Rocío Quillahuaman: “Me he adaptado a la gente blanca, pero tampoco acabo de encajar”

Rocío Quillahuaman (Photo: CEDIDA)
Rocío Quillahuaman (Photo: CEDIDA)

Rocío Quillahuaman (Photo: CEDIDA)

Muchos autores dicen que escribir es, para ellos, una terapia. A Rocío Quillahuaman (Lima, 1994) –que no se considera escritora, ilustradora o animadora, pero lo hace todo– le pasó al revés: su primer libro, Marrón (Blackie Books), le obligó a ir a terapia. Marrón son las memorias que Quillahuaman aceptó escribir en 2019, pensando solamente en que, al compartir su historia, otras niñas ‘marrones’, migrantes o hijas de migrantes, faltas de referentes, podrían sentirse menos solas. Es lo que a ella le habría gustado encontrarse cuando llegó a España con 11 años, en lugar de al agente de seguridad que desgarró a su peluche de Winnie the Pooh en busca de droga en el aeropuerto de Madrid.

En su entrevista con El HuffPost durante una breve visita a Madrid, Quillahuaman, que reside en Barcelona, reconoce que esa “inmersión en el pasado” que lleva a cabo para escribir el libro ha sido “bastante dura”. Ella, que en sus populares animaciones chilla críticas mordaces cargadas de ironía, asegura ser introvertida en la vida real. La pequeña de tres hermanas, con un padre ausente y una madre con trabajos extenuantes y precarios, Rocío Quillahuaman no tuvo una infancia fácil en Lima (Perú); la adolescencia, ya en Barcelona, estuvo marcada por la sensación de no encajar, entre sus amigas con las que debía adaptar su acento, el resto de chicos latinos del instituto con los que no debía juntarse y su familia, ante quienes debía seguir siendo una chica modélica y mantener, además, su ‘peruanidad’. 

Todo esto se cuenta en Marrón con humor, pero también con mucha rabia. El título sale de un artículo que la también peruana Gabriela Wiener publicó en 2020, aunque Rocío Quillahuaman ya había tenido por aquel entonces su “epifanía marrón” –como lo bautizó una de sus lectoras en la presentación del libro en Madrid–. Fue en un momento en el que Quillahuaman se dijo: “Pues sí, soy marrón, y ya está, no pasa nada”. 

¿Hasta qué punto te han marcado tus orígenes, tu realidad como migrante, el hecho de ser marrón, ser hija de una mujer que se dedica a limpiar casas y cuidar ancianos? 

Me ha marcado mucho; es una constante, no puedo escapar de eso. Intento hacer vida ‘normal’, no estar concentrada en eso, pero a veces voy a sitios y me lo recuerdan, o estoy en un sitio y me acuerdo yo. No sólo depende de mí, sino también de los estímulos externos que hay. Está presente en mi vida; en el libro hablo de eso porque es lo que está en mi cabeza y es lo que soy.  

De manera creativa, siempre estoy pensando en que si hago un corto, si hago una peli, será de historias como esta. Ahora quiero hacer un corto sobre mi madre y su historia. Ella es de Cusco, es cusqueña, y al final todo está relacionado con eso. Si un día hiciera una peli, también tendría que ver con Perú. Imagínate cómo lo arrastro, que hasta a nivel creativo me lleva por este camino. 

No puedo escapar de mis orígenes

Dices que siempre suele haber alguien para recordártelo, aunque a veces no de forma tan evidente, sino como algo más sutil, más aparentemente inocente. En el libro cuentas cómo de pequeña, ya en España, se celebraban tus logros al considerarse inesperados en personas migrantes, o cómo te hacían ver que, bueno, tú no eras como el resto, y que además debías destacar por encima de la media para distinguirte. ¿Cómo se lleva esto? 

Esto me pasaba sobre todo en el cole. Esta necesidad de marcar la diferencia para pertenecer. A mi familia le chocó mucho que yo pasé de ser una niña supercorrecta, callada, quieta, como en la portada del libro, a de golpe hacer animaciones en las que gritaba, decía tacos… todo este paso fue muy importante para mí, toda esta catarsis de dejar de ser la niña correcta, que todo el mundo esperaba que fuera educada, que sacara buenas notas, que todo lo hacía bien, que no se salía de la raya al colorear, a de golpe hacer todo lo contrario, que es lo que hago ahora. Para mí fue una especie de revolución, fue muy importante. 

Rocío Quillahuaman (Photo: CEDIDA)
Rocío Quillahuaman (Photo: CEDIDA)

Rocío Quillahuaman (Photo: CEDIDA)

En tu entorno, con tus amistades en España, ¿cuándo lograste abrirte de esta manera, contarles cómo era tu vida en Perú y lo que supone ser migrante? 

