La historia extraña del científico que quería trasplantar cabezas

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Imagen del doctor White durante la operación del trasplante de cabeza al mono. (Captura canal Youtube Motherboard).
Imagen del doctor White durante la operación del trasplante de cabeza al mono. (Captura canal Youtube Motherboard).

Sucedió en Cleveland, una fría noche de 1971, y pese a lo que podáis pensar no fue obra de un científico loco obsesionado con la icónica novela gótica de Mary Shelley. Aunque a decir verdad, observando la línea de puntos de sutura en zigzag que giraba 360 grados alrededor del cuello afeitado del macaco de Rhesus, nadie podría culparte si Frankenstein fuera el primer nombre que se te viniera a la cabeza.

Tras muchas horas de minucioso trabajo, el equipo del doctor Robert White logró concluir con éxito trasplantar la cabeza y cuello seccionada del macaco “A”, al tronco acéfalo del macaco “B”. Ahora solo faltaba por comprobar que los diminutos vasos sanguíneos de ambos monos se habían conectado eficientemente, permitiendo a la cabeza trasplantada despertar. 

Así fue, los párpados temblaron y los ojos del mono se abrieron. Estaba vivo, aunque inutilizado de cuello para abajo como cualquier vertebrado al que se le secciona la medula espinal. No obstante la cabeza “A” respiraba y recibía el flujo sanguíneo gracias a los pulmones y al corazón del cuerpo “B”. Se había consumado el primer trasplante de cabeza de la historia.

Pese al incontestable éxito, el mono trasplantado solo sobrevivió durante 9 días de modo que lo lógico es preguntarse sobre el sentido de un experimento tan macabro como falto de ética. Para contestar a esa pregunta hay que circunscribir este hito de la cirugía en el contexto histórico de la época, es decir en plena guerra fría. La competencia entre ambos bloques era feroz, no solo en lo armamentístico sino también en lo científico. Y desde el otro lado del telón de acero los soviéticos habían sorprendido al mundo con un experimento “perruno” igualmente monstruoso.

El perro con dos cabezas de Vladimir Demikhov en una imagen de 1958. (Imagen cortesía de New Scientist).
El perro con dos cabezas de Vladimir Demikhov en una imagen de 1958. (Imagen cortesía de New Scientist).

En efecto, en 1958 el doctor Vladimir Demikhov logró unir la mitad delantera del cuerpo de un cachorro al cuello de un enorme mastín, de modo que el corazón del gran perro repartiera sangre a los cerebros de ambos animales. Este experimento inspiró el trabajo de nuestro protagonista, Robert White, un neurocirujano con amplia experiencia en el área de urgencias dispuesto a luchar por la vida de cualquier ingresado, por grave que fueran sus heridas.

La idea de White era poder salvar a heridos con traumatismos y amputaciones severas, siempre que se hubiera mantenido su cerebro en buen estado. En su puesto de urgencias, White había visto lesiones de todo tipo, desde personas que habían fallecido por un impacto en la cabeza que había destrozado su cráneo y cerebro, conservando el resto de órganos en perfecto estado, a todo lo contrario. Si la medicina había conseguido trasplantar corazones, pulmones, hígados y riñones ¿por qué no cabezas?

Esquema del trasplante de cabeza efectuado por el doctor White con un mono. (Imagen capturada de un vídeo del canal Motherboard en Youtube).
Esquema del trasplante de cabeza efectuado por el doctor White con un mono. (Imagen capturada de un vídeo del canal Motherboard en Youtube).

Para alcanzar un objetivo así de ambicioso, tenía que hacer multitud de ensayos previos con monos. Uno de los primeros consistió en unir un cerebro desnudo de macaco a una máquina encargada de bombear suficiente sangre oxigenada como para mantener vivo al órgano. Cuando conectó el cerebro a un lector de encefalogramas para comprobar si la conexión funcionaba, las gráficas indicaron que había actividad neuronal. El órgano aparentemente pensaba. ¿Qué podría pasarle por las neuronas a un mono privado de cualquier estímulo exterior? Las conjeturas son múltiples, casi todas poco agradables.

