oro español. Aunque existen dudas en cuanto a su superioridad en la escritura de comedias frente al prolífico Lope de Vega, estas se disuelven cuando hablamos de su destreza en el manejo del género sacramental.

Este género, originado en los misterios medievales, se caracteriza por contar con textos breves en verso de temática religiosa, principalmente sobre la eucaristía y la redención, aunque también tienen espacio las vidas de santos.

En los autos sacramentales se utiliza la alegoría para llevar a escena personajes abstractos como el Pecado, el Demonio, el Albedrío, los sentidos o los continentes geográficos. Su representación tenía lugar durante las festividades del Corpus Christi de las principales ciudades españolas junto a pasacalles y celebraciones de gran ostentación y alegría para el pueblo llano.

Calderón de la Barca en el XIX británico

Si Calderón llevó el auto sacramental hasta lo más alto durante el siglo XVII, la racionalidad y el cambio en los gustos estéticos de la Ilustración y el Neoclasicismo lo rechazó, considerando una perversión la celebración de aspectos religiosos “privados e íntimos” mezclados con asuntos profanos y representados entre la algarabía popular.

Un siglo más tarde, en el XIX, desde Alemania (precisamente donde se inició el Romanticismo), los hermanos Schlegel redescubrieron al Calderón escritor de autos. Desde allí, el interés por esta aproximación cultural y literaria que fue el movimiento romántico se expandió por el resto de Europa, llegando así a Gran Bretaña.

A priori, la situación de las piezas sacramentales resultaba complicada: Calderón de la Barca había sido señalado como un literato conservador (también podemos recordar que fue cura), escribiendo sobre cuestiones de fe católica. Lo lógico sería que no hubiera despertado interés alguno entre los revolucionarios románticos, con ideas más transgresoras sobre la literatura, la cultura y la vida en general.

Sin embargo, no fue así: tres de los autores más destacados del Romanticismo inglés, Robert Southey, Samuel T. Coleridge y P. B. Shelley se sintieron atraídos por su obra sacramental, aunque con opiniones dispares.

Southey, Coleridge, Shelley y… Calderón

En Omniana, primera obra de notas misceláneas, el hispanista Robert Southey sintetiza el argumento del auto Psiquis y Cupido de Calderón, sin incluir valoración alguna. Sin embargo, sí lo hace en su correspondencia personal, donde desprecia los autos en general (que ha leído) por la enorme influencia que la doctrina católica ejerce sobre sus versos.

A pesar de su profesión como crítico literario y eminente hispanista, Southey no es capaz de desvincular poesía y fe (era anglicano), algo que también afea a Lope de Vega, y por ello fracasa en su interpretación de estas obras calderonianas.

Coleridge ya anticipa su entusiasmo por Calderón cuando comenta entre sus conocidos que puede compararse incluso con Shakespeare (algo muy destacable teniendo en cuenta la adoración que recibe el bardo inglés entre sus compatriotas).

El autor británico, que no manejaba apenas el español, no pudo tener contacto directo con la obra de Calderón. Pero sí lo tuvo a través de las lecturas en voz alta de fragmentos traducidos, tanto de comedias como de autos, a las que acudía en casa de los Gisborne (ella sobre todo, Maria Gisborne, fue una excelente hispanista).

Además, en su obra Aids to Reflection, donde compila aforismos morales y religiosos, Coleridge expresa su intención de retirarse a leer La devoción de la cruz (comedia calderoniana) al lado del mar.

También colabora en la redacción de notas en Omniana, donde, después de haber leído el resumen de Psiquis y Cupido de Southey, se lamenta de que su amigo no haya traducido / resumido más autos. Es capaz, así, de concebir a Calderón como un poeta y disfrutarlo desde el punto de vista puramente estético y literario, sin recelar de sus obras por divergencias en su visión de la religión.

P. B. Shelley manifiesta abiertamente su adoración por Calderón y afirma que ha leído los 72 autos al menos dos veces (algo que, por la magnitud de la tarea, puede ponerse en entredicho). No obstante, sí parece cierto que aprendió español para poder leer al dramaturgo en su lengua original. De hecho, traduce algunos pasajes de la comedia La cisma de Inglaterra.

El británico, autor de ideas profundas, a veces echa de menos estas características en la obra de Shakespeare, pero las encuentra presentes en Calderón. Alaba las posibilidades que ofrece la unión de música y religión en los autos, pero critica la rigidez que imponen a este teatro la personificación de figuras alegóricas y su pretensión didáctica, algo que contrasta con el didactismo de muchos de sus poemas. La forma de entender la literatura y escribirla entre Shelley y Calderón era posiblemente más cercana de lo que el propio autor inglés pensaba.

Parece, entonces, que el interés de Shelley por Calderón procedía de la comedias más que de los autos.

La estética por encima de las ideas

De cualquier modo, en mayor o menor medida, Southey, Coleridge y Shelley acceden a las piezas sacramentales de Calderón dos siglos después de haber sido escritas, desde un contexto literario y religioso con destacadas diferencias.

En cada uno de ellos podemos comprobar modos de acercarse al acontecimiento artístico. También podemos ver cómo, en muchas ocasiones, nuestras ideas y concepciones sobre la vida influyen negativamente al impedirnos contemplar y valorar una muestra de literatura como lo que realmente es: una manifestación estética a través del lenguaje.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Davinia Rodríguez Ortega recibe fondos del proyecto “La literatura hispánica en la prensa periódica británica del Romanticismo (1802-1832): Apropiación y reescritura del canon” (ref. RTI2018-097450-B-I00), financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España.

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