Como siempre me he relacionado con gente blanca, siempre he intentado adaptarme a ellos. Hay un montón de cosas a las que me gustaría hacer referencia, pero que aquí no se entienden porque son más de la cultura de allí. Al final, me he adaptado a aquí, para relacionarme aquí y buscar encajar aquí, aunque luego tampoco acabo de encajar. Espera… ¿cuál era la pregunta? 

Cuándo te atreviste a contar tu historia.

Ya… Lucía Lijtmaer tenía un festival, ‘Princesas y Darth Vaders’, y me escribió para hacer un monólogo por primera vez, yo ya la admiraba mucho a ella’. Esta es la primera vez que recuerdo que dije: voy a contar mi historia. Era con humor, pero por primera vez me senté y dije: voy a contar cosas. A partir de ese texto, hice los primeros vídeos relacionados con mi vida, con temas como racismo, mi madre. Fue la primera vez que dije: esto soy yo, y es importante, son cosas que quiero contar. Durante mucho tiempo era un ruido que no quería sacar, pero ahí empecé a mirar hacia atrás, poco a poco, con mucho cuidado. Luego ya con el libro fui a saco, pero bueno, el libro surgió en realidad del monólogo. Fue muy guay.

Como siempre me he relacionado con gente blanca, siempre he intentado adaptarme, aunque luego tampoco acabo de encajar

¿Dirías que ahí también empezó tu compromiso antirracista? Ahora te has significado en ese sentido.

Me gusta tratar estos temas porque al final es mi día a día, mi identidad; pero por ejemplo, no me considero activista, soy supervaga. ¿Conoces a ‘Hija de inmigrantes’? Ella sí que es activista, hace campañas, hace acciones, está activa. Yo la miro, y la admiro por lo que hace, y pienso ‘¡uauh!’. Yo trato temas que forman parte de mi vida, cosas que comparten muchas otras personas, y me gusta pensar que pueden sentirse acompañadas con lo que cuento. Pero sólo me da la energía y la vida para eso.

Hace tiempo publicaste una animación pidiendo la firma de la iniciativa legislativa popular por la regularización de migrantes. ¿Qué reacciones hubo? ¿La gente sabía de lo que hablabas? 

La verdad es que tenía un poco de miedo, porque cuando tienes muchos seguidores a veces no sabes por dónde van a salir, y ya he tenido alguna experiencia bastante desagradable con gente que me seguía. En este caso fue superbién, se recibió bastante guay, y yo estaba supercontenta. Trataría más estos temas en vídeos, pero por otro lado estaba esperando al libro para tratarlo ahí. 

¿Cuáles han sido esas experiencias desagradables en redes por tus vídeos, por qué han ocurrido? 

Bueno, eso es en general. Igual por algún vídeo hablando sobre política, que precisamente ya no los hago por eso. Lo que pasa es que ahora estoy muy protegida en Instagram, tengo todo protegido, no puedo recibir mensajes, los comentarios están limitados a seguidores, porque una vez hice un vídeo sobre política y recibí bastante hate [odio]; bueno, hate, recibí comentarios muy desagradables y dije: hasta aquí. Pero tampoco pasa nada. Ahora trato otros temas en las animaciones, pero estoy bien, estoy cómoda. 

Cuentas en el libro que, a diferencia de tus amigos, no eres capaz de ver a una señora mayor cualquiera, catalana o española, y sentir automáticamente ternura por ella. ¿Por qué?

[Se ríe.] Esto es porque mi madre trabaja cuidando señoras, ha cuidado a muchas toda su vida, trabaja desde los 8 años. A través de ella, he vivido lo que ella ha vivido. A veces hay señoras que son agradables y otras veces no. Mi madre ha tenido bastante suerte en general, pero sabe historias de otras mujeres que no. Cuando veo a señores mayores desconocidos, no siento ese repentino cariño, porque pienso: ¿quién lo estará cuidando y cómo estará tratando ese señor a esa persona? 

Cuando veo a algún señor mayor desconocido, pienso: ¿quién lo estará cuidando y cómo estará tratando él a esa persona?

En una entrevista decías: “Solo digo que si te hacen una entrevista digas de dónde vienes, quiénes son tus padres, dónde estudiaste, etc. Explica esas cosas y así sabemos quién eres y nadie se va a acomplejar ni a perseguir algo que no va a lograr”. Tú ahora lo has hecho, lo has contado todo, pero se puede decir que te va bien. ¿Se te podría ver como un ejemplo de meritocracia? 