Para llegar a algo así White tuvo que vencer a uno de los mayores impedimentos del cerebro, su fragilidad en situaciones de privación de oxígeno. En efecto, nuestro gelatinoso centro de mando pierde la conciencia en apenas 30 segundos cuando no recibe sangre oxigenada. Un minuto sin oxígeno y las neuronas comienzan a morir. Tres minutos y el daño cerebral será permanente. Cinco minutos sin el preciado gas y la muerte cerebral es inminente.

Sin embargo, en la década de los 50 mientras estudiaba la carrera de medicina, White había aprendido que en personas fallecidas por hipotermia la ciencia había logrado recuperar a pacientes cuyo corazón se había parado durante al menos 45 minutos, y que milagrosamente no parecían reportar secuelas mentales. Así fue como nuestro protagonista comenzó a experimentar con la técnica de “adormilar” cerebros con frío, para poder manejarlos sin el peligro que supone privarles de oxígeno en condiciones normales.

Cerebro de un macaco unido a una fuente de bombeo de sangre, uno de los experimentos previos del doctor White. (Imagen capturada de un vídeo del canal Motherboard en Youtube).
Cerebro de un macaco unido a una fuente de bombeo de sangre, uno de los experimentos previos del doctor White. (Imagen capturada de un vídeo del canal Motherboard en Youtube).

La perfección de su técnica se alcanzó con el citado episodio del mono al que trasplantaron una cabeza, pero ahí no se iba a detener porque el objetivo final de tantos años de estudios era aplicar lo aprendido en humanos. Solo necesitaba un voluntario. ¡Y apareció!

Se llamaba Craig Vetovitz, y era un ingeniero de polímeros aficionado a las motos que había tenido un accidente, lanzándose de cabeza al agua cuando tenía 19 años, que prácticamente le había dejado tetrapléjico. Afortunadamente movía un poco las manos, lo que le permitía manejar su silla de ruedas. En 1999, cuando el doctor White tenía 74 años y ya estaba retirado, Vetovitz se mostró dispuesto a probar cualquier cosa que mejorase su estado de salud ya que sus riñones comenzaban a fallar. Los protocolos de seguridad médica en los Estados Unidos impedían que una persona en su estado de salud accediera al programa de trasplante de órganos, por lo que podemos adivinar que la situación del ingeniero discapacitado era tremendamente angustiosa.

Si los médicos no le trataban, tal vez el famoso doctor White si podría atenderle. Tras contactarle, el neurocirujano accedió a, no solo trasplantarle el riñón, sino a instalar su cabeza en el cuerpo de un donante (por lo que puedo leer, el doctor White incluso tenía el cuerpo de una persona que había fallecido por un ictus, “reservado” para Vetovitz).

El doctor White posando con Craig Vetovitz. (Imagen perteneciente a los archivos de la familia White).
El doctor White posando con Craig Vetovitz. (Imagen perteneciente a los archivos de la familia White).

Obviamente las autoridades sanitarias no permitieron que tal operación se llevara a cabo, pero de haber accedido. ¿Habría sobrevivido a la operación? ¿Habría despertado Vetovitz siendo la misma persona? Probablemente nunca obtengamos respuesta. El futuro tal vez nos depare opciones “biónicas” que transformen nuestros cuerpos dañados en auténticos ciborg, pero para ver algo así antes tendremos que idear interfaces capaces de conectar máquinas al sistema nervioso humano.

En una entrevista al doctor White publicada en Scientific American en 1999 (un año antes de su muerte) el neurocirujano escribió:

Predigo que lo que siempre ha sido materia de ciencia ficción, la leyenda de Frankenstein, en la que se construye un ser humano completo cosiendo varias partes del cuerpo, se convertirá en una realidad clínica a principios del siglo XXI.

Ni siquiera ha transcurrido un cuarto de siglo, pero todo parece indicar que el neurocirujano se equivocaba por completo. Aun así le cabe el honor, seguramente dudoso, de ser la persona que más cerca estuvo jamás de trasplantar una cabeza humana.

Me enteré leyendo Medium.com

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