Una nueva variante de coronavirus descubierta en murciélagos demuestra su capacidad como reservorio de patógenos

Imagen de un espécimen de murciélago malayo de herradura (Rhinolophus Malayanus). Crédito imagen C. M. Francis / Sociedad Estadounidense de Mamiferología.


A pesar de que algunos amantes de las teorías de la conspiración, consideran que el coronavirus que nos ataca es de origen artificial (escapado o liberado desde un “maligno” laboratorio), la OMS no alimenta especulaciones y hace tiempo que confirmó el origen zoonótico del SARS-CoV-2. La mayoría de los patógenos que afectan a nuestra salud tienen de hecho origen en la vida salvaje. No solo el causante de la COVID-19, también el VIH, el ébola, el dengue, el zika y más recientemente el SARS y el MERS.

Se sabe que el brote de SARS de 2003 dio el salto desde los murciélagos y esta es la razón por la que, desde 2005, existen los cazadores de virus. Básicamente son científicos que recorren las cuevas recónditas del planeta, hogar de grandes colonias de murciélagos, para capturarlos y tomar muestras que luego estudian en sus laboratorios. La premisa es sencilla: si conoces a tu enemigo podrás enfrentarte a él el día que llame a tu puerta.

Y es que la secuencia de inicio de una nueva pandemia la conocemos perfectamente. Probablemente se origina con un virus de murciélago, el cual se propaga inocentemente a otra especie animal a partir de sus excrementos (pongamos un cerdo, o un pangolín). Allí evoluciona y sufre un número de mutaciones tales que le permiten dar el salto a nuestra especie, lo cual puede suceder cuando alguien caza y come la carne del huésped intermedio.

Pero veamos por qué algunos argumentaban que el SARS-CoV-2 era una creación de laboratorio. Como comenté en su día en este mismo blog, los “pinchos” que forman la corona que envuelve al virus (técnicamente su proteína “spike”, o para abreviar proteína “S”) actúan como ganzúas que “encajan” en un receptor de ciertas células humanas y les permiten abrirlas e infectarlas. En el caso del COVID-19, las células objetivo son las de nuestros alveolos pulmonares, y el receptor al que se fijan se llama ACE2.

Al parecer, en el genoma del SARS-CoV-2 se aprecian inserciones de aminoácidos en la unión de las subunidades S1 y S2 que forman la proteína “S”. Esto, en palabras de los “escépticos” resultaba muy raro y podría ser la prueba de que el coronavirus fue manipulado por humanos en algún laboratorio clandestino.  

Bien, pues un nuevo descubrimiento realizado por un equipo de investigadores chinos del instituto de Biología de Patógenos de la Primera Universidad de Sandong, acaba de demostrar que estas inserciones pueden darse perfectamente en la naturaleza.

¿Cómo lo saben? Pues gracias a otro integrante de la familia de los coronavirus detectado en murciélagos malayos de herradura (Rhinolophus malayanus) capturados en la provincia china de Yunnan. En aquella expedición, que tuvo lugar en el segundo semestre de 2019, se capturaron 227 murciélagos con la ayuda de redes ubicadas en la entrada de una cueva. Luego se enviaron las 302 muestras obtenidas a analizar a los laboratorios de la citada universidad.

¿Resultado? Tras analizar los virus presentes en los murciélagos, se detectaron los genomas completos de dos nuevos integrantes de la familia coronavirus, a las que los científicos llamaron RmYN01 y RmYN02. El primero de ellos tenía pocas similitudes con el SARS-CoV-2, pero con en segundo que encontraron les tocó una especie de “premio gordo”. Su genoma coincidía en un 93,3% con el causante de la COVID-19. Más aún, en un gen concreto llamado 1ab, la coincidencia subía al 97,2%, el mayor porcentaje visto hasta la fecha.

Además, el RmYN02 contenía inserciones de aminoácidos en la unión de S1 y S2, de un modo similar a lo visto en el SARS-CoV-2, lo cual según los autores del descubrimiento, indica que estos eventos de inserción no son tan inusuales como algunos querían indicar, lo cual descarta que la COVID-19 surgiera tras una manipulación en laboratorio.

¿Preocupados por el nuevo coronavirus encontrado en estos murciélagos? Tranquilos, los aminoácidos vistos en las inserciones del punto donde se encuentran S1 y S2 son diferentes en el RmYN02. De hecho, si analizamos su gen para el dominio de unión al receptor (el que le permite aferrarse, e introducirse en una célula para infectarla) su coincidencia con el SARS-CoV-2 es de solo el 61,3%. Por tanto es poco probable que sea capaz de infectar a las células humanas.

Hasta el momento, la mayor coincidencia genética con el SARS-CoV-2 se encontró en otro coronavirus de murciélago llamado RaTG13, con el que comparte el 96,1% de su ARN. No obstante, es posible que existan virus más parecidos aún en la naturaleza.

Ni el recientemente hallado RmYN02 ni el RaTG13 son ancestros directos del SARS-CoV-2, por lo que existe un “vacío evolutivo” que los cazadores de virus persiguen llenar. Si encuentran antecesores del coronavirus causante de la COVID-19, tal vez logren comprender los pasos que siguió su descendiente para lograr dar el salto a los humanos.

Sé que la idea de perseguir virus desconocidos en la naturaleza puede asustar a más de uno, pero pensad que si el hombre continúa con su política de deforestación e invasión del hábitat de las especies salvajes, es inevitable que en el futuro nos encontremos con nuevos patógenos que amenazarán la salud de nuestra especie. ¿No preferís ir un paso por delante? Yo desde luego si.

El trabajo del equipo chino acaba de publicarse en Current Biology.

Me enteré leyendo ScienceAlert

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