Lo de mis animaciones fue muy repentino, yo casi lo llamo suerte. Siempre que hago una charla, dejo claro de dónde vengo, cuál es mi background, cómo vinimos mi familia. Explico que lo de que me vaya bien a mí no tiene nada que ver con que me lo haya currado más o menos. Mi madre lleva muchísimos años trabajando aquí, cuidando un montón de gente, limpiando un montón de casas, y no le va mejor por trabajar cada vez más. Si eso fuera verdad, ella vería un resultado, mi madre tendría su propia casa si eso fuera así. En cambio, yo tuve lo de las animaciones, funcionó bien y ahora me va mejor que a mis hermanas, que también trabajan muchísimo, por muy poco, y no están en una situación como la mía.    

A estas charlas suele venir gente joven, interesada en temas creativos, y siempre les digo que lo que me ha pasado a mí no es habitual, que la meritocracia no es real, vamos, y que mucha gente migrante, cuando llega aquí, no se encuentra lo que me ha pasado a mí. 

La meritocracia no es real. Mi madre lleva muchísimos años trabajando aquí, cuidando un montón de gente, limpiando un montón de casas, y no le va mejor por trabajar cada vez más

Criticas la falta de referentes latinos en España. ¿Esto ha cambiado, o sigue habiendo esa especie de determinismo según el cual si eres hijo de migrante estás destinado a trabajos considerados de segunda? 

A mí me siguen faltando referentes. Cuando sale una serie, estoy pendiente y no encuentro todavía eso. Pienso en mis sobrinas, que nacieron en Perú pero vinieron aquí de niñas, y creo que cuando crezcan van a tener dudas igual que yo. El otro día, firmando libros en Barcelona, vino mucha gente que me decía que había vivido lo mismo, aunque hubiera llegado más pequeña a España. Esto me preocupa, seguramente tendrán las mismas inquietudes que yo. 

En realidad es muy triste conformarse con tan poco, pero bueno, en redes sociales veo que hay una o dos influencers que son migrantes, y bueno… ¡Pero es muy poco todavía! Ese es otro tema: ¿por qué hay tan pocos influencers racializados? Pues por lo mismo de siempre. Ahora pienso en un par, pero al mismo tiempo siento que me estoy conformando con poquísimo, porque en general siempre son gente blanca. 

Decías en una presentación en 2019 que tus circunstancias, tu vida, te hacían estar obsesionada con el dinero. 

[Se ríe.] Sí, sí, tal cual, es así. 

¿Esto te sigue ocurriendo o ya has desconectado esa ‘alarma’?

Ya he aceptado que siempre voy a estar obsesionada con esto. Y es por mi madre; no porque ella esté obsesionada con el dinero ni nada de eso, sino porque sé que siempre voy a tener que cuidar de ella, y quiero cuidar de ella además, y siento que siempre me va a faltar dinero para eso. Vamos a envejecer las dos y no vamos a tener dónde estar porque no tenemos una casa, no sé cómo va a ser su jubilación habiendo sido cuidadora, y no sé tampoco qué jubilación voy a tener yo siendo autónoma. No sé qué va a ser de nosotras dos. 

El dinero me obsesiona en esa medida; es una realidad de mucha gente migrante que viene aquí y que sus padres no tienen casas. Es una precariedad muy distinta de la precariedad de la gente que, por ejemplo, vive aquí, sus padres tienen casa, y a unas malas se pueden volver ahí. Siempre es un drama volver a casa de tus padres, pero al final tienes dónde ir. En cambio yo, si fracasara como autónoma, no sabría a dónde ir. Yo estoy ayudando a mi madre, no sabríamos qué hacer las dos. En ese sentido, me obsesiona tener dinero y tener ese apoyo para cuidar a mi madre. 

He aceptado que siempre voy a estar obsesionada con el dinero. Siento que me va a faltar dinero para cuidar a mi madre, que vamos a envejecer las dos y no vamos a tener dónde estar porque no tenemos una casa

Además de esa idea de precariedad que afecta al español ‘medio’ de distinta manera que a la persona migrante, pienso en esa carga, también mental y de algún modo tabú, que supone saber que siempre vas a tener que hacerte cargo de tu madre. Eso es duro como hijo.

Sí, es bastante duro. También es un proceso mental ver que es al revés: que no es tu madre quien te cuide, sino que tú tengas que cuidar a tu madre. Sé de más personas de mi edad que están en la misma situación por ser migrantes, porque sus padres tienen trabajos tan precarios que no les da para pagar el alquiler y les tienen que ayudar también. 

Es una cosa con la que vivimos, y sobrevivimos con eso. Pero por ejemplo, cuando tengo una conversación con alguien sobre precariedad o sobre ser autónoma, no lo digo, pero pienso: es que no es lo mismo. Cuando yo deje de tener clientes no va a ser lo mismo que cuando una amiga de clase media deje de tener clientes como autónoma. Es una cosa muy dura. Lo bueno es que yo quiero mucho a mi madre y quiero cuidarla, nos llevamos muy bien. Y bueno, es lo que toca.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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